Bufeos

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 64

Cuando vio el nombre de Michelo Antonini anotado en el primer turno de la mañana, Evangelina se obligó a concentrarse en su caso, que no era nada fácil. Cerró los ojos, expiró todo el aire de los pulmones, contó lentamente hasta diez e inspiró profundamente, tanto como su abdomen era capaz de contener. Tan sólo tenía quince minutos para practicar este ejercicio hasta su primer paciente, pero sería suficiente para relajar sus ánimos.

Tal como había supuesto desde la primera entrevista, el infierno emocional y los problemas de pareja de Michelo Antonini tenían sus raíces en la infancia. A pesar de que nunca le había faltado nada, siempre notó un extraño vacío en su vida… Desde muy pequeño, en sus primeros años, sentía cierta tensión entre él y su madre, como si ella estuviera castigándolo por algo, y observaba también que sus padres discutían a menudo por su causa. Aquello lo angustiaba, pero no entendía qué pasaba. Optó por convertirse en el niño perfecto, para no darles motivo de pleito. Pero los desacuerdos continuaban.

Cuando tenía seis años, su madre quedó nuevamente embarazada y nació un hermanito. Lo que en principio fue un motivo de alegrías e ilusiones, terminó siendo la causa de numerosos desencuentros. De un día para el otro, su madre no se molestó más en ocultar su favoritismo hacia el nuevo niño, que fue potenciándose con los años. Su padre no sabía cómo manejar la situación. Michelo, ya preadolescente, empezó a hacer cálculos. Muchos años habían estado casados sus padres, hasta que finalmente nació él. Siempre le habían dicho que esperaron un buen momento para tenerlo, pero... Eso, sumado a que no se parecía físicamente a ninguno de los dos y a que jamás encontró –a pesar de lo mucho que buscó– ni una foto de su madre embarazada de él, le dio la convicción de que era adoptado. Sus padres lo habían adoptado porque creyeron que jamás podrían tener hijos propios, pero al nacer Franco todo había cambiado. Ya no lo querían porque tenían un niño de su sangre. Jamás halló los documentos que confirmarían su teoría, pero eso no lo desanimó: supuso que estarían muy bien escondidos.

El niño perfecto se convirtió en un adolescente insufrible, que se enfrentaba y peleaba con todos por el simple placer de desafiarlos y herirlos. Sus blancos predilectos eran su madre y su hermano. Su padre, pensándolo bien, siempre había sido una figurita de adorno, incapaz de imponer un poco de orden. Sin embargo, fue su padre quien lo llevó un fin de semana a una casita de su propiedad que tenían en Paso de la Patria, para revelarle una verdad que resultó peor que sus conjeturas.

Michelo no era adoptado. Tampoco era hijo de su madre. Sí era hijo de su padre, fruto de una de las tantas aventuras amorosas que éste había tenido. Su madre biológica, una muchacha joven de prometedora carrera artística, se había encontrado de repente embarazada de un hombre casado, en una época y en una sociedad que no verían con buenos ojos su situación. Tras haberle dado muchas vueltas al asunto, llegó a la conclusión de que lo mejor para todos sería correr el riesgo de practicarse un aborto. Pero el padre de Michelo se negó, por ella y por el niño. En cambio, le propuso hacerse cargo de todos los gastos del embarazo y del parto y de las necesidades que se le presentaran, a cambio de que le entregara el bebé.

La joven accedió, a pesar de saber que le costaría despedirse del pequeñín que la acompañaría durante tantos meses. Pero no dejaba de ser un alivio saber que su hijo nacería, y que tendría una buena vida, con un pasar económico desahogado y padres que lo amarían con todo su corazón.

El plan del hombre consistía en acceder a las súplicas de su mujer de adoptar un bebé, y hacer pasar como tal al hijo que naciera de esta relación clandestina, pero… la ciudad era pequeña, y los chismes estaban a la orden del día. De alguna manera se infiltró la información de lo que realmente ocurriría. Las peleas que Michelo recordaba de su infancia, en realidad habían comenzado antes de su nacimiento. Sin embargo, en su desesperación por tener un bebé, la mujer se tragó su orgullo y recibió con gran alegría y expectativa al niño, con la condición de que la madre biológica firmara todos los papeles renunciando a él y jamás se le ocurriera acercársele.

Era una triste historia, que afectaba a todos sus personajes, pero el joven adolescente no lo sintió de esa manera. Estaba convencido de ser el único perjudicado. En definitiva, nadie lo había deseado. Su madre biológica ni siquiera quería tenerlo. Si lo hubiera amado, habría encontrado la manera de buscarlo, de interesarse por saber si él estaba bien. Su padre solamente lo quiso como regalo para su esposa estéril, como una manera de hacer repuntar el matrimonio. Y esa misma mujer que lo recibió con tantas fiestas, fue quien lo hizo a un lado cuando pudo tener su propio hijo.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar