CaÍn Vol.1

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NICO

Cuando la puerta se abrió de par en par, sentí un poderoso ardor en mi muslo derecho. Era la primera vez en la vida que me disparaban. A penas conseguía controlar mi respiración, sentía que me asfixiaba y que volvía la fuerte descarga de adrenalina que había experimentado hacía un momento. Alcé la vista y pude notar que frente a mí se encontraba ese hombre a quien todos llamaban «el Jefe». 
El cañón de su Beretta nueve milímetros se encontraba apuntando en mi dirección. Me estaba esperando. Ya decía yo que era demasiado fácil haber entrado en esa habitación. 
—Parece que tus padres no te enseñaron que no tenés que entrar sin permiso en la casa de alguien. —Su tono era muy condescendiente.
«El Jefe» aparentaba tener unos cuarenta años, sino era un poco más. Era un hombre alto, más o menos de mi estatura. Por su aspecto físico parecía que levantaba pesas o se entrenaba a diario.
Mi primer impulso fue llevarme la mano derecha al muslo. Esto no podía terminar así. Tenía que sacar fuerzas de donde no tuviera para levantarme antes de que se me hiciera imposible poder hacerlo. 
—¡Nico!—Escuché una voz desde un rincón de la habitación. 
Alcé la viste y ahí estaba. Mariela se encontraba tendida en un sofá, o futón, junto a ella estaba Natalia. Sus ropas se veían maltratadas, parecía que había llegado a tiempo para frenar lo que pudo haberse convertido en la principal razón para quemar este lugar con toda la gente que estuviera adentro.
«Ahora no importa lo que me pueda pasar, tengo que asegurarme de que ambas salgan de acá». 
Sentí una fuerte ira al presenciar esa escena, ya que tuve la sensación de que este tipo había querido aprovecharse de ambas. El tipo a quien conocían por Jefe se encontraba con el torso desnudo. De repente parecía que mis energías estaban volviendo. Estaba decido a arrancarle el corazón, claro, si fuera posible realizar tal acción. La razón ya no tenía lugar en mi cabeza, comenzaba a volverme puro instinto. Entraba en estado de shock. 
El Jefe, al verme tendido en el suelo, se acercó a Natalia, quien se encontraba tendida en el futón. La tomó del cabello y comenzó a arrastrarla hacia lo que parecía un viejo escritorio de metal. El tipo se desabrochó el cinturón del pantalón mientras jugaba recorriendo con caricias el cuerpo de Natalia con el cañón de su Beretta. 
Natalia solo pudo cerrar sus ojos y rezar, rogando que esto fuera solo una pesadilla de la que estaba a punto de despertarse. 
—Nico, ¡levantate!—La voz de Mariela me conectó de nuevo con la realidad. Se había alejado del futón y estaba junto a mí tratando de despegar mi cara del suelo—. Nico, sos el único que puede terminar con todo esto.
Yo, como de costumbre, me apoyé en ella una vez más para subirme de nuevo al potro, porque confiaba en que ella siempre estaría ahí, ayudándome a levantarme, y solo en ella confiaba para hacerlo. 
Poco a poco comencé a ponerme en pie, rodeando mi brazo en los hombros de Mariela. Por un momento, nuestros ojos se cruzaron y me perdí por completo en su profundidad. Fue entonces cuando volvimos a caer.Un segundo disparo del Jefe penetró el pecho de Mariela y el sustento que me devolvía la fortaleza perdía poco a poco el rubor en sus mejillas. Por impulso intenté presionar la herida, pero era inútil; la pérdida de sangre era la menor de las preocupaciones. 
—No, amor. No me hagas esto—le pedí mientras mi voz era ahogada por una especie de nudo y mis ojos se empezaban a humedecer.
—Sos un tierno. Hace mucho que no me decías «amor».—Ahora era inevitable, las lágrimas empapaban mis mejillas como hace mucho no lo hacían—. Ahora volvés a saber quién fui una vez, hace mucho.
—¡Quien sos, querrás decir, boba! No te lo voy a perdonar nunca si me volvés a dejar. Sos el amor de mi vida, ¿no lo entendiste todavía?
Las lágrimas cubrieron el rostro de Mariela y después de fruncir los labios conteniendo el llanto, me dedicó su mejor sonrisa. Esa noche la perdí y desde entonces mi vida no volvió a ser la misma.
Del otro lado de la habitación, Natalia se encontraba acorralada por el responsable de todo esto, por un animal esclavo de sus deseos que pensaba estar imponiendo las reglas del lobo, pero este lobo no era más que un cachorro frente a los ojos de la bestia que ahora se encontraba a sus espaldas.
