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Capítulo 71

Evangelina aguardó con impaciencia las noticias de Alicia Quinn. Al no recibirlas en el transcurso del fin de semana, supuso que la joven no habría querido importunarla, pero al seguir sin saber de ella tras iniciarse la jornada laboral, dedujo que no habría tenido éxito con Josefina y que habría desistido de continuar colaborando.

Sin embargo, eso no la desalentó. Existía una manera rápida y concreta de terminar con todo este asunto. Viajaría a San Cristóbal. Lo decidió repentinamente, en su última sesión con Mara Santos, después de haber intentado en vano obtener alguna respuesta de su parte, mientras le comentaba todo lo que había descubierto en las últimas semanas. Su paciente no reaccionó ante la mención de ninguno los nombres que deberían haberle sido familiares, ni cuando le habló de los viajes de los que estaba al tanto, tampoco cuando le reveló que conocía la existencia del bebé. Evidentemente, su estado actual obedecía a lo que fuera hubiera pasado con él. Debía de haberse llevado una impresión muy fuerte… Pero por más que trataba, no lograba imaginar nada que la justificara.

A pesar de ser psiquiatra, a veces olvidaba que trataba con mentes débiles y enfermas. Al comienzo de su carrera, recién recibida, había atendido a mucha gente realmente afectada de alguna psicopatología, por la que no podía hacer mucho más que medicarla y repartir instrucciones a los familiares sobre cómo manejar la situación. Pero luego de haber aprendido las técnicas revolucionarias de su colega, y tras haberse hecho de un buen nombre, poco a poco pudo cumplir el sueño de su infancia, de asistir a neuróticos que atravesaban por alguna situación límite que los superaba. Pese a que seguía teniendo enfermos con patologías específicas, se había acostumbrado tanto a sus demás pacientes y la relación que estableciera con ellos, que aquellos verdaderamente atacados por una enfermedad mental la desconcertaban.

Lógicamente, había que partir de la base que Mara Santos nunca había sido como las demás niñas. Ya sea por la represión de su padre o por una propia inclinación natural al aislamiento y a una imaginación descomunal, que seguramente había llevado demasiado lejos. Lo que importaba aquí no era en verdad qué sucedió con el bebé, sino la manera en que eso pudo afectarla. Le convenía no olvidarlo, para llevarse un tremendo chasco cuando averiguase lo que había sido del niño.

Decidida, alzó el tubo telefónico y marcó el número de Marcelo Falcón. Llevaba meses sin saber de él; justamente, desde la internación de Mara Santos. El teléfono sonó sólo un par de veces antes de ser atendido. Al reconocer su voz, el doctor Falcón la saludó alegremente. A continuación, preguntó por Mara. Evangelina aprovechó para ponerlo al tanto de lo que había descubierto. Se suponía que no era ético, pero a estas alturas, cuando todo se había hecho mal desde el comienzo, la ética la tenía sin cuidado. Falcón quedó maravillado.

―Devota, ¿no estarás excediendo los límites? Algunos no tienen remedio. Y si los propios padres se desentendieron…

―Te recuerdo que cuando me pediste que la aceptara, contabas con que pudiera hacer algo por ella. ¿Tan pronto te das por vencido con tus propios pacientes? ¿Acaso sos de los que solucionan todo con pastillas? Estamos hablando de un ser humano, de una mujer joven, físicamente sana… No sé qué le habrá pasado, pero hay posibilidades de poder sacarla de ese estado si lo descubro, y a eso apunto. Ya hay demasiados jóvenes desperdiciados en este país; no pienso sumar una más a la lista, por comodidad profesional. ¡Estamos a cargo de sus mentes, Marcelo!, no lo olvides. Es una tremenda responsabilidad. No podemos evadirla.

―Devota, me conmueve que a estas alturas puedas seguir blandiendo las banderas del idealismo. Pero seguramente no me llamaste para contarme chismes ni echarme un sermón. ¿En qué puedo serte útil?

―Me enteré de que Mara Santos estuvo viviendo unos meses en San Cristóbal, en casa de una vieja parienta. Pensé que quizás sería un familiar materno, y que por ende podrías darme su nombre y dirección.

Su nombre era María Esquivel. Su parentesco con ella era muy lejano. Ni siquiera la conocía personalmente. Pero podía conseguirle dirección y teléfono, si de veras pensaba concretar esa loca idea del viaje. Evangelina se lo agradeció y se despidió brevemente, tras haber acordado que él la llamaría en cuanto obtuviera los datos.

Apenas colgó el tubo, oyó lo que parecía una discusión y luego unos golpes bruscos en la puerta de su consultorio. Era Manuela. Estaba muy disgustada. Alguien quería visitar a Mara Santos, haciéndose pasar por Alicia Quinn.

Evangelina saltó de su asiento, excitada. ¿Sería Josefina Ferreira? Pero se llevó una gran desilusión cuando Manuela la condujo hasta la antesala de visitas, donde efectivamente, la verdadera Alicia Quinn aguardaba, impaciente y disgustada. Al ver a la doctora Devoto, se le acercó, animada.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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