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Capítulo 51

La posibilidad de que hubiera dos Josefinas Ferreiras viviendo en Corrientes era demasiado descabellada. Pero aún más lo era tratar de dilucidar la relación existente entre esta muchacha y Gabriela Norton. Simplemente, iba más allá de su capacidad deductiva.

Estos pensamientos danzaron durante todo el viaje de regreso en su mente, entremezclándose en sus sueños junto a las últimas palabras de Coca, dichas a su oído durante el cálido abrazo de despedida en el apartamento de sus amigos: “Con respecto a eso, no hubo más novedades. Si lo veo nuevamente, te aviso”.

Se refería al Ángel Vengador, naturalmente. Tantas precauciones eran exageradas, pero las preferían antes que arriesgarse. No podían saber al cabo de tantos años, con quién se las hubieran tenido que ver…

Llegó a Resistencia una hora antes de lo previsto. Tranquilamente, buscó con la mirada hasta divisar un remisse. El conductor era simpático y tenía muchos deseos de conversar; Evangelina estaba agotada y sentía que no coordinaba las ideas, pero prefirió no ser descortés y responder a sus preguntas y comentarios.

Estaba tan cansada, que se sintió tentada de suspender las sesiones de la mañana, pero al revisar su agenda vio que a las diez tenía turno Angélica Sánchez. El sábado, mientras ella llegaba a Buenos Aires, Paulo la había llevado con aquel grupo limpiador de auras… y estaba expectante por observar en qué condiciones le habían devuelto su paciente. No lo postergaría.

Preparó un buen desayuno y luego se duchó, algo indispensable para continuar en carrera luego de un fin de semana tan ajetreado. Mientras iba envuelta en la toalla hasta su habitación, repentinamente, en un movimiento ajeno a su voluntad, su cuello se dobló y sus ojos se desorbitaron. La puerta del cuarto de Celeste estaba abierta de par en par. Y el dormitorio estaba tan limpio y ordenado, que Evangelina por un instante se sintió como si la hubieran transportado a una dimensión paralela. Entró tímidamente. La cama estaba hecha, y no había nada encima de ella. Ninguna vestimenta desparramada sobre las sillas ni el piso; libros y compactos, prolijamente acomodados en los estantes sin pizca de polvo; los apuntes, encimados en una gran caja con tapa, en un rincón donde no estorbaba el paso… Los recortes de grupos musicales y guapos actores que atestaban las paredes al punto de oscurecer el ambiente habían sido reemplazados por tres pequeñas pinturas de un sendero en el bosque, una cascada y un amanecer anaranjado. Adentro del ropero, las prendas se distribuían de manera ordenada, y habían desaparecido la mitad de las cajas que se apretujaban en la parte superior del compartimiento. Incluso había un florero con flores naturales sobre su escritorio. Y detrás de él, una foto de Celeste en su fiesta de los quince años junto a su madre.

Aquel detalle la desarmó por completo. Celeste siempre había tenido muchas fotografías de sus amigos y gente querida, pero jamás –desde que dejó de ser una niña– había vuelto a poner una foto de su madre en su cuarto, como si tuviera de sobra con tener que verla a diario. Que hubiera guardado todas las instantáneas para reemplazarlas por ésta única, poniéndola en un lugar tan visible, como si quisiera destacarla, conmovió su corazón. Finalmente, pensó, había logrado entenderse con su hija, al cabo de tantos desacuerdos y desencuentros. Y ella empezaba a convertirse en adulta.

***

 La esperaba una novedad en Ananda. Apenas ingresó, el personal administrativo le comentó que Mara Santos había tenido una visita el sábado por la mañana. Una mujer joven, bastante elegante y silenciosa, alta, de cabellos castaños oscuros y ojos claros. Dijo llamarse Alicia Quinn. Aseguró haber sido compañera de la universidad. Manuela, la asistente terapéutica que cuidaba a Mara Santos turnándose con Joaquina, le advirtió que no le enseñara ninguna imagen de delfines y que en lo posible no hiciera referencia a ellos, y la acompañó hasta el salón de visitas.

Abundantes lágrimas rodaron por las mejillas de Alicia Quinn al ver a su antigua compañera de estudios. Con la voz entrecortada preguntó qué le había pasado, si era posible una recuperación y de qué dependía, y si había habido mejoras desde su internación. Escuetamente, Manuela respondió que lo único que habían podido descubrir desde su internación era que la aterraba la vista de los delfines. Joaquina hubiera sido más amistosa y cordial, pero Manuela no consideraba que el Centro tuviera que vociferar información confidencial a gente que no fuera familiar directo del interno. Tampoco tenía cómo estar segura de que realmente era una amiga y no una espía disfrazada para indagar sobre el modo de trabajo en Ananda.

Era la segunda visita que Mara Santos recibía, descontando aquel accidental encuentro con Josefina Ferreira. No descartaba que de a poco sus compañeros y conocidos se fueran enterando de su suerte y pasaran a verla, pero… algo en la descripción física de la joven llamó su atención. En rasgos generales así descriptos, tenía una semejanza enorme con Josefina Ferreira.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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