De pronto, Natalia escuchó el crepitar de algo sólido que se resquebrajaba. Abrió sus ojos y pudo ver que el brazo derecho del Jefe se encontraba completamente destrozado. Detrás del él, alcanzó a reconocer una silueta que sostenía el brazo roto a la altura de la muñeca. 
—¡Nico!—gritó Natalia. 
La bestia aplicó una toma al Jefe, arrojándolo a varios metros del lugar en donde se encontraba. Estaba aturdido, y sin saber qué era lo que en verdad estaba ocurriendo, comenzó a arrastrarse por el suelo mientras frente a él el verdugo comenzaba a acercarse con lentitud. A simple vista parecía un hombre fuerte, pero su brazo derecho se rompió con solo presionarlo un poco.Creí que pesaba al menos unos noventa kilogramos, pero lo levanté por encima de mi cabeza como si fuera un muñeco de plástico e hice que se estrellara contra el suelo.Parecía desorientado, en su rostro percibí miedo, confusión, y se movía muy lento, tan lento cual si ante mis ojos la realidad se moviera en cámara lenta, y no me tomara demasiado tiempo y esfuerzo el lanzarme encima de él. 
Mis puños colisionaron en su rostro una y otra vez hasta que mis manos volvieron a teñirse de ese tinte carmesí que tanto las destacaban... pero quería más.
Comencé a golpear su pecho y pude escuchar el crepitar de sus costillas, una tras otra, y cómo cedían con facilidad a mis manos, cual si fueran las ramas de un árbol que se han secado con el pasar del tiempo.
«Quiero su corazón».
—Basta. Vas a matarlo.—Pude escuchar que alguien me hablaba a mis espaldas tratando de detenerme.
Se escuchó otro crepitar, parecía que habían arrancado una rama de un árbol. Pero no lo era. 
Mis manos se habían convertido en cuchillos que de a poco atravesaban la piel del Jefe y comenzaban a arrancar, una por una, sus costillas.
—No...Nico, ¡basta! Te lo suplico. —Natalia comenzó a llorar desconsolada, tal pareciera, su amigo había desaparecido. Enfrente solo tenía a un animal salvaje intentando comer a su presa.
Ya era inevitable. Me encontraba cegado por el dolor y el odio, y un deseo de venganza que me intoxicaba hasta la médula. 
Me detuve unos segundos para disfrutar un poco más los últimos latidos del corazón que tenía frente a mí.
—Los tiempos están desquiciados...
—¡No, por favor!
—¡Maldita suerte! Haber tenido que nacer yo para cambiarlos.
—¡NICO!
Natalia pudo reconocer la cita, era una cita que su amigo repetía, una y otra vez,cuando juntaba una botella de gaseosa que habían tirado en la vía pública o cada vez que veía a alguien a quien se le había parado el auto en medio de una avenida y salía corriendo a ayudarlo. 
Conociendo la forma de ser de su amigo, Natalia sabía que alguien estaba robando la cita que tanto amaba usar cuando realizaba una buena acción. Ella estaba segura de no estar equivocada, alguien había robado la identidad de Nico, pero el desconcierto llegó cuando pudo divisar algo que caía por su mejilla. Estaba llorando.
La bestia frente a ella introdujo su mano en el tórax ya completamente abierto del Jefe, y, cual guerrero que reclamaba la victoria después de una batalla, extrajo el corazón de su oponente. El conquistador por fin había ganado la guerra y estaba reclamando la corona del vencido. Se quedó observando el corazón por unos segundos para después terminar por arrojarlo por una ventana. 
Después caminó en dirección hacia donde se encontraba el cuerpo de Mariela, cuando Natalia se paró frente a él obstaculizando el paso.
—¿Por qué tuviste que hacerlo?—Yo seguía en silencio—. Caín, así te llamás, ¿no? Decime, por favor, ¿porqué? Nico no es así, el jamás haría algo como esto.
—¿Quién dijo que era Caín?—Natalia se quedó muda ante la respuesta que acababa de recibir—. Todo el tiempo fui yo.—Nuestras miradas se cruzaron y en sus ojos pude notar que había creído lo que acababa de decirle.
Caín se había ido hacía mucho tiempo, y cuando lo hizo, todos los recuerdos que contenía regresaron, volviendo a inyectar mis venas con ira y sufrimiento. Pero el verdadero causante de la reacción en cadena fue el miedo, porque el sentir miedo por tipos como el Jefe me volvieron algo peor que él, y el miedo por perder a Mariela la alejó para siempre de mi lado. Pero lo que más escalofríos me provocó fue el miedo que sentí por este mundo que nunca tuvo intenciones de cambiar y, por lo tanto, no tenía más remedio que cambiarlo con mis propias manos. 



Emmanuel Isaac

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Editado: 16.07.2018

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