Casado Con Una Mafiosa © [#1 Mortem]

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Capítulo 15.

DREY.

Observo el menudo cuerpo de Dakota pasearse por toda mi habitación. Su andar inquieto está empezando a ponerme nervioso pero decido no ser yo quien rompa este tenso silencio. Todavía no consigo del todo recuperar el control de mis emociones, algo que me molesta en sobremanera. No entiendo cómo es que cada vez que entre ambos hay un cierto tipo de contacto físico, una cierta provocación, perdemos el control. Nunca he sido muy dado a las discusiones, muchos menos a desafiar a nadie, pero en cuanto ella me mira con esos escalofriantes ojos negros, con ese brillo burlón...¡Demonios! Es como si tocara una parte desconocida de mi. Lo que vendría siendo; es que me estoy volviendo loco. Eso es lo que pasa.

Joder.

Meneo mi cabeza, tratando de despegar mis pensamientos. Busco con la mirada a la única culpable del desastre de mi mente, y no puedo evitar fruncir el ceño al ver su expresión. Normalmente Dakota es una mujer inexpresiva, dejando de lado los momentos de su irónico y sarcástico humor negro, rara vez deja ver un atisbo de emoción. Por eso verla comportarse de manera tan nerviosa e inquieta es todo un descubrimiento. Y no exagero. Desde que pasó lo que pasó no ha dejado de caminar por toda mi habitación, siempre con un cigarrillo en mano. Se ha fumado cerca tres cigarrillos en una hora.

—Maldita sea...—maldice en voz baja y suelta una larga exhalación de humo.

El olor a tabaco, junto con ése peculiar aroma dulce de ella, llena cada rincón de mi habitación. Levanto una de mis cejas interrogante, al verla tomar rápidas caladas para luego dejar la colilla en un cenicero que encontró en un mueble de la habitación; que personalmente no tenía idea que había. Aunque bueno, esta es su casa, ella sabrá de memoria lo que contiene cada rincón de esta sombría mansión.

Ladeo el rostro. Intrigado la observo llevarse ambas manos a la cintura y levantar el rostro con los ojos cerrados; de su boca sale una gran exhalación de humo. Abre los ojos de nuevo y se queda viendo el techo por unos segundos, en completo silencio.
Bueno, no tengo que ser un completo genio para saber que hablar de su padre—uno por lo que pude observar siente un gran odio—es difícil. Desde que su propio padre le robó aquella tremenda cantidad de dinero y lo sucedido con el ruso, mi curiosidad hacia él aumenta cada vez más.

¿Por qué Dakota lo odia tanto? ¿No se supone que por ser de la mafia ambos, deberían de llevarse bien? Esas y preguntas muy parecidas rondan mi mente.

—¿Sabes lo que significa ser hija de un mafioso?

Aquella voz aterciopelada, que se escucha tan tensa y carente de emoción me saca de mis pensamientos. Rapidamente pongo mi mirada en ella pero sigue mirando el techo de mi habitación.

—Viajar constantemente, vivir siempre con la idea o el pensamiento de que la policía o alguna mafia enemiga invada tu casa y se lleve—o mate—a tu familia, incluyendote.—dice con el ése extraño tono, tan controlado, tan neutral, tan indiferente. —Ser hija de un mafioso...no. Ser hija de Demetrio Anderson es la peor vida que te puedes imaginar.

Al fin aquellos ojos negros se clavan en los míos, un escalofrío me recorre el cuerpo entero al ver aquella expresión sombría en su bello rostro. Una sonrisa sin gracia alguna se forma en sus labios.

Ser una Anderson es como ser hija del mismísimo diablo.—dice con una frialdad, con un odio, en sus palabras que me dejan bastante sorprendido. —Ni siquiera el diablo sería tan hijo de puta.

Ríe y lleva ambas manos a su rostro, peinando con cierta frustración su cabello negro hacia atrás. Gira y fija nuevamente su mirada en mi persona.

—Demetrio siempre será un maldito bastardo egoísta.—esconde ambas manos nuevamente en los bolsillos delanteros de su pantalón. Se encoge de hombros al ver mi expresión. —Arruinar la vida de los demás es como un trabajo para él. La vida de mi madre y la mía es un claro ejemplo. No tienes idea todo lo que hizo para arruinar nuestras vidas, lo que nos obligaba hacer. Para una niña de seis año es normal que vaya a la escuela, que se involucre con otros niños de su edad. Pero yo...

Suelta una carcajada que involuntariamente me provoca un estremecimiento al escuchar la amargura en su risa, el odio en su mirada. Trago el nudo que siento en la garganta y trato de decir algo pero no tengo idea de qué. Símplemente me quedo ahí, sentado, estático escuchando como empieza hablar sobre su pasado.

—En deber de jugar e ir a la escuela como muchos hacían, yo estaba encerrada en una mansión aprendiendo a utilizar armas. Decía que ningún Anderson, mucho menos un hijo suyo, iba a ser un cobarde.—menea la cabeza y baja por un momento la mirada pero al instante vuelve a fijarla en mi persona. —Soportar el constante acoso de los “amigos” de mi padre, sin saber qué día finalmente lograrían violarme, era una maldita pesadilla. No podía caminar por esa mansión sino tenía un arma encima, era tal la cautela, la desconfianza, que algunas veces no conseguía dormir en semanas al saber que esos animales dormían a metros de mi.

—¡¿Pero tú padre no hacía nada?! ¡Eras una niña! ¡Su hija!—la indignación, junto con una ira que nunca había sentido, empieza a crecer como fuego dentro de mi. Cierro mis manos, convirtiéndolas en tensos puños a cada lado de mi cuerpo. Un estremecimiento me recorre el cuerpo al imaginarme a una niña de diez años o menos, siendo acosada por unos tipos que podrían incluso ser su padre.



Vane Suárez

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En el texto hay: narcotrafico, romance, drogas amor y celos

Editado: 16.06.2019

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