Cánticos al más allá

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Capítulo 35: Hermana muerte

Ven hermana muerte

Y sácame de aquí

Yo sé lo que tú sabes

Ya no hay necesidad de hablar

Y cuando estás cansado

Y cuando estás enfermo del corazón.

Y cuando estés solo

Ella va a vivir ahí

“Sister death –Jazz Butcher”

 

 

 

Hago todo lo que me indica Maggie, golpeo la madera hasta que mis nudillos sangran y esta se rompe en pedazos. La tierra cae en abundancia por los agujeros que acabo de ocasionar y mi cuerpo se sacude invadido por el pánico de morir de asfixia. No tardo un segundo más y me pongo de pie.

En efecto, estoy en un cementerio, uno desconocido. Camino con la visión borrosa por la tierra, buscando el nombre de Joanne Mason, entre los grandes mausoleos. La tierra bajo mis pies está húmeda, combinada con la brisa helada del lugar hace que mis huesos se alegren con el hallazgo del pequeño refugio.

El mausoleo es un lugar pequeño, rodeado de ventanales de colores por lo que la falta de claridad no es un defecto. Las paredes talladas de piedra grisácea le dan un aspecto de cueva secreta, las toco notando un relieve en forma de letras torcidas. Sugieren un mensaje que por más que intento descifrar no lo consigo. No desisto y continúo intentado, las formas de las letras son confusas, como si hubieran sido repasadas más de una vez para hacer más complicada su lectura. Noto además que algunas están vueltas de cabeza. Luego de un instante lo consigo, el mensaje que desde niña ha rondado mis sueños, que me ha torturado en mis pesadillas.

“Tardaste mucho en alcanzarme”.

Las mismas palabras que Maggie me dijo el día en que la perdí. Retrocedo como si alguien me hubiera dado una puñalada en el pecho, a diferencia de que la vez en la que realmente sucedió el dolor físico era más soportable que el mental.

Mi espalda golpea un objeto y me giro rápidamente para hallar lo que podría hacer sido el lugar de descanso de un vampiro, a excepción que no lo es y el contenido es algo que me aterra aún más. 

“El momento llegó”, susurra una voz que parece provenir del más allá.  Una voz que en lugar de darme fuerza me hace flaquear.

Niego compulsivamente a punto de salir corriendo, pero la voz llega de nuevo, esta vez en una súplica. “Por favor, te lo suplico, libérame”.

Doy un paso hacia atrás y pego un pequeño brinco ante el dolor punzante que siento en uno de mis pies. Me agacho para encontrar un cuchillo vestido con rojo sangre. No me atormento pensando en respuestas para las decenas de preguntas que se acumulan en mi mente y me concentro en lo único que importa ahora. Yo debo asesinar a mi hermana. Debo hacerlo si es que deseo salvarla por fin, y no me creo capaz de cumplir con dicha misión.

La luz de la luna ilumina el ataúd de cristal. Así que, reúno lo último de valor que me queda y veo su contenido.

Mi cuerpo no soporta la impresión y caigo sobre mis rodillas sollozando. Suplicando que la pesadilla se termine, que amanezca un nuevo día en la casa de mis padres, donde pese a las riñas diarias vivía con la ilusión de convertirme en una estrella y escapar de aquel pequeño pueblo. Despertar quizás en los brazos de Mac, quien me traicionaría después, cuando aún podía darme el lujo de vestir de gala y fingir que era otra persona. Lo que sea, con tal de no vivir más en esta realidad. Sin embargo, estaba atrapada, atrapada frente al cuerpo desmembrado de mi hermana pequeña.

De mis labios escapan gritos desesperados, suplicas que nunca serían escuchadas.

“Terrie Chicago…”, canturrea la voz alegre de mi hermana a un costado. Volteo y la encuentro de pie a mi lado, con un brillo angelical brotando de ella. Aquel no era el cuerpo martirizado que había presenciado hace un breve instante.

—Siempre fuiste la mejor hermana mayor. Inventando canciones para mí, jugando los juegos que quería incluso cuando ya no tenías edad para jugar, sacrificando tus horas frente a las partituras para hacerme dormir luego de una pesadilla. Nunca te juzgues por los errores que cometiste, hermana mía. Porque los sacrificios que hiciste por mi valen mucho más.

—¿Por qué me dices eso ahora? —Le pregunto a quién, ahora sé, es solo su espíritu.

—Porque es hora de que hagas el más grande de los sacrificios.

Mira hacia el ataúd. No quiero hacerlo, no quiero volver la mirada hacia allí, lo que vi es tan horroroso que no soy capaz si quiera de rememorarlo, ¿Cómo se supone que consiga el valor para alzarme y colocarme frente a su cuerpo de nuevo?

—No puedo —le digo presionando los dientes—. Por favor, pídeselo a alguien más.

Maggie ladea la cabeza y me sonríe con dulzura.

—Aún no lo comprendes, Terrie. Eres la única que puede verme, tú eres el único portal que tengo con la realidad, pasado o presente, solo tú puedes llevarme hacia la libertad. Así lo quise desde un principio…



Danae C.P.

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En el texto hay: musica, misterios y secretos, paranormal

Editado: 19.06.2019

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