Bufeos

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Capítulo 61

Alicia Quinn le había dejado las fotos. Así, Evangelina descubrió algo muy interesante. La radiante felicidad de Mara Santos sólo era evidente en algunas de las instantáneas. En otras estaba totalmente apagada… aunque, si observaba con atención la expresión de sus ojos, éstos parecían reflejar más terror que tristeza.

Hurgó dentro del sobre, en busca de los negativos. Los desplegó ante la luz. Lo primero que observó, fue que faltaba la mitad de las fotos: el rollo era de treinta y seis; en sus manos tendría dieciocho. Suficiente para analizar la secuencia. Las acomodó respetando su orden. Efectivamente, la alegría de la llegada, el clímax del contacto con los delfines –incluso había un par de tomas de las muchachas nadando junto a los enormes animales– y luego, inexplicablemente, aquel horror...

¿Qué había pasado? Hasta que no lo supiera, muy poco era lo que podía hacer por su paciente.

Buscó una cartulina y pegó las fotos en el mismo orden en que fueron tomadas. Luego llamó a Joaquina y le pidió que llevara a Mara Santos al consultorio. La muchacha, totalmente familiarizada con el lugar al cabo de tantos meses, caminó directamente hasta delante de la ventana, observando el paisaje del jardín que tanto le gustaba. Evangelina puso cinta de pegar en los extremos de la cartulina y, con la ayuda de Joaquina, la pegó contra la ventana, a la altura del campo visual de su paciente.

Su reacción fue la esperada. Los gritos, el intento de estampida… Pero en esta ocasión, hubo algo más. Sin dejar de señalar hacia las fotos, luego de que entre Evangelina y Joaquina la dominaran, Mara aulló una palabra con la garganta desgarrada:

―¡¡¡Bufeos!!! –y se echó a llorar desconsoladamente.

Un rato después, cuando todo había vuelto a la normalidad, mientras despegaba las fotografías de la cartulina y volvía a guardarlas en el sobre, Evangelina trataba de hilvanar las ideas. Por primera vez en siete meses de internación, la paciente había hablado. Al igual que Gabriela Norton, había pronunciado una palabra. Igual que en aquella ocasión, no tenía la menor idea de lo que significara. Luego de buscarla ansiosamente, descubrió que “bufeos” tampoco figuraba en los diccionarios. Pero allí terminarían las coincidencias. Mara Santos no acabaría como Gabriela Norton. Ordenaría que alguien la cuidara toda la noche, quedándose en su cuarto si fuera necesario.

Al regresar a su hogar, pensando en las novedades de la jornada, encontró a Celeste rabiosamente obsesionada con el equipo de música. Había retirado el compacto del negocio de Internet. Confiada en que sus conocimientos de portugués hablado le facilitarían la comprensión de la letra, no aceptaba captar más que palabras sueltas. “Boto Rosa”, “secreto”, “delfines”, “maldad”…

―¡No puedo creer que canten tan mal! –vociferó, cuando vio acercarse a su madre.

―No me parecen que canten mal –replicó Evangelina. Las voces eran expresivas y armónicas, pero no alcanzaba a entender más que Celeste–. No te enojes, hija. Hiciste todo lo posible.

Aún quedaba la posibilidad de ir juntas al negocio de Internet, abrir las páginas “Boto Rosa” ante su madre, y que ella intentara descifrar el texto en portugués. Posiblemente, las fotografías e ilustraciones la ayudarían a deducir lo que no entendiera.

Evangelina prometió considerarlo, pero para otra ocasión. Hoy estaba muy cansada. La frustración que sentía con respecto a Mara Santos le pesaba en la espalda, a la altura de los hombros. Sentía como si hubiera recorrido un trecho demasiado largo con una muy difícil carga, para seguir estando en el punto de partida. Nunca antes le había pasado nada parecido.

A su estado de desasosiego se sumó una sorpresiva llamada de Coca, justo cuando Celeste se había dado por vencida con la canción. Tras el habitual saludo precipitado, soltó lo que tenía para contar. Nuevamente se había cruzado con el Ángel Vengador. Al oír esas palabras, el agotamiento de Evangelina transmutó en terror.

―¿Dónde está? –preguntó, sin cuidarse de que Celeste la oyera.

―Siempre lo veo en la misma confitería, rodeado por otras personas. Me miró descaradamente la última vez, e inclinó la cabeza en un saludo y sonrió, pero no se me acercó. Quiero suponer que ya no le intereso.

Evangelina suspiró tan hondamente, que llamó la atención de Celeste. A la joven le habría gustado poder sentarse junto a ella para compartir aquello que la angustiaba, pero suponía que su madre no renunciaría a la mala costumbre de creerse la única adulta de la casa, para marginarla de sus problemas. Sin embargo, trató de prestar mayor atención a sus palabras, para ver si lograba deducir algo.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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