Bufeos

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 33

Un día gris y húmedo de mayo, Mara Santos recibió una visita. Aquello era todo un acontecimiento para el personal, pues era la única paciente a quien jamás iba a ver nadie. La gallardía, juventud y buena presencia del muchacho en cuestión –llamado José Miller– provocaron algunas sonrisitas cómplices: hubo quien fantaseó con algún exnovio. No obstante, aquella idea no tardó en desmoronarse. Miller se presentó como un antiguo compañero de clases, a quien le había llegado el rumor –a raíz de la visita de Evangelina a la Facultad de Abogacía– de que Mara estaba internada. Motivado por la compasión, decidió visitarla.

En realidad, no era sencillo ver a un paciente si no se era familiar o muy cercano al mismo, pero el personal se puso de acuerdo para facilitárselo. La muchacha Santos los conmovía en mayor o menor medida a todos; quien más, quien menos, todos estaban enterados de las peripecias que hacía la doctora Devoto para avanzar en el caso, y que un antiguo amigo se acercara para interesarse en ella no era un gesto para despreciar.

Tras advertirle el estado en que la hallaría, lo acompañaron a la sala de visitas, donde la había dejado Joaquina mientras se hacía la hora de su sesión. Mara yacía sobre una de las sillas más cercanas a los ventanales, mirando sin ver el paisaje, desde sus inexpresivos ojos negros… Mientras José Miller se acercaba, a paso firme, se creó cierta expectativa. Nadie perdía la esperanza de que en algún momento… algo obrara el milagro de romper su aislamiento.

Fue más impresionante ver cómo se desarmaba la expresión de José y flaqueaba su determinación. Evidentemente, como lo comentó en la recepción, había dado por descontado que Mara se había enfermado, porque el ritmo de vida que llevaba era insostenible a largo plazo; supuso que la hallaría mentalmente agotada, quizás hablando incoherencias, confundida en cuanto al tiempo transcurrido, seguramente sin reconocer a mucha gente... A pesar de los avisos, no esperaba para nada lo que encontró.

Aún así, recobró pronto la compostura. Arrastró una silla cercana, y se acomodó a su lado. Luego de saludarla torpemente, con la intención de verse natural pero imposibilitado por la impresión que lo embargaba, tomó confianza y terminó comentándole algunas novedades como si realmente participara de una amena conversación. Le contó que algunos de la promoción ya se habían recibido. ¡Harían una fiesta enorme! Ya sabían que a ella no le gustaban las fiestas, pero aún así la iban a extrañar... Habló unas cuantas sonseras más. Al final, antes de despedirse, le tendió un pequeño envoltorio.

―Lo vi en una tienda de chucherías, y de inmediato te recordé –explicó, y, puesto que Mara permanecía inmóvil, sin mirarlo siquiera, con manos dubitativas lo abrió él mismo–. ¡Siempre te gustaron tanto...!

Ni siquiera pudo ponerle el regalo en las manos; de repente, Mara estaba presa de un ataque de gritos descontrolados e intento de estampida. Tal fue el ímpetu con que se levantó, que su asiento voló un par de metros por los aires. Fue atajada por un par de enfermeros antes de franquear el umbral hacia la salida.

Evangelina oyó los gritos y reconoció la voz de inmediato. Presurosa, salió disparada del consultorio hacia el lugar de los hechos. La escena era muy parecida a lo acaecido durante el episodio con Paulo: los internos con ojos desorbitados, sin entender lo que acababa de pasar; un grupo de enfermeros ocupándose de ella; y en un extremo alejado, un joven desconocido, más tembloroso y aturdido que los pacientes.

Antes de que nadie le explicase nada, Evangelina dedujo que él había sido el detonante. Lo que no sabía era que José Miller estaba en Ananda justamente visitando a Mara. Se enteró de ello cuando, luego de acercársele para tranquilizarlo y presentarse, él se le contó.

―¿Y qué pasó? –preguntó Evangelina, expectante, arrimando dos sillas y ofreciéndole una mientras tomaba asiento en la otra. Tal vez este sujeto hubiese presentado atención y podría darle una pista…

Pero José Miller estaba completamente confundido. Ya había sido un golpe tremendo verla reducida a eso… Le estaba hablando sobre el antiguo grupo de estudios y otras tonterías…

―¿Cuándo se puso así? –insistió Evangelina–. ¿Qué le estabas diciendo?

―No creo que haya sido nada de lo que le dije, doctora; fue cuando quise darle su regalo.

―¿Cuál regalo?

Mientras se lo entregaba, escondido entre el papel de envolver, el muchacho meneó la cabeza, confundido.

―Quise tener un lindo gesto con ella, cuando supe que la habían internado. Si hubiese sabido que la pondría así…



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar