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Capítulo 66

Esa noche no pudo dormir. Las ideas giraban vertiginosamente en su cabeza. Demasiadas preguntas habían quedado sin responder. ¿Por qué Mara Santos reaccionaba de esa manera ante la vista de los delfines –cualquiera, no precisamente de los de río– si la había atacado un hombre? ¿Cómo logró hacer coincidir su propia experiencia con lo que decía una vieja leyenda? Pero la que más torturaba sus nervios era: si realmente había habido un bebé, ¿dónde estaba?

A éstas se sumaba otro interrogante no menor: ¿qué diablos había tenido que ver Gabriela Norton con Josefina Ferreira…?

De pronto tuvo la sensación de que se le había abierto el cráneo, y su mente se expandía por toda la habitación. Incapaz de relajarse lo suficiente para conciliar el sueño, bajó a la salita de estar y buscó el compacto donde le habían grabado a Celeste la canción del Boto Rosa. Tratando de hacer el menor ruido posible, conectó el equipo de música y graduó el sonido, para no despertar a su hija. Aquella voz maravillosa y expresiva comenzó a cantar…

No entendió mucho más que en la primera ocasión, pero de pronto, todas esas palabras sueltas empezaron a tener sentido… “... ele vive na Amazônia”, “... descobrir o teu segredo”, “... é uma lenda de amor”, “... o mais velho dos golfinhos”, “... inocente feito uma criança”…

Se le erizó la piel como nunca antes. Cogió un papel y una birome, y anotó un recado para su hija. No la vería durante el desayuno, y deseaba que ella le hiciera el favor en el transcurso de la mañana, para tener la respuesta cuando regresara de Ananda. Luego se preparó un té tranquilizante. Si no iba a dormir en toda la noche, por lo menos quería relajar sus nervios. Lo que decidiera de ahora en más, tendría que hacerlo con la cabeza fría.

Con grandes ojeras se levantó al día siguiente. Agotada por el cansancio y las emociones, sin ánimos de emprender su caminata diaria, se tomó el primer ómnibus que la acercara a Ananda. Lo primero que hizo al llegar, fue solicitar un chequeo ginecológico para Mara Santos. Antes de seguir conjeturando, debía corroborar el embarazo.

Concretar el chequeo implicaba sortear cierta burocracia. Debería armarse de paciencia por unos días, hasta que todos los papeles se hubieran autorizado. Se consoló pensando que lo descubierto en las últimas horas –en caso de comprobarse– compensaría todos aquellos meses de inercia. De momento, no había nada más que pudiera hacer.

***

Cuando vio ingresar a César Fidelio al Centro, Evangelina se sintió embargada por una sensación extraña y confortable, una mezcla entre la satisfacción y la ternura. No tenía edad para ser su madre; sin embargo, lo que sentía en este momento se parecía mucho a la felicidad que la invadía cada vez que Celeste lograba superarse a sí misma.

Desde aquel atroz descubrimiento, su recuperación se había precipitado. Paulatinamente, se le concedió permiso para salir del Centro y pasar el fin de semana con su familia; con reticencia las primeras veces, tanto por parte de su mujer como de la doctora, con cierto temor y muy pendiente de recibir una llamada de Maite pidiendo ayuda, que nunca sucedió. César ya no se descontrolaba ante las travesuras de Carlitos. Tal fue su mejoría, que los permisos fueron extendiéndose rápidamente, hasta que le firmó el alta. César Fidelio aún hacía terapia, pero para cicatrizar las heridas del pasado, ya no porque fuera un peligro para su propia familia.

Aquel terror irracional a perder su hijo en un trágico accidente, no era más que el refinamiento totalmente inconsciente del miedo infantil a ser castigado por la travesura que le había costado la vida a su hermano. “Ojo por ojo” le habían dicho alguna vez… y él, en su perturbación, realmente creyó que algún día debería pagar con sangre las lágrimas y el dolor de su madre. Para ayudarlo a superar esa idea falsa, la doctora Devoto trabajó a fondo la comprensión del destino, mostrándole que en definitiva, nadie es Dios, que los acontecimientos corren por su propio cauce, y que lo único que a uno le quedaba era saber que había hecho las cosas inocentemente, sin mala intención. Cuando viera a sus propios hijos hacer travesuras, ya no entraría en pánico: simplemente, los vigilaría, para que no salieran lastimados. Le explicó que los sustos, los porrazos y las heridas, formaban parte importante del desarrollo del niño; no era función de los padres evitárselos, sino enseñarles a cuidarse del peligro.

Pero el quid de la cuestión estaba en su relación con la madre. Esa madre a la cual siempre había temido, porque lo regañaba y le daba nalgadas cada vez que la desobedecía; esa madre a la que había odiado porque a su hermano lo colmaba de besos y mimos… Esa madre que jamás le habría perdonado haber sobrevivido al accidente… Esa madre a la que debió someterse para poder continuar con los pedazos destruidos de su vida…



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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