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Reflejo

La veo enfrente mío como si viera el reflejo de un espejo, y a la vez la luz en sus ojos refleja la que hay en los míos, aquella que solo aparece en su presencia cuando puedo ver su cuerpo entero eclipsando con su belleza a cualquier maravilla que pudiese venir en mente.

Ya me puedo imaginar a su lado en un abrazo eterno que, si no fuera por el tiempo, podríamos permanecer estáticos mientras montañas y naciones se derrumban a nuestro alrededor. Pienso en el sabor de sus labios, que me traslada a un viejo campo donde en noches estrelladas nos tumbábamos en una manta sobre el suelo y percibíamos el alma del otro a través del roce de nuestras bocas. Su cabello largo, me lleva a los mismos pastizales que, en días de verano, el viento me llevaba el aroma floral de su pelo; su castaña melena cayendo en cascada por su espalda se asemeja a aquel rio donde deambulábamos y nos dejábamos llevar por la corriente hasta que desembocaba en una pequeña laguna, y allí en su orilla nos volvíamos a tumbar risueños y agotados y tan solo compartíamos una mirada que, al igual que aquel abrazo, hubiera podido durar eras.

No puedo evitar recordar su piel morena brillando en un halo dorado al amanecer, aquella vez que nos amamos por vez primera. Habíamos pasado la noche entera conociéndonos, primero el alma y luego en cuerpo hasta que llego el sol en plena cúspide, como anunciando la llegada de algo nuevo, resplandeciente emisario de un nuevo amor. Así, los días que siguieron nos abrazábamos a la luna y en la salida de los primeros rayos nos entregábamos al sol, y él nos devolvía el reflejo de nuestro amor hecho luz resplandeciente.

Y ni hablar de la sonrisa extensa que se dibujó en su semblante o en el brillo de sus ojos, ni siquiera mencionar la opresión de mi pecho, el constante agite de los tambores en mi corazón cuando arrodillado y débil por los nervios, casi como desnudo o expuesto, saque el anillo de entre mis ropas y en débiles estrofas recite la pregunta que tanto tiempo contuve en mi garganta pero cuya respuesta temía. Si tan solo en ese momento yo hubiera sabido que ella esperaba mi propuesta, que pasaba noches enteras desvelada, en total vigilia, ansiosa esperando aquel momento. Tal vez de saberlo no me habría sentido tan expuesto, aunque seguramente tampoco el alivio y la alegría exagerada hubieran estado presentes al momento que ella habría su boca, dando paso a un aliento expectante, a milisegundos que quemaban por dentro hasta que se escuchó aquel si tan esperado, y entre lágrimas y risas nos fundíamos dentro de un abrazo tan familiar, como aquel del rio, del lago y de las noches sin luna.

Casi puedo imaginarla vestida de blanco caminando al altar. Y luego, frente mío y a las palabras del juez, descubrir el velo para sellar el pacto con el calor de los labios. Que decir de la noche que seguirá, juntos nuevamente celebrando en carne la unión de las almas. Y luego los días, meses, años que seguirán cuando todas las mañanas me despierte a su lado.

Una lágrima solitaria se desliza por mis ojos y cae en su rostro que se quiebra en mil pedazos. Y cuando el espejo se forma de vuelta, la superficie cristalina del agua me devuelve mi reflejo: el rostro de un hombre destruido con los ojos desencajados que, parado a orillas de un lago, evoca memorias de una vida pasada.

Pensar que ella ya no está conmigo, que el sol que antes nos miraba, hoy se la ha llevado para contemplarla más de cerca. Y yo, aquí he quedado sin su compañía, sin vida, sin ríos ni lagos ni noche sin luna; tan solo sus ojos grabados en los míos y su rostro que se refleja en el lago. Y su recuerdo me pone triste.

 

 



Franco L Fernández

Editado: 04.05.2019

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