Cartas de colores

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37. Hijo de la Altivez

Que no entiendes mis palabras

Sin embargo, no te he de juzgar

Pues yo no entiendo

Tu misma existencia de severidad.

 

Los seres místicos se alejan

Al ver tu fortaleza,

Cosa rara que es parte

De tu naturaleza,

Y a pesar de eso es inentendible,

Al mismo tiempo,

Tu naturaleza tan apacible.

 

Adictiva parece tu presencia

A la vez que me repelen tus actos y recuerdos

Carnales y terrenales,

Pues el salvajismo implícito en tu aura,

Solo logran confundir

La misma existencia de la naturaleza.

 

Hijo de la luna

Que no entiendes mis palabras

Llamas sin saber

La verdad de tu corazón

Que irrefrenable corre

Al ocaso del sol.

 

Mil canciones suenan

Ante tu “persona” o espíritu danzarín.

Pero prefiero las flautas que me encadenan

Con los tambores de Odín,

Guiando mis movimientos de cadera

Que inconscientemente a su son resuenan.

 

Inevitablemente estos me recuerdan

Al misticismo árabe,

Un sentimiento lleno de sensualidad y pasión

Que me hace sonrojar

Ante su mera mención.

 

Rindiéndome, por fin

Ante tu sonrisa tan ruin,

que involuntariamente e

Imprudentemente,

Despiertan el aura en mí

Que la guerra contra ti me lleva a dirigir.

¿Quién será el que a los pies del otro caiga?

Rindiéndose ante el verdadero salvajismo

Del hijo del misticismo

capaz de derrotar al insufrible

sonambulismo.

 

Entonces y así

¿El ritmo quieres intentar seguir?

Pues solo dilo para empezar con la travesía

Que conlleva descubrir al sultán

Del imperio o, mejor dicho,

Sueño etéreo.



Athenea

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Editado: 17.12.2018

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