Caminos Cruzados

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Capítulo 1. - Un nuevo comienzo

 

—No me puedo creer todavía que Adira haya conseguido pareja para el baile —comenté entre risas aún medio provocadas por la exaltación de haber pasado la graduación. Ahora comenzaba una nueva etapa, sin embargo aquella noche pertenecía todavía a mi yo de instituto y no podía dejar pasar la oportunidad de comentar el gran hecho histórico de que, Adira, mi mejor amiga desde que hace tres años se mudara desde Nador, la chica que no dudaba en hacerle una llave de taekwondo al chico que osara tan solo mirarla, había conseguido, sin necesidad de atar ni drogar –todo sea dicho- una pareja para el baile de graduación e incluso se habían divertido juntos.

—Abróchate el cinturón, anda —ordenó Demian, mi otro mejor amigo. Aunque a diferencia de Adira, a él lo conocía desde siempre. Tan solo me llevaba tres meses, aunque a veces parecía que me sacara tres siglos. Era como mi conciencia, esa voz que nos guía hacía lo correcto frente a esa otra que nos guía hacía el descontrol.

—Mandón, aguafiestas —le saqué la lengua en una mueca graciosa sin poder evitar desternillarme de risa por algo que tan solo mi cerebro, bajo la experiencia de haber probado el alcohol por primera vez en mi vida, entendía.

Demian volteó la cabeza hacía mí, mirándome con una ceja alzada y fingiendo una seriedad que, intuía, estaba a punto de romperse contagiado por mi risa. —¿Estás borracha?

—No... sí.... puede... no sé... —empecé a delirar, mi lengua trabándose a cada palabra que intentaba pronunciar, todavía sin poder parar de reír. En serio, ni yo misma entendía el chiste y tampoco había bebido tanto como para no saber qué o el por qué lo hacía, pero ¿no os ha pasado que de pronto estáis tan felices que os entra la risa floja y no podéis parar de reír? Pues así es como me sentía.

No solo había conseguido graduarme junto a mis dos mejores amigos del instituto, sino que, a Demian, la persona quizá más importante en mi vida y quién mejor me conocía tal y como si fuéramos gemelos, me lo llevaba conmigo a la universidad de Columbia. Él no me acompañaría durante mi carrera de Artes y Humanidades, pues siempre había querido ser arquitecto, pero no me abandonaría como mi pareja de baile y si todo sucedía como esperábamos este año pasaríamos de los nacionales.

De pronto una luz blanca me cegó por completo, aparté mi mirada y sentí el silencio que siguió al impacto antes de que todo se volviera negro....

—Lynn despierta, hemos llegado... –Abro mis ojos todavía con mi respiración agitada y sintiendo como gotas de sudor se adhieren a mi frente pegando mi pelo a esta y, lo primero que veo, es el rostro preocupado de mi madre. Tan solo era el recuerdo más tormentoso de mi mente, volviendo una y otra vez a mí, pareciendo tan real como aquel día tanto que, después incluso de abrir de nuevo los ojos al mundo real todavía tenía que dejar pasar unos instantes para recuperarme —...de nuevo la misma pesadilla, ¿verdad? —No lo pregunta si no que lo afirma y ya sé lo que viene a continuación. No cree que esté preparada para dar este paso, no todavía al menos. Preferiría que me quedara en Waterville y siguiera con las sesiones del doctor Stevens, cosa que ya aclaro odio. Ya no me queda nada por contarle, cada sesión se ha convertido en un bucle infinito donde revivo una y otra vez el accidente y lo que sentí cuando, seis meses después desperté para comprobar que había perdido a mí mejor amigo y que mis sueños, aquellos por los que había luchado durante años, se habían ido al traste, por lo que, desde principio de verano había decidido ya no tomar las pastillas que me recetaba y que para lo único que parecían servir era para ayudarme a no pensar.

Quiero pensar, quiero recordar, aunque duela, porque una cosa sí que es cierta, duele como el infierno, pero que me pase otro año en casa asistiendo a terapia y cerrando mi mente a lo que pasó, no va a hacer que él vuelva. Por eso tengo que hacerlo, tengo que estar aquí y cumplir parte de nuestro sueño. No he vuelto a bailar y Columbia quedó en el olvido, pero todavía queda la experiencia de ir a la universidad, de vivir nuevas aventuras por mí cuenta, de empezar a hacer todas las cosas que decíamos que haríamos. Por él. Por mí. Por los dos.

Niego y miro a mi madre con la misma firmeza con la que sujeto el asa de mi maleta, explicándole tan solo con mi mirada que voy a hacerlo, que puede que me precipite, que me equivoque, pero eso solo lo averiguaré intentándolo....

 



Eris Herondale

Editado: 29.11.2019

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