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Capítulo 56

-Tenés que hacerte amigo de tu papá –le había dicho Evangelina a Martin Breck, unas semanas atrás. Su paciente le había contado que, tras más de diez años de no tener noticias de él, el hombre había telefoneado con total desparpajo a su casa, para pedirles a sus hijos que se reunieran con él a conversar en un café céntrico. Martin temblaba de indignación.

Cuando oyó las palabras de la doctora, la miró con los ojos desorbitados. De todas las órdenes que Evangelina le diera desde que inició su tratamiento, esta era la más disparatada. Vociferó que jamás consentiría en que “ese hombre” se le acercara, después del dolor y el abandono a que los había sometido. No lo premiaría entregándose como hijo a alguien que jamás había cumplido con su papel de padre. Por su culpa él se había visto forzado a convertirse en hombre cuando apenas dejaba de ser un niño; el peso de una madre depresiva y un hermanito vulnerable habían reposado en sus hombros, mientras el que debería haber estado cuidándolos a todos se divertía alegremente con una loca con edad para ser su hija, a quien le brindaba a manos llenas lo que le correspondía a su familia. Lo odiaba. La próxima vez que lo viera, sería en su funeral, y solamente para cerciorarse de que la escoria estuviera realmente muerta.

Familiarizada con sus arrebatos, Evangelina lo dejó gritar y maldecir hasta desahogarse. Luego le repitió la tarea de la semana antes de despedirse hasta la próxima sesión. Sabía que Martin rezongaba indefectiblemente, pero que siempre terminaba obedeciendo sus sugerencias.

En esta oportunidad se equivocó. Martin se ofendió tanto, que no volvió a verlo en unas cuantas semanas. Varias veces lo telefoneó para saber qué era de él, pero nunca estaba en su casa. No era la primera vez que este paciente hacía algo así: cada vez que la doctora Devoto lo impulsaba a quebrar sus propios límites, reaccionaba de la misma manera. Evangelina se dispuso a tener paciencia y respetar los tiempos internos del muchacho. Quería apostar a que, tarde o temprano, él sabría vencerse a sí mismo.

Así fue. Un mes transcurrió, hasta que le avisaron que había pedido un nuevo turno. Evangelina sonrió, satisfecha, curiosa por ver con quién se encontraría al cabo de ese tiempo. No demoró en saberlo. El Martin que ingresó a su consultorio a media mañana no era el mismo que ella había despedido la última vez. Se veía más maduro, más sereno, un poco desconcertado tal vez, pero ya no hablaba con aquella furia reprimida, como si el mundo entero estuviera en deuda con él.

Mientras se acomodaba en su lugar, comenzó contándole que había sido su hermano quien –por cansancio– terminó convenciéndolo de que debían encontrarse con su padre. A diferencia de Martin, que lo odió desde el primer día de ausencia, Oscar siempre tuvo la fantasía de que su padre regresaría y daría razones de peso para justificar lo que había hecho. Daba por sentado que el gran día había llegado. Por el contrario, para Martin, lo que había llegado era la gran oportunidad de darle al desgraciado su merecido. Discutiendo, fueron al lugar del encuentro.

Un hombre de cincuenta y tantos años se les acercó sin que lo notaran. Era delgado, tenía los ojos marrones y el cabello entrecano. Un brillo inexplicable iluminaba su mirada. Le temblaba la barbilla.

―¿Martin? ¿Oscar? –saludó, inseguro.

Los muchachos suspendieron su rencilla para prestarle atención. No era el hombre que recordaban, pero evidentemente, era su padre. Los años no pasaron en vano para él. Lo primero que Martin pensó, fue que estaría enfermo de manera terminal, y que andaría buscando el perdón de sus hijos para poder morir en paz. Gozaba de antemano del momento cuando se lo negara. Sin embargo, el hombre los abrazó tímidamente y señaló una mesa perdida bajo una importante cantidad de papeles. Descartó que fueran análisis después del primer vistazo.

El señor Breck los observó largamente, como si le costara asimilar el hecho de que sus niños eran ahora dos hombres. Oscar estaba impaciente por oír lo que tenía que decir; Martin solamente esperaba sus primeras palabras para retrucarlo y mandarlo al diablo. Finalmente, el hombre habló.

―Le juré a vuestra madre que no me volverían a ver hasta que ambos hubieran cumplido la mayoría de edad.

Recién entonces los dos hermanos notaron la coincidencia de que la llamada hubiera acaecido el mismo día del vigésimo primer cumpleaños de Oscar. Perplejos, permanecieron en silencio.

―No sé cómo empezar. Me imagino que el principio sería lo mejor –el hombre respiró hondo, como juntando valor–. El problema es que… no sé cuándo comenzó todo… ―sonrió, como si hubiera sido una buena broma, pero al ver que los muchachos parecían cada vez más desorientados, recobró su expresión seria–. No me fui porque ustedes me resultaran indiferentes. ¡Yo amaba a vuestra madre! Hasta el día de hoy siento por ella un profundo agradecimiento. Los amaba tanto, a los tres, que no quise exponerlos a lo que vendría…



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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