Bufeos

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Capítulo 79

“Su paciente dio a luz un tritoncito…”

Las palabras de la doctora giraban en círculos cada vez más veloces en su mente, mientras intentaba en vano conciliar el sueño, acostada en la cama que Antonia había arreglado para ella. Ya fuera que mantuviera los ojos cerrados o los abriera, la oscuridad del dormitorio era tal, que funcionaba de pantalla donde aquel rostro acongojado seguía proyectándose una y otra vez.

―Llegó con cinco meses de embarazo; apenas se notaban. Siempre iban juntas a todas partes, silenciosas, bastante reservadas… Al principio, uno pensaba que eran pareja, y que Mara se había hecho inseminar artificialmente para darle un hijo a la relación. No era solamente el hecho de que fueran inseparables. Josefina hablaba con tanto cariño y entusiasmo de los planes del futuro: decía que criarían juntas al niño, que ella lo cuidaría mientras Mara terminaba su carrera, y que luego entre ambas lo sostendrían económicamente…

No tardó en notar que la alegría de Josefina no era compartida por Mara. Ella no deseaba al bebé. Le planteó su determinación de interrumpir el embarazo, pero ya estaba demasiado avanzado… Al preguntarle por qué quería hacer eso, fue que supo de su lamentable experiencia con un desgraciado que solamente había buscado pasar el rato con ella, y que los proyectos de su amiga eran un desesperado intento por levantarla de la depresión. Le ofreció asistencia profesional. Mara accedió, más el psicoanalista no pudo ayudarla. Él jamás mencionó absolutamente nada de lo conversado en su consultorio, pero de todas formas hubo muchos que lo supieron, pues Mara no tenía inconvenientes en contarle a todo el mundo la razón de su angustia. El padre de la criatura era un bufeo, y el niño saldría a él. Nadie sabía qué diablos era eso; aparentemente, Mara estaba un poco trastocada por unas historias que había oído, sobre bebés robados o con problemas de salud…

La cuestión pasó a castaño oscuro la siguiente vez que se hizo una ecografía. Había algo mal en las piernas del bebé. El aparato no funcionaba del todo bien en esa época, pero aún así, podía apreciárselo. La doctora estaba muy preocupada. No podía evaluar el grado de daño del feto, pero por las dudas le sugirió a su paciente que se preparase para lo peor. Mara aprovechó la situación para insistir en el aborto. Si bien ahora no carecía de razones, la doctora no era partidaria de realizarlo. En un acceso de cólera inexplicable, Josefina rayó los resultados de la ecografía, calificando al personal de incompetente.

Desaparecieron por unas semanas. En realidad, nadie las extrañó. Suponían que habían ido a buscar quien hiciera el aborto; por una buena suma, siempre había alguien que accedía… Sin embargo, regresaron al cabo de un tiempo. Mara estaba mucho más panzona y totalmente perturbada. Casi no hablaba. Se mecía frecuentemente, abrazándose a sí misma, con la mirada perdida. Cuando tomaba conciencia de su situación, se zurraba el vientre, como si quisiera castigar al pobre niño por lo mal que estaba saliéndole todo. Josefina lograba detenerla a costa de recibir unos cuantos golpes. Siempre tenía unas palabras de consuelo y esperanza para su amiga. Era la única.

―Empezó a inquietarme más Josefina que Mara, porque suponía que, en cuanto hubiese dado a luz, pasara lo que pasase, Mara saldría adelante, aunque fuera con medicamentos, pero su amiga… ―meneó la cabeza, apesadumbrada–. Josefina se negaba totalmente a aceptar la realidad. Estaba convencida de que el buen Dios curaría al niño en el vientre, que Mara tendría un hijo sano y hermoso, que el embarazo tendría un final feliz, que el nacimiento del bebé significaría el comienzo de la mejor etapa de sus vidas…

Como profesional estaba al tanto de los milagros de la medicina moderna, pero también sabía que seguía habiendo muchas limitaciones, y éste era el caso. El bebé no tenía salvación.

Partiendo de esa base, medicó a Mara sin pérdida de tiempo, con una droga que no dañaría al feto en caso de que la ecografía hubiera estado errada, pero pronto fue evidente que la joven no tomaba la medicación, o necesitaba una droga más potente. Le pidió su colaboración a Josefina, pero ella ya estaba totalmente perdida, confiada en que Dios salvaría al niño y que después del parto Mara volvería a ser la amiga que conocía. Finalmente, cansados de orientar e insistir, los médicos que la controlaban empezaron a desentenderse de ella, esperando solamente el momento del desenlace.

Poco después de haber entrado al octavo mes de embarazo, Mara –agotada de suplicar que se lo sacaran, harta de que nadie le creyese ni la tomara en serio, cansada de vivir una pesadilla que no creía merecer– intentó suicidarse. Lo único que logró fue precipitar el parto.

No podía haber escogido peor momento. Ese mismo día, horas antes, había aparecido otra de sus pacientes, a punto de dar a luz, con contracciones cada cinco minutos. Se trataba de una condenada campesina, convencida de que porque su madre había tenido mucha suerte a la hora de gestar y alumbrar a sus hijos, con ella todo debería ser igual. Jamás, en los nueve meses, había concurrido a hacerse ningún control, luego de haber confirmado el embarazo. A toda prisa la prepararon y la llevaron a la sala de partos. Aparentemente el niño estaba bien ubicado y la madre dilataba correctamente, pero algo grave estaba pasando, porque no había manera de sacarlo. Finalmente, ordenó una cesárea, pese a la negativa de la madre. Mientras se organizaba todo para la intervención, aparecieron Mara y Josefina. La doctora dejó la primera paciente en mejores manos y corrió a ocuparse de las recién llegadas.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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