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Capítulo 54

Ingresó un paciente nuevo a principios de agosto. Cuando Evangelina leyó su nombre, pegó un respingo. Michele Antonini. Angustiada, le pidió al personal de administración que indagase si tenía algún parentesco con Vero Antonini, sin pensar que si realmente lo tenía, era algo que podía negarse o esconderse con suma facilidad.

Sin embargo, supo que no tenía ninguna relación con él apenas lo vio. A pesar de que este hombre también era rubio, de ojos claros, y con la edad justa para ser su hijo, nada en sus rasgos ni en sus gestos ni en su carácter se parecía remotamente a su homónimo. Podría estar actuando… Pero en algún punto se habría delatado; al fin y al cabo, era psiquiatra: ese tipo de cosas no podían escapársele.

Michelo, como insistió en ser llamado, contaba con treinta y cinco años, era alto y guapo, y tenía un porvenir profesional brillante. Sin embargo, su vida personal era catastrófica. Un complejo enredo de faldas fue la situación límite que lo llevó hasta la doctora Devoto, pero al momento ella supo que la raíz de todo eso se remontaba a su infancia.

El hombre tenía un grueso historial de fracasos sentimentales. Tras haber sufrido toda la vida por mujeres que se le acercaban solamente por lo buen mozo que era o por su futuro prometedor, a los treinta años conoció y se enamoró perdidamente de una joven profesional de su edad, licenciada en Biología, que respondió a su amor pero no con la intensidad y de la manera por él esperados. Para Chiara Alexander, lo primero en su vida era el amor por su vocación; luego venían Michelo, sus familiares directos, amigos y todo lo demás.

Ofendido y aterrorizado por lo que podría significar no ocupar el primer lugar en la lista, Michelo comenzó a montar patéticas escenas de celos que eran recibidas por Chiara con una indiferencia gélida. Quizás la pareja se habría disuelto de todas formas, pero el fin se precipitó gracias a la intervención de Lara Castillos, una preciosa joven de veinticinco años, a la caza de un buen partido. Luego de lograr un acercamiento, brindó a Michelo a manos llenas lo que Chiara le negaba.

Poco después empezaron una convivencia que duró tres años. Lara era una muchacha encantadora, pero Michelo no tardó en notar que lo único que tenían en común era una sexualidad ardiente, que, en definitiva, había sido una de las razones por las que se había involucrado tanto con ella. Con Lara podían hacerlo todos los días, todo el día; le encantaba, y tenía una imaginación asombrosa. Pero terminó pasándole lo que jamás creyó posible: se aburrió. Llegó a encontrar todo muy repetitivo, poco estimulante. Como si ella lo estuviese extorsionando con el sexo, como si supiera que la mayoría de las mujeres gozaban haciéndose rogar y le estuviera sacando provecho a la situación.

Por más que trataba, no lograba imaginar cómo sostendría esta relación en el tiempo. La cuestión se complicó cuando se cruzó accidentalmente con Chiara y, en una conversación larga y profunda, ella lo liberó de las culpas de lo que había pasado, y él reconoció que a pesar de su aparente frialdad e individualismo, aún la amaba.

Sabía que cuando Chiara daba algo por terminado, no había vuelta atrás, y éste era el caso. De modo que se conformó con seguir siendo su amigo. Pero Lara no lo veía de igual manera. Así como en su momento Michelo había montado en cólera por el tiempo que Chiara le dedicaba a sus investigaciones, ahora le tocaba sufrir en carne propia los celos de Lara, que comenzó disgustándose por su amistad con Chiara y luego lo hizo extensivo a la cervecita de los jueves y los domingos de fútbol con los muchachos.

Luego sugirió que estaban teniendo todos estos problemas porque faltaba algo en sus vidas: ¡un hijo! Cuando Michelo le respondió que no era el momento ni la manera, ella agachó la cabeza y lo aceptó silenciosamente. Tiempo después Michelo descubrió que había interrumpido el tratamiento anticonceptivo. Furioso y aterrado, no la volvió a tocar hasta su próximo período, y desde entonces había usado preservativo. Aquello había ocasionado otro enfrentamiento: ¿por qué usaba eso? ¿Acaso había estado con alguna loca, y temía contagiarle algo? Michelo no se quedó atrás. Loca era ella, que sabiendo que él no quería hijos, había suspendido la píldora para quedar embarazada. Una cosa fue llevando a la otra. Harto de todo, Michelo juntó sus cosas y se largó. No le importaron las amenazas de Lara de no permitirle regresar jamás ni de suicidarse si él la dejaba.

Aquella había sido la primera parte del drama. Separado una vez más, pero en esta oportunidad feliz por la libertad ganada, Michelo comenzó a frecuentar más a menudo a Chiara, quien –luego de poner en la balanza su amor por la Biología y las nefastas consecuencias de las pocas relaciones que había tenido– había optado por la soltería. Los tantos fueron confundiéndose… Tras una noche de recuerdos nostálgicos y más alcohol del debido, se amaron apasionadamente. Lo que para Michelo implicaba reconciliación, para Chiara fue abuso y alta traición; a partir de entonces, no lo quiso volver a ver ni siquiera como amigo.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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