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Capítulo 82

Había sido la semana más agotadora de su vida. Cuando regresó a su hogar, el sábado a tempranas horas de la mañana, tras desayunar rápidamente, subió, arrojó el bolso en un rincón de la habitación, y se perdió en la inmensidad de su cama. Necesitaba dormir y reponer fuerzas antes de poder digerir lo que había vivido los últimos días.

Celeste la despertó al mediodía, preocupada. Nunca antes había visto que su madre hiciera eso: cada vez que volvía de un viaje, desarmaba inmediatamente su bolso, ponía la ropa sucia en el cesto, acomodaba sus enseres; si era día entre semana corría a Ananda, para interiorizarse en lo ocurrido durante su ausencia y seguir atendiendo a sus pacientes; si era fin de semana, se ponía a lavar la ropa sucia y después la planchaba, para tenerla impecable al comenzar la nueva semana. Pensó que tal vez estaría enferma, o deprimida, porque las cosas no resultaron como lo planeó…

Había preparado un puré de verduras con huevo pasado por agua para almorzar. Evangelina en realidad estaba tan cansada que ni siquiera sentía apetito, pero no quería despreciar el cariñoso gesto de su hija, de modo que hizo un esfuerzo sobrehumano por salir de la cama y bajar a comer. Sus ojeras asustaron a Celeste, pero la tranquilizó de inmediato con una de sus sonrisas.

―Los años no vienen solos… ―murmuró, resignada.

Le bastó con decirle que todo había salido de maravillas, y que había cumplido con creces el objetivo de su viaje. Celeste tampoco insistió en preguntas curiosas, pues sabía que si su madre no le comentaba voluntariamente los detalles, tenía buenas razones.

Al recostarse nuevamente, después de almorzar, una pesadilla oprimió su pecho. En tinieblas vio el rostro del doctor Romero, murmurando “desde su perspectiva de la vida, está convencida de saber lo que es mejor para ella…”, pero de alguna manera supo que no se refería a Mara Santos en esta oportunidad, sino a Celeste. El titular “El Ángel Vengador de nuevo” se destacaba en un kiosco con letras del color de la sangre. Evangelina, totalmente confundida y desmoralizada, corría sin rumbo, buscando protección… El rostro de una Coca veinte años más joven se asomaba con espanto sobre la cama donde ella lloraba desconsoladamente.

―No lo podés tener; no después de esto.

A pesar de su angustia y desamparo, Evangelina sintió explotar la indignación dentro de sí.

―¿Estás loca? ¡Mi hijo no tiene la culpa!

―Justamente. ¿Qué clase de vida le vas a ofrecer? ¿Qué vas a decirle cuando pregunte por su padre? ¿Cómo pensás suplir su ausencia? ¡No seas egoísta, Vange!

Se despertó sobresaltada. La imagen de los momentos más importantes de la vida de Celeste pasaba por su mente como si los estuviera viendo por la pantalla gigante de un cine. Había protegido lo mejor que pudo los años tiernos de su hija, tratando de compensar con su amor la falta de un padre. Nunca lo había logrado. El vacío siempre se había hecho notar. Pero ya no podía seguir resguardándola de aquel secreto. Celeste ya era una mujer, con sus propios juicios y cualidades desarrollados. Era hora de contarle la verdad.

***

El lunes a primera hora tenía turno Michelo Antonini. No era un paciente fácil. No por el resentimiento que cargaba por dentro, sino por lo poco dispuesto que estaba a renunciar a él. Que su única motivación fuese conquistar una mujer no facilitaba las cosas; al contrario. Si Michelo no cambiaba por sí mismo, si no era capaz de darse cuenta de que era el principal perjudicado de su propia manera de enfocar las cosas, si estaba haciendo todo este esfuerzo por darle el gusto a otra persona, si algún día esa otra persona –en este caso, Chiara Alexander– desaparecía de su vida, o si él mismo, en su fragmentada concepción de la felicidad, perdía el interés por ella, se disiparía también lo poco que había avanzado en la terapia. Por eso, la doctora Devoto insistía.

Cuando le ordenó que retomara el contacto con su familia y que conversara con su padre acerca de su madre biológica, su explosiva reacción le recordó la de Martin Breck cuando su padre tuvo la desfachatez de presentarse luego de tantos años. Inmutable, lo oyó vociferar y enumerar las razones por las que no valía la pena molestarse en revolver el pasado.

―Hasta que no lo hayas hecho, no se justifica que tengamos otra entrevista –aseguró, sin perder la serenidad.

Eso había sido un tiempo antes del viaje a San Cristóbal. Ahora lo tenía ante sí, confundido, disgustado, como si de repente su traje favorito le hubiese empezado a quedar pequeño y no supiera cómo hacer para seguir cabiendo en él. Tal como había supuesto, al presionarlo para enfrentar su pasado, había hecho estallar los recuerdos distorsionados contra lo que halló en la actualidad.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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