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Capítulo 38

Ese mismo día, horas más tarde, Evangelina se preguntó cómo había logrado desempeñarse normalmente a pesar del problema que rondaba su mente. Se había enterado del embarazo de Celeste la noche anterior; revisando su agenda, descubrió que Martin Breck era su único paciente en el primer turno del día, y decidió aprovechar la mañana libre para acompañar a su hija al médico.

Hacer tremendo despliegue por un atraso de seis semanas le pareció apresurado a la ginecóloga; sin embargo, al confiarle la decisión de interrumpir el embarazo, consideró prudente confirmarlo cuanto antes. Para ello ordenó un examen de sub unidad beta de GCH y una ecografía, que Evangelina propuso realizar cuanto antes. Cuando tuvieran los resultados, tendría que averiguar quién practicaba abortos. No quería cualquier médico para su hija, quería al mejor. No le importaba cuánto costara. No quería que Celeste se expusiera a una mala praxis. A pesar de que sabía que, si la realizaba un profesional, la intervención no implicaba mayores riesgos, el hecho de que fuera su hija quien se tendería en la camilla le carcomía los nervios. Celeste siempre había sido una niña muy sana. A pesar de la amenaza de la diabetes siempre colgando sobre su futuro, lo peor que le había pasado en la infancia había sido pelarse las rodillas, y lo más parecido a una intervención que tuvo en la vida fue un tratamiento odontológico. Odiaba recetárselo a sus pacientes, pero consideró para sí misma la posibilidad de tomar algún tranquilizante cuando llegara el momento.

Casualmente, al día siguiente tenía una sola paciente, Francis Leloir, a media mañana. Podrían aprovechar para hacer temprano el estudio de sub unidad beta y quizás esa misma tarde, la ecografía. Celeste estuvo de acuerdo. Cuanto antes solucionaran esto, sería mejor para todos. Mientras tanto, le pidió a Arturo que la ayudase a cargar nuevamente todos sus bolsos y cajas en el auto, hasta su casa. Volvería al hogar materno. Después de todo, lo único que había querido al llevarse todas sus pertenencias era demostrarle a su madre lo lejos que era capaz de llegar en un enfrentamiento. Cumplido el objetivo, y aprovechando que este problema las había acercado como nada antes en la vida, no tenía sentido seguir en el apartamento de Arturo. No negaría que el lugar era amplio y lujoso, pero no le servía de nada si pasaba las noches insomnes a causa de los ronquidos de su novio.

Todo se estaba desarrollando tan precipitadamente… Evangelina hubiese querido preguntarle a su hija si realmente estaba segura de lo que haría, pero era una tontería. Evidentemente, Celeste tenía más sentido común que ella misma. Sabía que tener este hijo implicaría más complicaciones que gratificaciones, incluso para el propio niño, por eso no dudaba a la hora de inclinarse por una solución drástica y definitiva.

Preparó milanesas con papas fritas esa noche, desafiando a todas luces su habitual alimentación sana. Quería mimar a su hija… una vez más, aunque comprendía que poco a poco tendría que cortar ella misma el cordón que la ataba a Celeste, para dejarla crecer y hacerse a sí misma a la idea de que su hija era una mujer. Después de todo… no estaba demasiado lejos el día en que ella sería una anciana inservible y Celeste, la única que podría hacerse cargo.

Mientras cenaban, tenían encendido el televisor en el canal de las noticias, pero sin sonido. A pesar de todo lo que estaba ocurriendo, Evangelina no podía dejar de pensar en la hija de Elvira. Cada vez comprendía más el sufrimiento de esa madre. Habría querido poder ayudarla con algo más que palabras.

Pero Elvira no aparecía en las noticias, lo cual les permitía conversar amenamente, recuperando el tiempo perdido durante su absurdo distanciamiento. De repente, Celeste se descolgó con una pregunta imprevista.

―Mamá, ¿alguna vez pensaste en abortarme?

―¡Por supuesto que no! –exclamó Evangelina, con voz aguda, pero de inmediato captó el doble filo de semejante énfasis, entonces lo enmendó sobre la marcha–. Mi situación era totalmente distinta a la tuya, hija. No voy a negarte que no fue fácil ser madre soltera, pero ¡desde que supe que estaba embarazada… de inmediato te hice un lugar en mi vida y te esperé y recibí con tanta expectativa!...

Era evidente que Celeste deseaba seguir preguntando, y que la próxima pregunta tendría que ver con su padre. Pero ¡tantas veces lo había intentado, y Evangelina siempre respondía inapelablemente que no ahora, algún día, cuando fuera el momento…! Aquello había sido la pesadilla de su infancia. Era la única niña de la pandilla, la única en el curso, la única en todos los grupos que integraba, que no tenía papá. Muchos otros niños tenían padres separados, o padres que se habían mandado a mudar para no volver nunca, o habían nacido fuera del matrimonio, pero no había ni uno que, como ella, no supiera quién era su padre. Incluso había tenido que soportar burlas y desprecios en la escuela, por parte de algunos compañeros, que le decían “la hija del Espíritu Santo” a causa de eso. Fue la razón de que comenzaran sus rebeliones contra su madre. Evangelina nunca comprendió lo importante que era para ella saber aunque fuera su nombre, cómo se habían conocido, cómo era él… Daba por sentado que así como ella había podido salir adelante como madre soltera autosuficiente, Celeste tenía que ser fuerte y no lamentar la falta de su padre. Pero, claro, nunca relacionó el repentino cambio de su relación con esto. Simplemente, supuso que había entrado de lleno en la adolescencia, y se preparó para afrontarlo.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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