CaÍn Vol.1

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MUY CONFUSO

¿Cómo y cuándo comenzó esta tragedia? Solo puedo decirles que fue en el momento menos pensado. Y no exagero al usar la palabra «tragedia». Es posible que las condiciones estuvieran lo suficientemente latentes para que el principio no se hiciera esperar.
Siempre fue mi costumbre fumar un cigarrillo antes de acostarme a dormir. Por alguna razón, es un hábito que aún no he podido abandonar pese a que le dedico varias horas al entrenamiento de mi cuerpo. Debo fumar a escondidas de Leandro, ya que si se entera de que sigo con el hábito, me obliga a golpear la bolsa de box hasta que me quedo sin aire.
¿Qué les puedo decir? En una particular noche, por un momento, todo parecía demasiado habitual. Yo terminaba de ver una película de unas tres horas en la televisión y me dispuse a encender mi cigarrillo a modo de ritual en preparación a ocho o nueve horas de sueño continuo. Salí al frente de casa a fumar, como de costumbre,y a sentarme en un cantero que se encuentra junto a la entrada.
Mientras buscaba dentro de mi paquete de Marlboro, pude notar con la punta del dedo índice que de extremo a extremo solo conseguía tocar el envoltorio.
«¿Será posible?».
Había olvidado comprar un atado nuevo y hacía unas docehoras, sin darle mucha importancia, había tenido el descuido de regalar mi último cigarrillo a un transeúnte que había cruzado de regreso a casa.
Solo tenía dos opciones: o bien podía acostarme a dormir y esperar a comprar el día siguiente (la elección más lógica y razonable para la mayoría), o bien podía salir a comprar un atado a un kiosco que se encontraba a unas dos cuadras de casa.
Pareciera que el hábito es más fuerte que la razón, porque sin pensarlo busqué la llave de la reja del frente de casa y emprendí mi viaje hacia el destino que marqué.
El recorrido hacia el kiosco es más corto de lo que puede parecer cuando uno escucha que le dicen dos cuadras. En realidad, uno puede medir el trayecto y se encuentra con que no son más de ciento diez metros, quizás ciento veinte. No se necesitan más de cinco minutos.
Cuando estaba llegando a la esquina del kiosco, pude notar por la aspereza de la superficie que pisaba que había salido de casa descalzo (por suerte, me encontraba vestido). Luego de contemplar mis pies, alcé la vista y pude divisar que al otro lado de la calle había un grupo de jóvenes que se encontraban formando un semicírculo, simulando una especie de barrera humana.
Mi primera reacción, por supuesto, fue dar media vuelta con disimulo y regresar por donde había llegado. Tenía la suerte de hallarme a sus espaldas y aún no se habían percatado de mi presencia.No fui hecho para lidiar con grupos numerosos, mucho menos en plena madrugada y sin la posibilidad de recibir ayuda de ningún tipo. Excepto por ellos y yo, la calle se encontraba por completo desierta.
En eso que di media vuelta en dirección a la ruta por la que había llegado y comencé a caminar regresando a casa, alcancé a escuchar algo:
—¡Soltame…! —exclamó una voz femenina.
Fue así que volteé de la sorpresa para que mis ojos corroboraran lo que habían percibido mis oídos y entonces la vi. Una joven de cabello largo y ondulado se encontraba de pie, acorralada por aquel grupo que no iba a dejarla salir hasta conseguir lo que buscaba.
Mientras tanto, yo me encontraba inmóvil, tratando de determinar si debía intervenir de alguna forma o si debía irme y llamar a la policía desde casa. Sabía que no podía interponerme yo solo sin recibir alguna clase de represalia, pero también era cierto que si esperaba a llegar a casa para levantar el teléfono, iba a ser demasiado tarde.
En mi parálisis, pude darme cuenta de que sin importar qué decisión tomara, no iba poder moverme del lugar donde me encontraba. No podía avanzar ni retroceder. Tal vez era miedo o solo indecisión, pero recuerdo a la perfección la descarga de adrenalina que comenzó a circular por mi cuerpo cuando escuché la voz de esa chica. Ante eso y sumada a mi estado catatónico, la ansiedad aumentaba y aumentaba al nivel de aceleración de un auto de carreras. Me hallaba por completo desorientado. La temperatura de mis extremidades comenzó a aumentar, de mis poros brotaba un sudor frío que humedecía mis manos.
Los latidos de mi corazón golpeaban mi pecho, una y otra vez, con tanta fuerza y velocidad que podría jurar que hacían que vibrara todo mi cuerpo.
Y así sin más, de pronto y sin previo aviso, pese a la gran exaltación y frenesí... todo se apagó.
Cuando desperté, me encontraba acostado en el suelo. Trataba de entender lo que me había pasado, pero ni siquiera recordaba por qué me encontraba en esa posición.
Sentí que alguien me sacudía intentando despertarme, empujando con una mano mi hombro.
Conseguí enfocar la vista y pude distinguir a la muchacha que hacía un momento había visto al otro lado de la calle rodeada por esos tipos. Su rostro expresaba miedo y preocupación mientras intentaba con el teléfono celular llamar a la policía al mismo tiempo que me sacudía sin detenerse, tratando de reanimarme.
Noté un pequeño brillo en sus ojos.
«¿Está llorando?».
Intenté levantarme, pero apenas conseguí quedar sentado en el suelo.
Cuando miré a mi alrededor, no podía entender lo que mis ojos atestiguaban: tendidos en el suelo, completamente inconscientes y algunos heridos de gravedad, fue como encontré a los atacantes que rodeaban a la chica.
—Nico, acabo de llamar al 911. Ya mandaron un móvil para acá. ¿Cómo te sentís? ¿Te duele algo?
—No, estoy bien. Solo un poco desorientado.—Me llevé la mano a la cabeza intentando recordar algo—. ¿Qué pasó?
«¿Por qué sabe mi nombre?».
A lo lejos se escuchaban las sirenas de la policía acercándose poco a poco.
Sea lo que sea que haya pasado esa noche, solo recuerdo la impotencia que sentí cuando me di cuenta de que no había sido capaz de ayudar a esa chica. En mi lugar, alguien acudió a la escena y no solo intervino, sino que también tuvo la suficiente osadía de hacerse cargo de un grupo de siete jóvenes adultos.
El lugar parecía un campo de batalla que había presenciado una guerra entre pandillas, y a mi alrededor solo habían quedado los heridos que debieron ser abandonados en una obligada retirada.
Nada pude saber acerca de aquella persona que actuó mientras me encontraba inconsciente. Y la chica que tenía todas las respuestas comenzó a alejarse de mí mientras el ruido de las sirenas se hacía cada vez más intenso.
Todo lo que llegué a percibir fue una palabra que leí en sus labios mientras volteaba, poco antes de perderse en la oscuridad.
¿«Gracias»?



Emmanuel Isaac

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Editado: 16.07.2018

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