Casado Con Una Mafiosa © [#1 Mortem]

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Capítulo 18, parte 2.

Todo mi cuerpo cosquillea, aunque no me guste mucho bailar, pero los tragos que traigo encima y tener a Drey tan cerca; simplemente es imposible de negarse a bailar. Ambos formamos parte de ese grupo sudoroso que baila al son de esa melodía vulgar, hechizados bajo las luces fluorescentes. Quién iba a pensar que el señor hacker supiera bailar tan malditamente bien. Cierro los ojos cuando Drey muerde ligeramente mi cuello, ambos movemos lentamente nuestras cinturas, su pecho ancho y caliente se roza con mi espalda.

Pero como todo buen momento tiene que ser arruinado.

—¡Dakota! ¡Dakota!—unos gritos muy cerca de mí llaman mi atención.

Abro los ojos molesta y busco al o a la culpable de interrumpir tan deliciosa burbuja. Mi somnolienta mirada se encuentran con los ojos grises de Kenya, la cual me da una mirada que reconozco inmediatamente.

Maldita sea.

Frunzo el ceño con fuerza y me doy media vuelta. Los ojos verdes azulados de Drey, que se encuentran un poco brillantes y chispeantes, me observan confundidos. Aunque se pueda pensar que está borracho, no lo está, aunque tampoco es que esté muy sobrio. Parpadeo y salgo de mis pensamientos al sentir tomar mi barbilla, levanto la mirada topandome con su mirada un poco oscurecida.

—¿Qué pasa?—es lo que leo de sus labios, ya que la música está tan alta que la única manera de hacerse escuchar es gritando.

—Nada.—formo con mis labios. Meneo mi cabeza para hacer más  énfasis.

Drey frunce el ceño, claramente no creyendo lo que le digo, así que para que no siga haciendo preguntas que por obvias razones no puedo responder; lo beso. Al principio se hace el difícil, algo que me arranca una sonrisa y muerdo con fuerza su labio inferior, gruñe y sus brazos me acercan un poco más a él. Paso la punta de mi lengua por su labio lastimado, y sin importar si alguien nos está viendo o no; empezamos a besarnos como si no hubiera un mañana. Todo mi cuerpo se estremece al sentir su lengua hacer contacto con la mía. La lujuria y el deseo trata de abrirse paso entre la bruma del beso, pero lastimosamente tengo negocios que hacer. Tal vez cuando volvamos a la mansión retome lo que dejamos.

Tal vez.

Me aparto de Drey un poco brusca, él al percatarse abre los ojos y me observa desconcertado. Con la respiración acelerada observo sus labios que están rojos e hinchados, como también imagino deben de estar los míos. Maldita sea. Lo único que me provoca es besarlo nuevamente.

—¡EN UN MOMENTO VUELVO!—grito cerca de su oído para que pueda escucharme por encima de aquella ruidosa música.

Drey pone una expresión seria pero no dice nada; captando que tengo que ir hacer mi papel de gran mafiosa. Le robo un rápido beso antes de girar sobre mis talones y caminar hasta donde está Kenya. Las pupilas de sus ojos grises se encuentran dilatas, y no tengo que ser una genia para saber que está drogada. Levanto una ceja interrogante en su dirección. Ella simplemente me señala con un ligero movimiento de cabeza aquella bendita puerta. Una que trae ciertos recuerdos a mi mente.

Mierda.

Ambas nos abrimos paso entre todos, caminamos hasta el fondo del Bar, donde hay un pequeño grupo de personas. Doblamos hacia la izquierda que lleva a una delgada puerta de hierro, a la que nadie tiene permitido entrar; salvo quizás una reducida—e importantes—cantidad de personas. Incluso hay dos tipos armados hasta los dientes que encargan de custodiar la puerta.

—La esperan en la de siempre.—dice Kenya mientras me da una significativa mirada. Asiento y les hago una seña a los tipos para que abran la puerta, algo que hacen sin oposición alguna. Pero antes de entrar le doy una mirada a Kenya por encima del hombro.

—Vigílalo.

Y sí, es una maldita orden.

Kenya simplemente asiente, su expresión indiferente no se altera ni por momento, me da una última mirada antes de perderse entre el tumulto de personas. Comparto un asentimiento con los tipos lo cuales responden con el mismo gesto y cierran la puerta una vez entro. Busco el encendedor y mi caja de cigarrillos de los bolsillos de mi chaqueta con estampado militar. El bullicio de conversaciones, risas, botellas al rozarse entre si,  así como la alta música; son bruscamente silenciados. Aunque se escuche ligeramente, es notable la diferencia. Mientras lleno mis pulmones de humo, levanto la mirada topandome con un extenso pasillo. Las paredes son negras y el piso es de mármol blanco, tan malditamente brillante que estoy segura puedo ver mi reflejo. No puede ser más diferente a la decoración del Bar.
La suela de mis botas militares provocan cierto eco cuando empiezo a caminar por ese ya han conocido pasillo, observo de reojo las puertas rojas con un símbolo, palabra y número en latín de un color fosforescente. Según a lo que recuerdo son trece puertas, se dividen entre ambas paredes; la número trece queda al fondo del pasillo.

Frunzo el ceño. Llevo el cigarrillo a mis labios, le doy una larga calada hasta sentir mi garganta arder. A mi paso dejo un intenso olor a tabaco mezclado con otro un poco más fuerte. Me detengo al llegar finalmente a mi destino, entre el blanquecino humo de mi cigarrillo observo el nombre de la última puerta roja. Mortem. Una sonrisa tira de la comisuras de mis labios.



Vane Suárez

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En el texto hay: narcotrafico, romance, drogas amor y celos

Editado: 16.06.2019

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