Bufeos

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Capítulo 95

El deceso de su padre había atrasado toda su agenda. Naturalmente, en el tiempo que duró su internación, y luego durante los trámites relativos a la defunción, Evangelina no regresó al Centro Ananda. Su secretaria se había ocupado de telefonear a los pacientes para comentarles el contratiempo y acordar otra fecha tentativa, que dependería de la evolución del señor.

Cuando se presentó nuevamente, tras haberse tomado el resto de sus vacaciones para reflexionar sobre todo lo ocurrido, notó cierta excitación por parte del personal. Supuso que se debería al reciente fallecimiento de Domingo, pero se equivocaba. El centro de los cuchicheos y las miradas cómplices y fascinadas era… Mara Santos. Nadie podía creer –ni siquiera viéndola y conviviendo con ella en Ananda– lo que había ocurrido. Joaquina había salido por la mañana con la muchacha de la mano, completamente sumergida en su propio mundo, aislada e indiferente a lo demás, y regresó por la noche con una joven radiante, reservada pero bastante sociable, de inteligencia brillante y corazón solícito. Ya había sido extraordinaria la repentina mejoría de Angélica, pero lo ocurrido con Mara… no tenía precedentes. Algunos de sus colegas estaban considerando enviar sus propios pacientes a aquel lugar misterioso donde curaban la psiquis.

Su secretaria no había contado a Mara Santos como una prioridad. Nunca lo había hecho: antaño, porque en su estado realmente no implicaba una urgencia, y mucho menos ahora, cuando se paseaba lúcida y contenta por los jardines del Centro, confortando al resto de los enfermos y conversando con el personal médico. Al apuro lo sufría la doctora Devoto, que no veía el momento de tenerla sentada a su lado en los sillones, para poder observarla y escucharla por sí misma. Pero su secretaria había determinado que el resto de sus pacientes estaba en estado mucho más lamentable que esta joven, y había anotado a todos antes que ella.

No pudo entrevistarse con Mara sino hasta diez días después, pero mientras tanto dialogó con la testigo directa del milagro: Joaquina. Ella misma la buscó en uno de sus recreos, deseosa de compartir la experiencia. Habiéndose pasado el año anterior completo cuidando de la muchacha, perdidas las esperanzas junto con los esfuerzos truncos de la doctora, era ahora la más eufórica ante el sorpresivo resultado final logrado por gente por la que, al principio, no hubiera apostado ni una moneda.

―Fue casi mágico, doctora –comenzó, mientras buscaba torpemente las palabras justas para describirlo–. La fueron llevando hacia atrás en el tiempo… Fue… como una hipnosis, quitando el hecho de que no era una hipnosis, pero no sé con qué más compararlo. Lo primero que recordó fue el jardín. Dijo que había unas flores que les recordaban a otras que había en Brasil. El muchacho le había obsequiado con ellas para acercársele y trabar amistad. Y las mismas había en el jardín de su tía, en San Cristóbal. Siempre las miraba durante mucho tiempo, justamente porque le recordaban al padre de su bebé.

Recordaba haber estado embarazada, pero como algo muy lejano, con tan poca precisión como si hubiera sido un episodio de su primera infancia. La muerte de su hijo se entremezclaba con la pérdida de un hermanito, que había marcado un antes y un después en su vida, porque luego del parto su madre había quedado imposibilitada de tener más hijos, y eso marcó su destino solitario de hija única, depositaria de todas las expectativas de sus padres.

Recordaba haber deseado desesperadamente perder el bebé, haberlo odiado por la manera en que llegó a su vida, haber suplicado que le practicaran un aborto, haber intentado suicidarse cuando fue inminente que nacería…

Habían salvado su cuerpo, y también ayudaron a nacer al niño, un bebé deforme, el hijo de un bufeo, con el que Dios castigó su osadía de entregarse a un amor alocado y prohibido…

―¿Prohibido por quién? –preguntó Evangelina, atenta.

―Por su padre, naturalmente. Recuerde que Mara es hija única, y su padre, un alto militar retirado. Quería lo mejor para su hija. A lo mejor, hasta pretendía elegir él mismo a su yerno.

Habían salvado su cuerpo, pero no podrían salvar su mente. Desde que su amado la abandonó, dejándola con el corazón en carne viva y el cuerpo sediento, su vida había empezado a dejar de tener sentido. Cada nuevo contratiempo se sumaba a la necesidad de dejar de vivir. De alguna manera, había logrado huir a un lugar del que no podía ni deseaba salir. Solamente veía las flores… el cielo y el sol… y guardaba la esperanza de que él volviera por ella, con otro ramillete.

―Si tan bien se sentía en aquel lugar, ¿por qué regresó? ¿Cómo lo lograron?

―Primero le limpiaron el aura, doctora. Es una técnica que Valentino Alarcón aprendió directamente de su maestro hindú. Hay hierbas aromáticas curativas, que sirven para tratar distintas dolencias. Dados todos los síntomas, él dedujo un diagnóstico, y realizó una preparación especial. Le hizo beber un té, oler un pañuelo empapado en una fragancia, y entre varias de las discípulas le ungieron el cuerpo con otra. Primero me asusté, porque inmediatamente Mara empezó a eructar, vomitó y tuvieron que llevarla al baño, porque quiso hacer sus necesidades. Pero ¿sabe qué? Cuando regresó ya estaba distinta. Ya podía vernos a todos. Daniel le hizo practicar los ejercicios respiratorios. Luego, todos nos presentamos. A mí me reconoció, también como si hubiera sido un personaje de su infancia, muy lejano. Fue Valentino quien logró hacerla hablar. No me pregunte cómo hizo, doctora, porque no lo sé. Lo único que observé, es que todo el tiempo la trató normalmente, como si hubiera sido una más del grupo y no una enferma mental. Era como si conversara con lo que Mara podría llegar a ser, no con lo que era en ese momento.



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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