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Capítulo 96

¡Cuántas veces había fantaseado sin esperanzas con este momento! La puerta se abría, y Mara Santos ingresaba por sí misma al consultorio, se saludaban, y luego tomaban asiento en los sillones. Ella haría algunas preguntas para iniciar la conversación, y luego la oiría hablar. Cuando fuera suficiente o lo considerase apropiado, haría sus intervenciones para ayudarla a corregir el ángulo desde el cual evaluaba las situaciones. Algún día, quizás, hasta podría darle el alta…

Pero cuando realmente la vio ingresar sola al consultorio por primera vez, se dio cuenta de que nunca había creído seriamente que este día llegaría. Sus piernas temblaron, y se le llenaron los ojos de lágrimas. Ni siquiera hallaba palabras para describir sus emociones. Lógicamente, felicidad y satisfacción (a pesar de que el mérito no era suyo), pero también mucha incertidumbre. Era desconcertante conocerla –porque la conocía: la había tenido en este mismo consultorio durante más de un año, y sabía cada detalle de su vida mejor que ella misma– pero a la vez, no la conocía, pues todo lo que había averiguado, se lo debía a terceros. Jamás habían intercambiado ni siquiera una mirada. Lo que Mara realmente pensaba y sentía acerca de su propia vida, seguía siendo un misterio para la doctora Devoto.

Ella seguía observando el jardín, pero ahora desde el sillón, donde estaba cómodamente sentada, esperando que Evangelina se decidiera a decirle algo. Tenía la mirada serena y el rostro relajado. Se había trenzado el cabello y cortado el flequillo. Exceptuando su actual aspecto calmo, se veía igual que en las fotos de Fernando de Noronha.

Evangelina tenía sobre su escritorio la caja donde había guardado todo lo que le trajera Alicia Quinn. Las fotos, el diario de Josefina Ferreira, los recortes de los periódicos, los análisis… sumados a los estudios, papeles y dibujos de Gabriela Norton. Creyó oportuno devolvérselos. De paso los utilizaría para comenzar el diálogo.

―Esto te pertenece.

Mara examinó cada cosa en silencio y con curiosidad.

―Fue muy poco ético de mi parte quebrar tantos límites, pero necesitaba imperiosamente saber que había hecho todo lo posible por ayudarte. Especialmente viendo la impotencia de los demás. Si hay algo que no soporto, es ver con cuánta facilidad la gente se cruza de brazos para dejarse vencer.

―¿Por qué era tan importante para usted curarme?

Era la primera vez que la oía pronunciar una frase entera. Estuvo a punto de responderle que no era ella quien debía realizar las preguntas, pero se contuvo. Esta paciente era especial. Después de todo, la había arrancado de la seguridad del refugio que creó en su mente para huir de un mundo que, evidentemente, no la complacía.

Claro que tampoco sería tan sencillo contestar. Desde que aceptara la derivación de Falcón, muchas veces se había hecho la misma pregunta a sí misma, sólo para encontrarse frente a un muro de silencio por respuesta. No fue distinto en esta oportunidad.

―No lo sé –confesó, cautelosamente, luego de meditarlo un momento–. Quizás se deba a que me mal acostumbré a sacar adelante a todos mis pacientes, sin importar las condiciones en que comenzaran la terapia. Me desquiciaba especialmente el hecho de que no tuvieras daños neurológicos ni físicos que justificaran tu estado. Te veía joven, sana, con un futuro prominente… El doctor Romero, a quien tuve el gusto de conocer personalmente, me dijo algo muy cierto, justo cuando había llegado al fondo de la cuestión. Me dijo que desde mi perspectiva de la vida, yo estaba convencida de saber lo que era mejor para vos, porque te estaba midiendo con la vara que usaba para mí misma, sin ver las cosas desde tu lugar.

―Tenía razón, seguramente. Por lo que cuentan de usted, es una persona enérgica, decidida, firme… Yo no soy así.

―¿Y cómo sos? –preguntó Evangelina, instándola a continuar.

―No lo sé; ese es el problema. Dicen que siempre fui muy obediente, pero lo que recuerdo de mi infancia, es haber estado constantemente con miedo, observando de reojo las reacciones de mi padre como parámetro de lo que podía o no hacer. Deseaba poder hacer muchas cosas, pero si no eran peligrosas eran indecentes o incorrectas, y siempre me quedaba con las ganas. ¡Ni siquiera me permitía jugar con niños de mi edad! Un día…, simplemente, me levanté sin deseos, y me limité tan sólo a seguir haciendo lo que esperaban de mí. Todo el mundo me admiraba, pero a mí no me importaba, porque no era nada que yo hubiera hecho de haberlo podido elegir. Vivía esperando el momento de independizarme económicamente, para poder decirle a mi padre cuánto lo odiaba antes de irme de mi casa para siempre, pero a la vez, cuando me lo imaginaba, no sabía qué haría luego. Siempre lo tuve todo con sólo pedirlo, pero el precio fue que me volví una inútil…



Marina Nill

Editado: 25.07.2019

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