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Capítulo 84

Había tardado mucho en reconocerlo, pues primero prefirió atribuirlo a una profunda admiración profesional y al agradecimiento por todo lo que le había enseñado, por cuánto la había ayudado a enfrentar y vencer sus propios fantasmas interiores… pero lo cierto era que se había enamorado perdidamente. Mientras su corazón palpitaba extasiado cada vez que lo veía, su mente se enfurecía por lo absurdo de la situación, y trataba de encontrarle una explicación más sensata. Después de todo, éste era el primer hombre con quien lograba mantener una buena relación: la confianza no había denigrado al respeto, y el amor no había empañado la amistad. Era natural que las cosas hubieran llegado a este extremo. No obstante, se sentía miserable. Tenía la deprimente sensación de que nada en la vida tendría ya sentido si no era junto a Vero Antonini. Pero aún en el caso de que sus sentimientos fuesen correspondidos, una relación de pareja cambiaba muchas cosas. Tenía miedo de lo que pudiera pasar.

Le costó mucho juntar coraje para sincerarse, y cuando finalmente lo hizo, Vero la sorprendió una vez más.

―¡Habías sido humana! –exclamó, riendo de alegría. A él Evangelina siempre le había gustado, mucho más desde que comenzaron a ser amigos, pero era tan reservada e inexpresiva, que hasta ahora no se había atrevido a dar el primer paso por miedo a arruinarlo todo. Era evidente que lo más importante en su vida era su carrera profesional; jamás había hecho acotaciones a sus insistentes comentarios de formar una familia, ni había respondido a sus gestos románticos… Vero no sabía si era una cuestión generalizada contra los hombres, o si particularmente él no cumplía con los requisitos. Ahora que la verdad se había revelado, la felicidad lo inundaba.

―Vayamos despacio –propuso, intuyendo las tormentosas experiencias de pareja que debían  haber en el pasado de Evangelina, para que ella se comportara de esta manera. Jamás dejarían de ser amigos, en primer lugar. Seguirían haciendo lo mismo que hasta ahora. Y cuando ella estuviera preparada…

Evangelina estaba más preparada de lo que ella misma suponía. La euforia de estar por primera vez con alguien que respetaba el lugar que ocupaba su profesión en la vida y su propia manera de ser, sin intenciones de hacerla cambiar, inspiró su corazón como los rayos del sol a una flor. Sentíase fuerte y vulnerable al mismo tiempo; libre y prisionera; feliz y aterrorizada.

No tardaron en amarse apasionadamente, sin tabúes, con cada fibra de su ser. Cuando se lo contó a Coca, ésta no lo podía creer. Consideraba a su amiga la más fiel representante de un puritanismo extinto; que alguien hubiera logrado hacerle vencer sus propios prejuicios le parecía estupendo. Compartía su alegría y expectativas del futuro. Pero cuando Evangelina le comentó –como al pasar– que no se estaba cuidando, pues prefería que el azar decidiera la cuestión de los hijos, se descontroló totalmente.

―¿Estás loca? ¡No podés dejar una decisión tan importante al azar! Puede que a vos te entusiasme la idea de tener un hijo ahora, pero tenés que conversarlo con Vero. ¡No podés llegar un día y simplemente decirle que estás encinta!

―¿Por qué no? Él siempre dice lo mucho que desea una familia…

―Vange: una cosa son las fantasías, y otra, la vida real. Que Vero quiera hijos no implica que los quiera ya, ni con vos. ¿Por qué no se dan un tiempo primero? Pudieron haber sido amigos maravillosos, pero ahora muchas cosas van a cambiar, porque están empezando a conocerse realmente. Y –como vos misma decís siempre– una vez que el niño nace, no hay marcha atrás.

Por primera vez en su vida, Coca estaba siendo juiciosa. Y no transcurrió mucho tiempo hasta que Evangelina debió darle la razón. Paulatinamente, en su desorganizada convivencia, en la que generalmente se quedaba a pasar las noches en el apartamento de Vero, observó una faceta totalmente desconocida de su amado: un oscuro pesar, noches de insomnio alternadas con horrendas pesadillas de sangre y venganza –siempre relacionadas con la pérdida de su familia–, un repentino mutismo capaz de empañar el instante más hermoso… Cuando pudo lograr cierta imparcialidad, para poner sobre la balanza todas esas pequeñas cosas que entristecían sus días y evaluar el límite a que podrían llegar con los años… tuvo un atraso.

El día que lo confirmó, cogiendo con manos temblorosas el pequeño calendario donde marcaba las fechas de su período, fue escalofriante a nivel nacional. Hacía casi un mes que había desaparecido el nieto de un militar, secuestrado en la puerta misma de su casa. La fotografía del pequeño empapelaba el país. Su madre suplicaba ante los medios de comunicación que le regresaran al niño, o que le dieran algún indicio… Como respuesta, una mañana –la misma que Evangelina accedió a reconocer su atraso, ante la precisión de los números de aquel calendario–, la mujer encontró delante de la puerta principal la camisa que su hijo vestía al momento de la desaparición. Con birome común negra, le habían dibujado en una de las mangas el halo, el par de alas y la espada cruzada.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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