Bufeos

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 58

Finalmente, Francis Leloir había decidido continuar con la terapia. Pero sostenía su actitud rebelde y contestataria, como si sacara fuerzas del enfrentamiento con su doctora, como si Merceditas cobrara vida con cada uno de sus rebates. Aún lloraba a su hija y maldecía el destino de su cuerpo marchito antes de tiempo…, pero al menos, había dejado de sentir lástima de sí misma.

―Que no puedas concebir no implica que no puedas volver a ser madre –arriesgó Evangelina, en esta oportunidad. Sabía lo doloroso que podía llegar a ser el síndrome de los brazos vacíos, y quería enseñarle a su paciente que, contrariamente a lo que ella creía, sí tenía una alternativa.

―¿A qué se refiere, doctora? –preguntó Francis, sorprendida. Lo que Evangelina acababa de decir parecía una contradicción.

―Podrías adoptar una criatura. Una, o tantas como quisieras. Los trámites ya no son tan complicados como antes.

El rostro de Francis se transformó como si la doctora la hubiera insultado. ¿Adoptar? ¿Cómo se le ocurría semejante disparate? Hijo era el que se concebía en un acto de amor, el que crecía dentro del cuerpo, alimentándose de su madre, el que se abría paso a través de su piel, el que la miraba con sus mismos ojos, el que sonreía con la misma sonrisa…

Aún suponiendo que una pudiera obviar una parte tan trascendental del proceso, adoptar implicaba una serie de enormes riesgos. El niño podía tener antecedentes de alguna enfermedad física o mental, un coeficiente intelectual bajo, o ser físicamente repulsivo; todo ello sin posibilidades de descubrirlo a tiempo. ¿Cómo iba a jugar de esa manera con el azar?

Evangelina suspiró.

―Francis: la preñez no es maternidad –señaló, casi severamente–. La mayoría de las mujeres somos capaces de llevar adelante un embarazo, pero ser realmente una buena madre implica mucho más que los meses de gestación, mostrar orgullosamente la panza y soportar con valentía el parto. La maternidad empieza después de todo eso. La maternidad está en la crianza de la criatura.

Francis estaba por replicar, pero Evangelina la detuvo con un gesto.

―Me decías recién que los niños adoptados pueden presentar problemas de salud, por ejemplo. ¿Sabés cuántos hijos propios también nacen o desarrollan enfermedades horribles en el transcurso de la infancia? Lo del coeficiente intelectual es relativo; depende mucho más del estímulo que el niño recibe de su entorno, a menos que haya nacido con algún problema, pero en ese caso, basta con que pidas una criatura sana y normal. Las personas que se anotan para adoptar un niño pueden elegir el sexo, si lo quieren sano y de qué edad; lo único que no pueden hacer es elegir entre rubios y morenos, porque ya sabemos qué pasaría en esta sociedad racista… Y con respecto a la belleza física, es todo muy relativo. En definitiva, ¿qué es lo bello? ¿Lo que nos muestran en la televisión y en las revistas de moda? –sonrió–. A estas alturas de mi vida, estoy convencida de que pesan más las cualidades espirituales, porque el aspecto físico, tarde o temprano, se deteriora. Todos envejecemos. Forma parte del proceso biológico. Tratar de evitarlo es lo más patético que podemos hacer. Lo único que nos trasciende, son nuestros pensamientos y emociones. Un niño criado con buenos ejemplos y límites claros es el día de mañana un adulto responsable y sano, y eso es lo que vale, no su aspecto físico.

Palabras bonitas, que no convencían a Francis. Demasiados casos conocía, de niños adoptados. ¡Tenían mil y un traumas! Jamás superaban el hecho de haber sido abandonados por sus padres, eso para empezar solamente. Luego, como no les debían la vida a sus padres adoptivos, se les enfrentaban y desafiaban constantemente su autoridad. El que no se convertía en alcohólico o drogadicto, terminaba siendo un suicida en potencia. Y era lógico. ¿Qué podía esperarse del fruto de un par de locos, capaces de abandonar lo que más deberían amar en la vida?

Evangelina se sorprendió de oír tantos prejuicios juntos. Lo que más llamaba su atención, era que provinieran de una muchacha joven, hija de un matrimonio joven; este tipo de ideas eran más frecuentes entre la gente mayor.

―Francis, estás condenando sin saber. Los huérfanos aún existen; a veces, ambos padres fallecen, y los familiares no cuentan con el dinero ni las comodidades básicas necesarias para hacerse cargo de los niños, y por eso los entregan en adopción. Otras veces, es la misma madre quien no logra salir adelante sola con las criaturas, y haciendo trizas el corazón los entrega para que al menos los niños tengan la posibilidad de tener un techo sobre sus cabezas y un plato de comida. La gente no disfruta del acto de abandonar a sus hijos, si es lo que estás pensando; no los conciben con la intención de arrojarlos a la calle apenas nacen. Habiendo tenido una vida tan hermosa, sin privaciones y con todas las oportunidades, carecés de autoridad moral para juzgar a los menos afortunados. ¿Creés que haber perdido a tu única hija en un accidente es lo peor que puede pasarle a una madre? ¡Puedo asegurarte que no!



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar