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Capítulo 87

Ese año Evangelina no disfrutó como acostumbraba de las fiestas. El espíritu navideño la rodeaba encarnado en vecinos y amigos que iban y venían con los paquetes de comida y regalos, y a pesar de que era una más en aquella vertiginosa carrera contra el tiempo, en la que todos se amontonaban en los negocios en busca de los artículos faltantes, lo hacía de manera mecánica, desganada. Celeste no era de ninguna ayuda. Antes le habría entregado una lista interminable de libros, compactos, ropa y mil cosas que le encantaría recibir. Además, la habría acompañado para elegir una buena bebida para el brindis en familia y proveerse de platillos exóticos para el veinticinco de diciembre y el primero de enero, días que por norma general, pasaban solas en el apartamento, haciendo un balance del año y retozando en recuerdos de fiestas lejanas.

Pero este año tenía una dedicación inusitada en las materias que estaba preparando para diciembre, y al resto de su tiempo lo pasaba con Alfonso. Evangelina aún no se acostumbraba a este muchacho pecoso y flacucho, que llegaba montado en una bicicleta destartalada, a la que solamente le hacía las reparaciones básicas pues no tenía deseos de que se la robaran, que jamás había pisado un local bailable y cuya única ambición en la vida era unirse a un grupo ecologista para salvar el planeta. Por supuesto, a Celeste le parecía magnífico.

El festejo en casa de tía Luli no se pareció en nada a los de años anteriores. Muchos primos de Evangelina optaron por quedarse en sus hogares, donde se reunieron con sus hijos y nietos, por miedo a que les desvalijaran la casa mientras estaban ausentes. Eso le dio la oportunidad de poder sentarse a conversar largo y tendido con los pocos que fueron. Antaño, esto la habría colmado de gusto. Sin embargo, ahora lo hacía con muy poco entusiasmo, como si fuera una tarea superficial que debía acabar antes de proseguir con lo verdaderamente importante. De repente se dio cuenta de que sus pensamientos estaban muy lejos… Pese al bullicio y la alegría, no podía dejar de pensar en Mara Santos y la impotencia que sentía al haber fracasado en todas sus tentativas.

Tía Luli, que se le acercó preocupada al verla tan ensimismada, le impidió que siguiera dándole vueltas al asunto. Primero le habló de la diabetes de su irresponsable padre, luego la notificó de los nacimientos y decesos que hubo en la gran familia durante el año; todos de parientes demasiado lejanos para que Evangelina pudiera sentirse afectada. Evangelina la observaba, admirada. Llevaban… ¿cuánto? ¿Diez años? asegurando entre murmullos que tía Luli no sobrevivía a un nuevo año, y sin embargo, ya había enterrado a todos sus hermanos y muchos sobrinos sin que nada, excepto su dolencia cardíaca, sugiriese que las cosas podían cambiar.

Festejaron Año Nuevo en casa de uno de los hermanos de Domingo, donde se repitió la merma de familiares. Parecía que todos se hubieran concientizado simultáneamente, en el transcurso del año, del riesgo que implicaba dejar la casa sola, a merced de la avidez de los delincuentes, que no perdían ocasión de actuar. Lamentablemente para Evangelina, aquel condenado primo suyo con quien se trenzara en una acalorada discusión sobre médicos el año anterior, sí acudió a la reunión, y –cual si el tiempo no hubiese transcurrido– la buscó entre los presentes para la segunda edición del debate, con el agravante de que en esta ocasión se sumaron varios más, con lo que se armaron dos pequeños bandos que terminaron mandándose al diablo. El disgusto les duró hasta el momento de levantar las copas y brindar por un feliz y próspero 2005.

Los primero de enero siempre le habían provocado sentimientos encontrados. Por un lado, los ánimos renovados del año alboreando, coronado por los proyectos que había trazado el año anterior para desarrollar a partir de marzo, mes en que todos regresarían de sus vacaciones y el trabajo se volvería más intenso. Por otro lado, el desánimo que le producía la disminución de actividades. No solamente de su labor profesional, sino de la misma ciudad. El mayor movimiento que ofrecía Resistencia era cultural, pero en los meses de verano era muy poco lo que continuaba haciéndose. Corrientes tenía un perfil netamente turístico, con la costanera, el río, un pequeño zoológico y el casco histórico, pero Evangelina había desistido de aquellos paseos cuando notó que cada año se achicharraba más bajo el sol. Los protectores solares la resguardaban de las quemaduras, no del calor. A veces envidiaba a Celeste, su juventud y la energía con que disfrutaba de los placeres de la vida.

Este año, por primera vez en mucho tiempo, su hija regresó con ella a casa después de la celebración. Ambas se levantaron antes de las diez a la mañana siguiente, y prepararon juntas un fresco desayuno de frutas y jugo de naranjas.

―Sin falta, la semana que viene tenemos que asesorarnos para comprar un aire acondicionado, o no sobreviviremos a febrero –jadeó Evangelina, mientras se pasaba un hielo por el cuello.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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