Catlas, la isla invisible

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Capítulo 7

Alan 

Me siento igual o peor que cuando desperté en medio de la choza. Si analizara aspectos negativos y positivos, no sabría con exactitud cuál elegir. Por un lado, me encuentro mucho más herido, no obstante, sé dónde estoy y con quién. Conozco a Gea.

Enigmática chica esa morena. Con sus ojos cambiantes y su piel pálida. Su incapacidad de darme respuestas, o en todo caso, el ingenio con el que las evade. La última vez que eso pasó, me escapé y terminé como estoy ahora. Deshecho; al menos físicamente. Ella me mantiene vivo con el agua que escurre de unas hojas… vaya cosa. Al menos he aprendido la lección. Si quiero entender algo en este extraño entorno, debo ser paciente. Y me está saliendo más o menos bien.

Toda una semana ha transcurrido desde el incidente. Gea construyó otro refugio a nuestro alrededor. Algunas veces oímos pasos afuera, y ambos nos zambullimos en un silencio que a mí, en lo personal, me resulta eterno. Dado que duermo un promedio de doce horas al día, no tenemos mucho de qué hablar. Ella aprovechaba los ratos en los que me mantengo despierto para ir en busca de frutos y alimentos, o simplemente se limita a descansar. Se niega a cerrar los ojos mientras yo no esté consiente. No sé cómo sentirme al respecto, pero no tengo otra opción que confiar a ella. Para ser sincero, no es demasiado difícil.

A medida que los días pasan, la muchacha me explica algunas cosas de la isla. A veces habla de más y calla abruptamente al darse cuenta de su error. Básicamente, nos encontramos en una tierra muy difícil de localizar. Me contó que su madre y ella solían pasearse con libertad por todo el perímetro, pero que un día habían tenido que parar. Los hombres de las botas habían llegado para adueñarse de su amada isla. Ellos fueron los que mataron a su madre y después la tuvieron encerrada. No me lo dijo, sin embargo me di cuenta de que les temía. Supuestamente, por eso me había mentido en un principio, con el objetivo de mantenerme a salvo, lo que era sinónimo a “lejos de su alcance”.

Ahora bien, hay demasiadas lagunas en su relato. Mi principal duda, ¿De dónde vengo yo? Si las únicas personas que habían encontrado Catlas eran esos hombres tan crueles, ¿Me habrían traído con ellos? ¿Por qué llevaba el mismo uniforme? La famosa chaqueta en la que está grabado mi nombre, los zapatos de militar y el pantalón de camuflaje. ¿Indicarían acaso que yo había sido uno de ellos? Además, saben mi apellido. Los escuché mientras agonizaba en la tierra.

Sólo tengo una respuesta sólida a tantas preguntas, y es producto de mi propia imaginación. Un rehén. Quizá me trajeron a la fuerza. Gea no me habría salvado si fuera de los malos. No tendría sentido. ¿Verdad? Prefiero creer que sí.  Y hay otra cosa que me intriga: los recuerdos.

 Primero la fugaz imagen de sostener una fotografía suya entre mis dedos y luego la memoria de perseguir a una pequeña Gea en son de broma. La conozco de antes… ¡¿Por qué diablos no puedo recordar nada?! Es exasperante.

—Deja de tensarte, le hará mal a tus heridas.

—No estoy tensado —contradigo testarudamente.

—Sí lo estás  —afirma—. Tienes los nudillos blancos de tanto apretar los puños.

Al instante estiro mis dedos, ni siquiera noté que estaba haciendo fuerza. Gea suelta una pequeña risa ante mi reacción. Yo suspiro aceptando mi derrota. Se nota lo cansados que nos hallamos los dos.  

—Ven, ponte como siempre —le ruego, sin dejar de lado mi comportamiento infantil.

Ella suelta un resoplido y se tiende a mi derecha, entre las hojas. Es la única forma en la que puedo verla; no me he movido ni un centímetro en los siete días. Gea se recuesta de lado en el suelo y utiliza su brazo para sostener la cabeza, formando un triángulo. Una vez instalada, arruga la nariz y el entrecejo al mismo tiempo. Los últimos rayos de luz solar le dan directo en el rostro.

—¡Apestas, Alan! —comenta tapándose la nariz. Yo suelto una carcajada, sé que no lo dice en serio, o por lo menos no pretende ofender.

—No es mi culpa —protesto con tono calmo, negando lentamente con la cabeza al tiempo que cierro los ojos.  Es su turno de reír. Al parecer mi mueca logra causarle gracia.

—Si te lo pones a pensar… —dice, pero la corto.

—Por favor no hables de la estupidez que cometí al escaparme.

 Ella cierra la boca y sonríe complacida.

—Está bien —acepta—. ¿Con qué quieres que te distraiga entonces? —pregunta con un tono un poco frío. Sí, aun continuaba con esos deslices.



Acilegna

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En el texto hay: naturaleza, amor y amistad, cientificos

Editado: 03.05.2018

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