Cambios

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Viaje

Cierro los ojos y emprendo mi viaje.

Me veo a mi mismo en alguna especie de bosque, con árboles cuyos troncos se extienden hasta donde la vista no alcanza y cuyas copas se entrelazan formando una capa de follaje que no deja pasar la luz del sol. El mismo bosque se extiende hacia el horizonte y parece no tener final, pero yo sé que más allá hay algo y ese algo es lo que debo encontrar.

El terreno ya me es familiar, las ramas que sobresalen de los árboles, las piedras que estropean el camino y más allá las espinas que rasgan la piel. Es parecido a un juego de video, y el bosque aquel nivel que no puedo pasar, siempre llego a donde están las espinas, pero el dolor es tanto que no puedo soportarlo y todo magullado me rindo.

Como todos los días, hoy, me siento optimista y pienso que será distinto por tanto emprendo el paso a través del bosque. El primer trecho es sencillo, el terreno está básicamente limpio y el paso es liviano pero a medida que avanzo mis pies se fatigan y las piedras y raíces no tardan en hacerse ver. En mis constantes recorridos he logrado reconocer varios de los obstáculos y los esquivo con facilidad, aun así hay otros de los que aún no llego a tener cuenta y me dificultan la travesía. Voy dando tumbos y con las piernas doloridas llego a las espinas.

Los árboles son tal cual la primera parte, inmensos pilares de madera que bloquean el camino, solo que en este tramo se encuentran aún más juntos apenas dejando un hueco entre ellos por el que pudiera pasar tan solo un hombre, las raíces que antes brotaban de la tierra aisladas ahora se entrelazan como en un abrazo siniestro haciendo que sea incapaz caminar sin tener que saltar o agacharse. Pero lo más son las finas ramas que, cual enredaderas, bajan por el tronco de los árboles y de cuya corteza emergen puntiagudas espinas de un color verde venenoso.

 El dolor es fuerte al momento que toco con mi cuerpo la primer espina, siento como el veneno sube por mis venas paralizando mis sentidos, primero la audición, luego la vista y finalmente el tacto. Tan solo queda el dolor, que ya no está afuera en las espinas sino dentro de mi propio cuerpo, quemándome por dentro, forzándome a retroceder. Aun así sigo caminando pese a todo, hasta que finalmente rendido me desplomo en el suelo.

Pasan horas, tal vez días, hasta que por fin puedo sentir que estoy tumbado sobre algo frio y furo, que estoy seguro que es el suelo. Pasado un tiempo más puedo escuchar un murmullo parecido a voces y por último el oscuro en mis ojos empieza a desvanecerse, primero mostrándome una imagen en escala de grises hasta que los colores aparecen revelándome un claro obscuro en los límites del bosque.

Observo mi cuerpo, y veo que no tengo las heridas que produjeron las espinas y además noto que me siento mucho más renovado como si el tiempo que estuve tendido en el suelo hubieran sido, en efecto, días y días de descanso. Camino ligeramente por el terreno y veo que a unos metros más allá se encuentra un grupo de personas reunidas en círculo alrededor de algo.

A paso cauteloso me acerco al grupo, y mientras más me acerco noto que no son seres humanos  sino más bien criaturas extrañas, de carácter antropomórfico, como sacadas de algún libro de fantasía como aquellos de Tolkien o Lewis. Y en el centro del pequeño sequito, como protegiendo el objeto de expectación se encuentran tres seres de lo más curiosos.

Uno de ellos es un gigante, cuyas piernas se extienden tanto como los troncos de los árboles del bosque, tanto que ni siquiera su torso ni su rostro pueden verse de manera clara en el firmamento; la otra es una mujer alta de rasgos finos, de piel blanco perlado como la luna y vestimentas igual de blancas, que al igual que su piel se encuentran rodeadas por un extraño halo de luz dorada. Por ultimo está el ser oscuro, del cual no se puede distinguir si es bestia o persona, rodeado totalmente por una especie de humo negro y del cual lo único que puede distinguirse son los ojos rojos teñidos en sangre.

Los tres están inmersos en una fuerte discusión y, como aún no han notado mi presencia, aprovecho para acercarme a hurtadillas a un lugar donde puedo escuchar con más claridad. El primero en hablar es el gigante y su voz retumba en el bosque e incluso más allá.

-Esto es culpa de aquellos otros, cobardes que nos han atacado por la espalda- su voz suena descontrolada, como si no pudiera aguantar la furia y estuviera a punto de estallar-Esto también fue culpa de ustedes, por no estar a su lado, yo fui el único a su lado, pero aun solo conmigo no basto. Si no fuera por la incompetencia de unos y la malicia de otros, el no habría muerto.

Los gritos de protesta se hacen escuchar rápidamente, y el gigante responde también a gritos que buscan reprimir, hasta que un murmullo se hace escuchar, una voz siseante que apenas puede percibirse, y sin embargo es aún más aterradora que los bramidos del gigante.

-¡Silencio!-el ser oscuro habla-ni un ser tan grandioso como este pudo hacer algo, uno quien se jacta siempre de su fuerza y habilidad, y si ni con eso aún pudo protegerlo entonces ni su fuerza, ni su habilidad son como dice ser. Por lo tanto, creo que no hay otro ser más incompetente que el mismo.



Franco L Fernández

Editado: 04.05.2019

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