Cambio de Vida

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Encuentro

El sueño se extendió por largas horas. El reparador reposo pronto llegó a su fin justo cuando el constante tocar del timbre de su puerta la esperaba con otra de las mejores sorpresas…

 

¿Claudio?

El silencio fue la primera reacción que tuvo al verlo. Había quedado estupefacta. Quiso creer que se trataba de una alucinación y que realmente no había nada ahí, exactamente frente a su puerta. No obstante, terminó desechando la estúpida idea y, ante el saludo del chico, lo invitó a pasar adelante.

Beatrice aún tenía las pegajosas huellas de las lágrimas sobre sus mejillas. Un rápido vistazo al espejo la llenó de vergüenza y de pena, por lo que corrió al baño para lavarse la cara. Luego, al volver, la sorpresa volvió a aparecer convenciéndola de que “Él” estaba ahí; en la sala de su casa.

¿Por qué? ¿Por qué había viajado tantos kilómetros para visitarla? ¿Para qué?

Las respuestas eran más que obvias. Empero, las circunstancias por las que recién había llorado la hacían imaginar que de nada serviría todo lo que vivieran juntos; al final todo acabaría de forma dolorosa, y la fría soledad volvería a acompañarla, como siempre.

Probablemente, ni siquiera podrían imaginar un futuro, pues tal cosa no existiría cuando conociera su realidad. Horas atrás había pensado en decirle la verdad al amor de su vida, aunque lo perdiera por el resto de la eternidad. Ahora que su visita inesperada había llegado, la oportunidad de hablar y dejar claro de una vez por todas lo que su cuerpo albergaba, era excelente.

No quería prolongarlo más, pues el daño sería mucho más catastrófico. Por más enamorada que estuviera de él, por más “cosas” que había sentido sin haber tenido ninguna clase de contacto; él debía saber la verdad y abandonarla en su sufrimiento como consecuencia de ésta. No más ilusiones. No más mentiras. No más engaños.

¿Cómo había sido posible creer que sería la chica de un tipo como él? La sola idea era absurda. Ella estaba condenada a vivir atada a la soledad, a amarla y respetarla hasta que la muerte la llevase. El amor para ella era únicamente un pasatiempo. El verdadero, era la tierna imagen de su boda consigo misma. Nadie más que ella.

Claudio se marcharía por la misma puerta por la que entró apenas supiera toda la verdad. Las lágrimas la inundarían de nuevo y volvería a su cama resignada a la depresión que la envolvía. Ese era su triste destino, y era mejor apresurarlo para no extender demasiado el calvario.

Mientras tanto, Claudio permanecía inmóvil, admirando la decoración y los objetos que daban vida a las paredes. A lo lejos, un diploma de secundaria estaba colgado con una foto de la época. La curiosidad lo mordió y estuvo a punto de levantarse para ver de cerca la imagen, cuando la presencia de Beatrice lo tomó por sorpresa. Acto seguido, trató de disimular lo más que pudo…

- ¿Cómo estás? – Preguntó ella amablemente – No esperaba verte tan pronto.

Una rápida inspección y pudo notar algo extraño en su semblante. Antes la había visto de todas las formas posibles, pero nunca así. Y a pesar de que le seguía pareciendo la mujer más hermosa sobre la faz de la Tierra, era inevitable preocuparse por sus aparentes malestares.

La pregunta estuvo en la punta de su lengua, pero prefirió ahogarla y decir otra cosa.

- Quería verte – Respondió finalmente – No podía pasar un minuto más sin verte – dijo en sus pensamientos, pues lo omitió.

- ¿Me extrañabas tanto como para venir a visitarme?

Sonrió.

- La respuesta es obvia – dijo.

- ¿Por qué? … ¿Por qué me extrañabas tanto?

Y Claudio quedó en shock. Preguntas como esas – por alguna razón – ocasionan vergüenza para quien las recibe, como si fuera un crimen confesar los sentimientos hacia una persona. Los nervios se alteraban enloquecidamente, pero a su vez, el miedo incrementaba su poder hasta volverse en un temible monstruo. Beatrice imaginaba que “intimidándolo” de esa forma, su interés en ella disminuiría hasta verse obligado a abandonarla. En pocas palabras, venía preparando la bomba que asesinaría los sentimientos y las emociones que tenían en común. Según ella, tal cosa era lo mejor. Sin embargo, la otra parte de su ser quería escuchar la respuesta de su propia voz. Estaba enamorada. Negarlo era inútil. Sus oídos querían escuchar las palabras de su boca para revivir la fe en lo que sentía y que tanto daño le había hecho desde siempre. A pesar de todo, una parte mínima de su corazón aún quería intentarlo.



Marco Aurelio

Edited: 13.01.2019

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