Caitlin & Paige

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1. Primer horrible día.

Cada parte de mi cuerpo chorrea H²0 que sale de mis poros como cascadas en un día de tormenta.

¿Una extraña frase para empezar una novela, no? Aunque no puedo evitarlo, estoy tan nerviosa que hasta mis pestañas sudan.

Mis padres creen que me vendrá bien un cambio de aires, para que pueda relajarme. Ellos creen saberlo todo sobre sus hijos pero a la vez no saben nada. Como cuando pides un libro por Navidad y ellos te regalan ropa. Yo no necesito ropa, si por mí fuera solo tendría dos conjuntos en el armario, si con eso consiguiese más libros en mi estantería. Estaba bien en mi anterior instituto, donde la gente no se percataba de mi presencia y yo vivía sin preocupaciones, pero ahora sería el centro de atención hasta que mis nuevos compañeros se acostumbraran a mí casi inaudita presencia.

Estoy en la entrada de mi nuevo infierno, que algún estúpido llamo "instituto", camuflando su verdadero interior con películas como High School Musical, pero al entrar ningún Zac Efron me va a cantar y bailar, junto al equipo de baloncesto. Todo son mentiras, como que la época de la adolescencia es la mejor época de toda nuestra vida, solo eso pasará si eres lo suficientemente listo para aprobar todas las materias y no agobiarte con ningún examen, ser lo bastante popular para que la gente te respete, tener amigos y no tener a ninguna persona que te agobie tu miserable existencia. Pero todo eso tiene que ir en un mismo pack, si no seras un nerd, un popular que al final no llegue a nada en su vida o una "nada" sin amigos y sin vida social. Yo voy lanzada de cabeza al equipo "nada".

Si tendría que elegir alguna película que describiera perfectamente el instituto sería Jack el Destripador, porque me destripa todas las ganas de seguir viviendo.

Mientras espero a los antes mencionados padres, me fijo en la extraña entrada del Instituto Dartford. Dos grandes puertas de cristal, abiertas de par en par, con las esquinas color azul eléctrico. A los lados varias cristaleras opacas que no me dejan ver en su interior, en cada cristalera hay una letra azul, que entre todas forman la palabra Dartford. Seguramente pusieron eso ya que a dos calles está el hospital y seguramente los pacientes se equivocaban, iban al instituto pensando que era el hospital, se matriculaban en clases de anatomía pero los pobres solo querían que les quitaran un riñón para así poder comprarse merchandising —una triste historia—. Ya que no le veo ningún otro sentido a poner esas letras tan feas a la vista de todos.

Alguien detrás de mí apoya su mano en mi hombro y giro la cabeza para mirarlo, mi madre mira el instituto con una sonrisa en la cara: —¿No es bonito, Caitlin?

—Si estuviéramos en los años setenta, si —me cruzo de brazos y de la boca de mi madre sale una carcajada —¿Qué es lo que da tanta gracia? ¿Qué tenga que ir durante cuatro años a una cárcel con decoración setentera? Oh, mi sueño hecho realidad, madre —digo con falsa alegría y apoyando una de mis manos en mi pecho.

—No seas maleducada, es bonita y harás muchos amigos.

—Cambiarme de instituto no hará que de repente la gente se interese en mi y que mis calificaciones aumenten.

—Con esa actitud y ese vestido, claro que no —dice mientras me mira de reojo y se cruza de brazos.

—¡Eh! El vestido es bonito —miro mi vestido blanco con dibujos de cerezas.

—Cariño, estas en tercero, tienes catorce años ¿No quieres que te compre ropa nueva? —niego con la cabeza y entro en el edificio para que me de la sombra.

Me restriego las manos por el vestido para quitarme el sudor. Haber estado tres horas metida en un coche sin aire acondicionado, que fueran las ocho de la mañana y pareciera que hiciese más de cuarenta grados, no ayudaba a que dejase de sudar. Aveces me preguntaba como el maquillaje de mi madre seguía intacto en su cara y no se derretía como un muñeco de nieve. ¿Se echa barniz en la cara?

Después de que mi padre encontrara aparcamiento, se unió a mi madre y a mí, y nos adentramos al pasillo. Había algún que otro alumno que llegaba tarde y nos miraba de reojo. El primer día viniendo con mis padres, eso me quita muchas posibilidades de ser popular, de un 0 baja a un -10. Después de hablar con el orientador y mi tutor, mis padres empezaron a despedirse de mí.

—Haz caso a los profesores, estudia mucho, no llegues tarde a casa y nada de chicos —dice mi madre peinándome las cejas.

—Si, mamá —le golpeo las manos para que deje de toquetearme.

—No queremos tener nietos por ahora —dice mi padre dándome un beso en la frente.

—Si, papá.

Después de que me abrazaran y atosigaran pude librarme de ellos, y me dirigí a mi primera clase. No había ni empezado las clases y ya echaba de menos las vacaciones. Aunque estas vacaciones las había pasado entre cajas y cinta adhesiva, por la mudanza.

Paro delante de la puerta de mi clase y dudo en echar a correr y no parar nunca. Pero me armo de valor, pongo mi mano en el pomo y con la otra mano toco tres veces la puerta.

—Pasa —oigo que alguien dice al otro lado de la puerta y con cuidado la abro. Me encuentro con cuarenta ojos mirándome solo a mí ¿Porqué no eché antes a correr? Con paso lento entro en la clase y cierro la puerta—. ¿Tú debes ser la señorita Caitlin Mills, no? —asiento con la cabeza y me quedo estática sin saber lo que hacer—. Siéntate.



Hazel Enrique

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En el texto hay: adolecentes, lgtb, lesbianas

Editado: 22.06.2018

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