Bufeos

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Capítulo 63

Lo raro no fue cruzarse aquel día en el centro de la ciudad de Corrientes, sino darse cuenta de que –a pesar de que concurrían a muchos lugares en común– ésta era la primera vez que se encontraban.

Alicia Quinn corría todas las mañanas, desde los negocios de fotocopiadoras hasta los juzgados, y de allí hasta la firma donde trabajaba, cumpliendo en tiempo y forma con el papeleo de sus primeros casos. Cuando el hambre de media mañana mordía, entraba al primer supermercado o panadería que tuviera a la vista para comprar alguna pequeñez que lo amortiguara hasta el mediodía.

Juana viajaba en autobús desde su hogar hasta el de sus patrones, y después de limpiar y ordenar, hacía a diario las compras, que abarcaban un amplio espectro desde alimentos hasta las cosas más triviales e importantes que hicieran falta en la casa. Docenas de veces habían caminado por las mismas veredas, cruzado las mismas calles, entrado a los mismos locales, sin coincidir en el lugar por fracciones de tiempo.

Pero hoy se habían encontrado, frente a frente, en la góndola de los productos lácteos. Juana debía proveer de leche la despensa del matrimonio Santos, y Alicia estaba antojada de beber yogurt. Cuando se descubrieron entre la multitud, Alicia no tuvo tiempo de exteriorizar su alegría antes de que Juana se echara a llorar en sus brazos. Muda por la sorpresa, la joven sólo atinó a consolarla con palmaditas tranquilizadoras en la espalda. Con la mirada pedía saber qué había pasado. Pero tenía un mal presentimiento.

―¡Señorita Alicia! ¡No sabe lo que pasó!

No, no lo sabía y tampoco se lo imaginaba, pero Juana, en su desesperación, no le dio tiempo a conjeturar nada. Habían recibido una llamada poco después de su visita a la casa. La señorita Mara había intentado matarse. Juana la bombardeó con los detalles de lo poco que alcanzó a oír, sumado a sus deducciones personales y la discusión posterior entre el matrimonio, pero Alicia estaba tan impresionada por la noticia, que sentía como si las palabras chocaran contra un muro invisible y se enmudecieran antes de poder escucharlas. Pero algo de lo que estaba contando Juana llamó de repente su atención.

―… Una sola palabra, parece que fea, pero ¿usted lo creería de Mara, señorita? ¡Si jamás dijo nada fuera de lugar, de tan bien educada que era!

¿Una palabra fea? Alicia jamás había oído maldecir ni insultar a Mara; ¡si hasta parecía una damisela de siglos pasados! Seguramente era algo que Juana había malentendido. Pero para serenar sus angustiados nervios –y los suyos propios– le prometió que se pondría en contacto con la psiquiatra para saber qué había ocurrido, y que luego se lo contaría.

Comunicarse con la doctora Devoto no le representó ningún contratiempo. En la breve conversación que mantuvieron al teléfono, se enteró de que Mara había intentado abrirse el vientre con un cuchillo de la cocina, pero que gracias a la vigilancia del personal de Ananda, la habían detenido antes de que se hiciera un corte profundo. La psiquiatra estaba indignada por la indiferencia con que el padre de la paciente había recibido la noticia. Con respecto a la palabra… no había sido ninguna grosería. Lo que Mara había dicho, la víspera del incidente, luego de ver las fotografías de su viaje junto a Josefina, había sido “bufeos”. ¡Vaya Dios a saber qué diablos era!

Algo se activó en la memoria de Alicia. “Bufeos”. Tampoco sabía que significaba, pero había oído esa palabra anteriormente… y relacionada a Mara Santos. Se esforzó en recordar después de haber cortado la comunicación. De pronto, lo supo. Aquel libro desentonado dentro del pulcro orden en el cuarto de su amiga. El de las leyendas latinoamericanas. ¡Tenía que rescatarlo!

Puesto que le había prometido a Juana contarle todo lo que la psiquiatra le dijera sobre el estado de Mara, dejó pasar muy poco tiempo, hasta que sus gestiones la llevaron a las cercanías del lugar. Rogando tener nuevamente la buena suerte de que el matrimonio no estuviera, se regaló a sí misma un breve recreo, durante el cual se acercó a la casa con la doble intención de tranquilizar a Juana y apoderarse del libro.

Igual que en la ocasión anterior, la atendió Juana. Que los señores Santos no se encontraran en la casa no obedecía al azar sino a severos problemas de salud de la señora, que habían comenzado tras la internación de Mara, que los obligaban a salir casi a diario, para realizar consultas y estudios. Confiada en poder moverse a sus anchas, Alicia calmó a Juana con respecto al estado actual de Mara, y luego inventó que aún le faltaban algunos apuntes. Juana le permitió pasar hasta la habitación mientras continuaba limpiando la sala de estar.

Excitada y temblorosa, sintiendo que quizás estaba a punto de cruzar el portal del misterio de lo que habría acaecido a Mara, Alicia se precipitó escaleras arriba. La habitación estaba exactamente igual: incluso el libro que buscaba parecía no haber sido movido de su posición. Si se lo llevaba, lo echarían de menos… pero la causa lo merecía.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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