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Capítulo 37

Martin Breck estaba furioso. Su madre había comenzado a salir con un compañero de la oficina, hombre de unos sesenta años, separado y con hijos cuarentones que más podrían haberle servido de pareja que él mismo. Estaba tan idiotizada como una quinceañera que respiraba por vez primera la promesa del amor. Como si no se hubiera curado de espanto con su patética experiencia matrimonial. ¿Por qué no había dejado las cosas como estaban? ¿Qué necesidad tenía de meterse en tantos problemas?

La doctora Devoto lo dejó hablar y descargarse e ir subiendo de tono hasta que se ahogó con los resabios de su propio veneno. Cuando no supo qué más decir, mientras recuperaba el aliento, ella lo increpó.

―¿No te parece que estás siendo el colmo de egoísta, Martin?

Atónito, él fijó en ella sus expresivos ojos castaños, coronados de abundantes cejas.

―Por una vez, tratá de ponerte en su lugar. Tu madre era una mujer muy joven cuando se casó con tu papá, que además fue su primer y único novio. La pareja no funcionó. Él se fue y ella se quedó sola con ustedes, luchando a su manera por salir adelante. No lo habría logrado sin tu ayuda, de acuerdo, pero eso no te convierte en su padre ni en dueño de su vida. ¡Por fin, después de tantos años, la vida le presenta una segunda oportunidad! ¿Por qué no podés alegrarte de que alguien la considere especial y quizás hasta quiera compartir su vida con ella? ¿Tenés idea de la presión que implica para una mujer –especialmente de la generación de tu madre– haber fracasado en su matrimonio y haberse quedado sola?

―No se trata de eso, doctora –explicó Martin–. Nada me alegraría más que ver a mi mamá feliz y segura… Pero ese hombre no es de fiar. Lo único que quiere es llevarla a la cama. Ya lo hizo con otras.

―Quizás tu mamá arda en deseos de ir a su cama, Martin –observó Evangelina–. ¡Es una mujer joven! ¡Tiene derecho a disfrutar! No estamos en la Edad Media. Tal vez le interese lo que este hombre le ofrece, aunque solamente sea pasar un buen rato.

Martin no estaba de acuerdo.

―Mamá tiene cuarenta y seis años, doctora, y la mentalidad de una niña de cinco. Es confiada, ingenua, crédula; se ilusiona fácilmente con las cosas más increíbles… y no sabe medir las consecuencias. Se juega el todo por el todo antes de saber qué posibilidades de ganar tiene. Ahora ni siquiera sabemos cómo terminará todo.

La doctora respiró hondo antes de continuar.

―No importa cómo termine todo, Martin; de alguna manera, los tantos siempre se acomodan y uno consigue salir adelante. Lo que realmente importa de toda esta situación, es que por fin, después de tantos años de haber estado encerrada, depresiva, lamentándose por su mísera existencia, sin ánimos de hacer nada por sí misma, tu madre logró salir del pozo. Apuesta a la vida, al futuro, al amor. Renació. No importa si él la lleva al altar o todo se termina hoy mismo: por primera vez, después de tanto tiempo, ella volvió a confiar en un hombre. ¡No te das una idea del paso gigantesco que significa eso!

―Pero si sale mal se volverá a deprimir, y yo no tengo ganas ni fuerzas para pasar por lo mismo de nuevo, doctora…

―Tu mamá no es hoy la mujer que asististe hace diez años, Martin. Aunque sea mínimamente, algo habrá cambiado. No esperes que reaccione como entonces a los mismos golpes. ¡Dale una oportunidad! Si siempre estás esperando lo peor de los demás, eso es lo que recibirás.

Pensó una manera sencilla de graficarlo.

―Tu madre está haciendo algo por primera vez en su vida. Es como un niño que recién aprende a caminar. ¡Lógicamente que se caerá, se pelará las rodillas, se golpeará, pero debe seguir intentando, una y otra vez, hasta poder caminar y correr libremente! ¿O acaso le dirías a un niño que se cae por primera vez que no vuelva a intentarlo, que jamás podrá caminar?

A Martin el ejemplo no lo satisfizo.

―No es lo mismo, doctora. Un niño que se cae no le hace daño a nadie. Una mujer que se equivoca en cuestiones románticas…

―Martin, ¡permitile a tu madre que se equivoque, y dejá de estar tan pendiente de lo que hace! No te confundas: no estoy tomando partido por ella; ignoro sus razones y poco me preocupan sus resultados. Mi prioridad sos vos. Fijate cómo tus programaciones ocultas te manejan: cuando empezaste la terapia, no hacías más que lamentarte por lo dependiente que tu madre era de vos y de cuánto te absorbía y no te dejaba vivir tu propia vida. Ahora, solamente te quejás por todo lo que está haciendo sin tu autorización. ¿Entonces? Está mal que dependa de vos pero también está mal que intente trazar su propio rumbo. ¿Qué se supone que haga?



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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