Bufeos

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Capítulo 48

Demasiado tarde reparó en la falta. Ignoraba el aspecto de Ana Juárez, y ella el suyo. Ni siquiera se les había ocurrido aclararse cómo irían vestidas para reconocerse. Y el lugar desbordaba gente. Pero la mayoría estaba en pequeños grupos o parejas. En mesas aisladas había un hombre muy gordo y calvo, gritando por un celular, y una mujer con aspecto de venerable abuela, que hurgaba en una delicada cartera de cuero.

Deducir la edad de la mujer por su voz era un juego muy relativo. Más confiaba en reconocerla por la carpeta donde llevaría los papeles, a menos que la hubiera metido en un bolso, en cuyo caso también le llamaría la atención.

No terminó de conjeturar todas las posibilidades. Puntualmente, las puertas del local se abrieron, para permitir el ingreso de una mujer de alrededor de cuarenta años, de piel morena, cabello enrulado recogido en una cola de caballo, ojos oscuros, oblicuos. No era guapa, pero se notaba desde el primer momento su cordial simpatía. Llevaba una carpeta plástica en las manos. Miró rápida y detenidamente cada una de las mesas. Cuando cruzó su mirada con la de Evangelina, sonrió, la saludó con un gesto, y se encaminó hacia ella.

―¿Doctora Devoto? Ana Juárez, para servirla.

Con movimientos tímidos, le entregó la carpeta. Rebosaba papeles.

―Es toda la documentación que tenemos de Gabriela Norton. Espero que le sea de utilidad –murmuró.

No parecía tener intenciones de quedarse. Aquello era desalentador. Evangelina sabía que muchos puntos importantes de la vida de esta mujer no figurarían en los papeles, sino en el recuerdo de quienes la asistieron. Suplicante, la invitó a tomar un café.

En realidad, Ana Juárez estaba de paso, yendo a cumplir otro compromiso impostergable. Había supuesto que la doctora querría conversar además de recibir los informes, pero… si bien ella había sido la asistente terapéutica de Gabriela Norton, no tenía demasiado que añadir.

―Está todo en los papeles –repitió–. Incluso la causa del suicidio. Esa mocosa fastidiosa, a quien no tendríamos que haberle permitido el paso, desde el primer momento.

Su rostro se transformó ante el recuerdo, y unas lágrimas asomaron a sus ojos. ¡Dios!, aún no podía creer cómo el trabajo de tantos meses pudo destruirse en un minuto de descuido. Porque la paciente iba camino a la recuperación, mucho más lentamente de lo estimado en principio por el equipo médico, pero algún día se habría recuperado por completo… ¡De no haber sido por esa maldita pueblerina!

―¿La mujer embarazada? –arriesgó Evangelina, recordando el comentario de Keller.

Ana Juárez la miró como si hubiera dicho un disparate. Evangelina creyó necesario hacer una aclaración.

―El doctor Keller señaló que la paciente sufría crisis nerviosas frente a mujeres embarazadas, por la pérdida de su hijo…

―Eso no es cierto. Gabriela veía muchas embarazadas a diario, y jamás se percató de ellas. Además, la muchacha que mencioné recién no estaba encinta.

―No entiendo… ―murmuró Evangelina, confusa.

―Está todo en la anamnésis –repitió Ana Juárez. Intentó tapar con una sonrisa el resentimiento desatado ante el recuerdo, y se despidió.

***

La esperaba una grata sorpresa en el apartamento, a su regreso. En un chispazo de lucidez, Coca reflexionó que el riesgo radicaba en que las vieran paseando juntas por la ciudad, o en que vieran a Evangelina entrar o salir de su apartamento, pero que ella ingresara a uno de los tantos edificios que recorría a diario no llamaría la atención de nadie. De modo que se alistó, y ya estaba esperándola con dulces y un termo de agua caliente para preparar mate, mientras conversaba con Luisa sobre la maldita inseguridad que imperaba en el país desde los últimos años.

―¡Coca!

―¡Vange!

Se estrecharon en un fuerte abrazo. Evangelina nunca pensó alegrarse tanto ante la vista de su amiga. ¡Tantos recuerdos la inundaban cada vez que se juntaban! En definitiva, Buenos Aires no era Buenos Aires sin Coca… Además –no iba a negárselo– estaba ansiosa por conocer más detalles sobre su encuentro con el Ángel vengador. Pero Coca la evadió hábilmente; señaló de reojo a Luisa, recordando la no conveniencia de tocar ciertos temas delante de terceros, y antes de que Evangelina dijera nada, arremetió.

―¿Y? ¿Te sirvieron los papeles? ¡No sabés el lío que fue conseguirlos!

Por primera vez, Evangelina observó detenidamente la carpeta que había cargado contra su pecho todo el trayecto.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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