Bufeos

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 65

-Descubrí lo que es un bufeo –le dijo Alicia Quinn a la doctora Devoto, en una furtiva llamada que pudo realizar durante unos minutos de recreo que tuvo en el juzgado, tan sólo días después de haber recogido el libro de mitologías latinoamericanas del dormitorio de Mara Santos. Había tenido todo el fin de semana para analizar la leyenda mientras recordaba su conversación con Juana, y –por las dudas, porque temía que el tiempo borrara de su mente algún dato importante– los escribió en un papel que dobló y guardó junto a la foto, a modo de marcador de aquel capítulo.

La psiquiatra no daba crédito a sus oídos. Desde el intento de suicidio de Mara Santos –hacia ya un par de semanas– la urgencia por descubrir lo que le había pasado colmaba sus días y sus noches, asfixiándola en una impotente sensación de estar corriendo precipitadamente sin moverse del lugar. Le propuso reunirse cuanto antes, pero Alicia estaba llevando un caso muy complejo y no creía poder viajar hasta Resistencia en varios días. Evangelina no tenía inconvenientes en cruzarse a Corrientes cuando fuera necesario. Abrió su agenda y descubrió, alegremente, que tenía libre toda la tarde. Alicia, imposibilitada de decirle que no, inhibida por la edad, la trayectoria y el entusiasmo de la doctora, sugirió que la telefonearía apenas se desocupara, añadiendo que era muy posible que se quedara trabajando toda la tarde también.

―No importa; entonces, a la noche –replicó Evangelina, no dispuesta a dilatar más el momento.

―De acuerdo –suspiró Alicia. Se citaron en un local céntrico, a la hora de la cena.

Una feliz excitación la acompañó durante toda la jornada. Tal vez ahora pudiera hacerse una idea más clara de lo que podría haberle pasado a su paciente. Un punto de partida, por más disparatado o remoto que fuera, era preferible al vacío y al silencio que habían rodeado el caso hasta ahora.

Cuando se hizo hora, tomó un autobús que la dejó a pocas cuadras de la parada. Tan impaciente se sentía, que por una vez se animó a quebrantar su costumbre de tomar solamente micros, y caminó presurosa hasta el punto de salida de los remises Chaco―Corrientes. Había tanta gente esperando el servicio, que la cola daba vuelta la manzana. Espantada, sopesó rápidamente en cuál tendría más oportunidades de llegar antes a la vecina ciudad, y sin mucho pensar, el ganador fue el autobús. De modo que corrió hasta la parada de éste, y se dispuso a esperar pacientemente a que llegara una unidad.

No esperó tanto como temía. Pero como justamente era el horario en que todos iban o volvían, tampoco tuvo asiento. Indiferente, acostumbrada a viajar parada, se aferró a los pasamanos y disfrutó del paisaje nocturno que atisbaba por las ventanas. A pesar de que Resistencia no se caracterizaba por ser bella ni turística, a Evangelina le encantaba observar el movimiento de las personas en la ciudad, las viejas construcciones entremezclándose con las nuevas, las esculturas que salpicaban el paisaje por doquier… El colmo de lo aburrido era un tramo del trayecto, en la ruta, especialmente de noche, cuando ni siquiera se podía apreciar el verde del paisaje, pero pronto se llegó al puente, y ver surgir a Corrientes iluminada por los faroles de la noche era un espectáculo que jamás dejaría de conmoverla.

De repente, un estallido, como si algo hubiera explotado, y Evangelina se vio arrastrada por inercia –y por el peso de los demás pasajeros– hacia delante. Antes de darse cuenta de que lo que había ocurrido, estaban todos en el piso, quejándose, maldiciendo, exclamando… La línea del horizonte que percibía por las ventanas, estaba torcida. No demoró en corregir su error: lo que estaba torcido, era el micro.

Siguió a la multitud, que empezaba a bajar de la unidad, y pudo apreciar lo que había sucedido. El autobús había perdido su rueda delantera derecha “¡Esto es lo que nos dejó la devaluación del 2001!” pensó, disgustada, meneando la cabeza. Era popularmente sabido que las empresas de colectivos Chaco―Corrientes –para poder competir contra las de remises que ofrecían el mismo servicio– se negaban a seguir aumentando la tarifa, pero eso tenía un alto costo en el mantenimiento de las unidades. Cada vez había menos, y en peores condiciones. Era frecuente que los autobuses se quedaran varados en la ruta, en espera de que alguien llegara a socorrerlos. Aún así, muchos seguían optando por los micros, pues implicaban un respiro para la economía de los menos afortunados.

Quienes vieron el accidente desde afuera, no podían creer la buena suerte de que hubiera pasado al terminar de bajar del puente y sin la cercanía de otros vehículos. Evangelina le echó una mirada al colectivo, atravesado en el medio de la calle, impidiendo la circulación de los autos y camionetas que venían detrás. Temiendo que quisieran demorarla hasta que llegaran la ambulancia y la policía, para terminar llevándola junto al resto de los pasajeros a declarar a la comisaría, se alejó disimuladamente, como si sólo hubiera sido uno de los tantos curiosos que rodeaban el lugar del hecho. Sabía que no era correcto, pero esta era una ocasión de enorme importancia para ella, y no deseaba postergarla. Para declaraciones, de sobra con el resto de los pasajeros. Le hizo señas a un remisse que iba rumbo al centro, y tras haberse alejado unas cuadras, su mente regresó a la inminente entrevista con Alicia Quinn.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar