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Capítulo 91

Tuvo que decirle a su secretaria que telefoneara a los pacientes de las próximas jornadas para postergar las sesiones. Al día siguiente de la visita de Daniel, amaneció afiebrada y con una jaqueca que la mareaba hasta la náusea. Según Celeste, no era más que una gripe de verano, pero Evangelina estaba convencida de que era a raíz de las especulaciones que surgieron después de la visita de Daniel.

No era la primera vez que alguno de sus colegas trataba de enriquecer la Psicología con otras disciplinas. Había varios –incluyéndose– que llevaban bastante tiempo experimentando con el Yoga, el Zen u otras filosofías orientales, por no hablar de métodos completamente modernos y –según su propio criterio– nada confiables, como era el de la terapia a larga distancia mediante el Messenger, que obviaba el contacto personal y la observación de las reacciones físicas y faciales de los pacientes mientras relataban sus problemas. Podía estar siendo el caso de Valentino Alarcón. No debía precipitarse. Sin embargo, el recuerdo de su rostro acercándose al suyo y la mano tendida…

―Supongamos que sí es él –sugirió Celeste, en una charla que mantuvieron aprovechando la ausencia de Alfonso–. No podés esconderte para siempre. Si es cierto que ahora viaja y viene a menudo a Corrientes, hay mil posibilidades de que se encuentren accidentalmente, ¡y no vas a desmayarte cada vez que lo veas!

Celeste tenía razón. Se estaba comportando como aquella joven que huyó aterrada de la gran ciudad, convencida de que escondiéndose en el anonimato del interior estaría a salvo. Muchos años habían transcurrido. Suponiendo que realmente fuera él y volvieran a cruzarse, ¿cuáles eran los riesgos? Si Vero Antonini hubiera querido deshacerse de ella, no habría esperado tanto tiempo. Pero a la vez, si era él, ¿por qué no había vuelto a buscarla, ahora que sabía dónde trabajaba? ¿Sería él quien se estaba escondiendo del testigo de su pasado? Era todo muy extraño y confuso. Primero lo atribuyó a su estado de debilitamiento general, pero cuando mejoró y volvió al trabajo, su perturbación no disminuyó. Las ideas daban vueltas en su mente, una y otra vez, como en un carrusel.

Si el único problema hubiera sido su cavilación y sus temores, habría podido sobrellevarlo. Pero estaba perjudicando la única posibilidad que le quedaba a Mara Santos. No tenía demasiadas esperanzas de que realmente pudieran sacarla de ese estado, pero cuando recordaba a Angélica…

Lo consultó con Joaquina confidencialmente. La mujer ya estaba enterada del caso de Angélica, porque su cambio fue tan abrupto y evidente, que nadie pudo no notarlo. Pero no sabía qué sugerirle. Por un lado, tenía un cariño especial hacia esa pobre muchacha olvidada por todos, y no le parecía conveniente desaprovechar esta oportunidad. Pero a la vez, en el caso de Angélica, su hijo había corrido con todos los riesgos. ¿Quién se haría responsable si algo le ocurría a Mara? Sus padres pudieron haberla abandonado en Ananda, pero no pasarían por alto que algo malo le sucediera. Eso podía perjudicar al mismo Centro, además de la doctora.

Tenía dos opciones: seguía como hasta ahora, en su conciencia no haber aprovechado esta invitación, o se jugaba la última carta, al riesgo que fuera. Evangelina se inclinaba por lo último. Pero excusándose en el resto de sus pacientes y en su reciente enfermedad, lamentó no disponer de tiempo. Para Joaquina eso no era un problema. Si la doctora se lo permitía, podía encargarse de llevar y traer a Mara, durante uno de sus francos.

―¿Realmente lo harías? –preguntó Evangelina, aliviada.

―Autoríceme, doctora, y será como si fuera usted misma.

Sin pérdida de tiempo, Evangelina le entregó la tarjeta de Daniel y le pidió que llamara en su nombre, explicando que estaba de acuerdo pero que iría ella en su lugar. Debían organizarse de acuerdo a sus días libres. Evangelina misma se encargaría de contratar un vehículo que las llevara y trajera de regreso. Una parte de sí se desesperaba ante la perspectiva de estar delegando algo tan importante, pero otra parte –la más fuerte– se retorcía de angustia ante el riesgo de volver a ver a Vero Antonini, esta vez en su elemento. Aún no se sentía preparada.

Tal como Paulo le había comentado, en verano todo el grupo disponía de más tiempo. Se turnaban para salir de vacaciones, de modo que siempre quedaban unos cuantos para recibir y atender a quienes se presentaran. Que el único momento disponible de Joaquina fueran días entre semana no implicó ningún contratiempo. La visita se confirmó en una rápida conversación de dos minutos.

Joaquina utilizó el franco de la semana siguiente. Partieron antes de media mañana. Afortunadamente, la dirección que le habían dado quedaba lejos del hogar paterno de la joven, de modo que las probabilidades de que sus padres las descubrieran eran bajas. Evangelina prometió esperar en Ananda hasta su regreso.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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