Catlas, la isla invisible

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 11

Alan

 

Me lleva mucho tiempo decidir si me ha dicho la verdad o no. Es decir, ¿La Madre Naturaleza? Tiene que estar bromeando. Sin embargo, sólo puedo pensar en aquel insólito relato. La historia… me suena familiar. Es como un extraño eco en mi cerebro.

Si la analizo objetivamente, siendo totalmente ajeno a la situación, es una perfecta locura. La Isla de Catlas vendría a ser una psicodélica máquina de hacer bebés Madres Tierra. También se trata de un relato cruel; es decir, traer al desafortunado hombre para “procrear”, ver a su pequeña hija y ¡Boom! Adiós a todo, de vuelta al continente. 

Pero si no lo miro tanto… si, por el contrario, me baso en Gea y en mi vida… ¿Por qué no puede ella ser especial y esta isla algo más siniestra? En primer lugar, sus ojos son una anomalía. Segundo, es capaz de  sentir cuando alguien se le acerca o aleja. Tercero, puede extraer agua de una hoja dejándola seca al apretarla. Cuarto, crecen manzanas en lo que parece ser un lugar cercano al Ecuador, selvático. Quinto, ¿Siquiera hace falta algo más?

La contemplo mientras estiro mi brazo para acomodarle un mechón de su cabello, ¡Sí que es bonita! Pronuncio las palabras procurando que suenen firmes, que se asegure de creerme.

Lo primero que observo es su mueca de asombro, que rápidamente se convierte en una sonrisa.

—¿De verdad? –curiosea. Yo asiento con la cabeza. —¡Eso es magnífico! –continúa emocionada. Y manteniendo la luz en su mirada se abalanza sobre mí y mi abraza.

—¡Demonios, Gea! ¡Duele! –me quejo, sintiendo una fuerte punzada recorrerme toda la espalda.

—¡Lo siento! –se disculpa, mirándome con sus ojos multicolores claramente afligidos. Esbozo una media sonrisa (que no sé si sale bien) para intentar calmarla y ella relaja sus facciones.

Me resultaba gracioso verla en esos momentos. Se debate entre abandonarse al relajo que debe producirle el compartir su secreto; y mantener su particular personalidad. Es como si pensara que mostrarse vulnerable o feliz delante de mí cambiara mi manera de pensar en ella. Se hace especialmente evidente lo acostumbrada que está a ser una chica fuerte. Al parecer, juzgando por su comportamiento, esa clase de personas no puede ser alegre.

—Eres la primera persona a la que se lo digo. –comenta por fin; clava sus fascinantes ojos en mí y me transmite un mensaje: ahora no puedo traicionarla, no es que fuera a hacerlo, pero de todos modos lo deja muy en claro; ya no somos  simples desconocidos. Luego baja la mirada.

Con tanto alboroto  termina arrodillada delante de mí, y su cabello actúa como una especie de cortina casi negra, lacia y sedosa.

Me incorporo como puedo, hasta quedar arrodillado igual que ella. La espalda protesta, pues es la primera vez en bastante tiempo que me muevo (sin contar todas las veces que Gea puso mis extremidades a funcionar). El dolor está allí, pero intento no darle importancia. Levanto mis manos y vuelvo a acomodar su pelo tras sus orejas. Ella alza la mirada y yo le sonrío. La acerco despacio a mí y la abrazo.

Nos quedamos en esa posición durante unos cuantos segundos. Disfruto del aroma de su cabello y de su pequeño cuerpo entre mis manos.

—Eh… ¿Alan? –consulta. Su timbre regresa a la normalidad.

—Dime, Gea. –contesto.

—Creo que ya está bien con lo del abrazo. –Aclara.— Es decir, es un lindo gesto, y te lo agradezco mucho, pero es suficiente. ¿Verdad?  

—Estoy de acuerdo contigo. –la sigo, y no me muevo ni un centímetro. 

—Continúas apretujándome. –comenta al fin, algo molesta e irritada.

—Me acalambré. –termino revelando. Y es verdad, en algún momento me he quedado rígido como una tabla y me siento incapaz de reaccionar.

Ella deja salir una risotada y comienza a soltar mis brazos. Con cuidado vuelve a depositarme en el suelo, boca abajo, igual que hasta entonces.

—Muy bien, ahora que sabes lo más importante, creo que es tiempo de aclararte un par de cosas.

—Perfecto. — ¡Al fin viene el momento de la verdad! Qué irónico, ahora soy yo el ilusionado.

Gea se mueve despacio y se acomoda a mi lado, de modo que pueda verla mejor, pero su mirada está puesta en cielo. Suspira y permanece un rato en silencio, ordenando sus ideas, supongo. En lo que a mí respecta, la ansiedad y la intriga crecen cada vez más en mi interior. De pronto es como si los animales de la isla se callaran para escuchar sus palabras. Me sorprendo al pensar que probablemente es eso lo que pasa. Por unos segundos, la realidad de la situación logra abrumarme. Tengo uno de esos momentos en los que reflexionas sobre las cosas cotidianas, y de pronto caigo en cuenta de que me hallo tendido junto a la mismísima Madre de la Naturaleza. Gea es sólo una chica para mí, y sin embargo… todo lo natural le pertenece.



Acilegna

#6079 en Fantasía
#2624 en Personajes sobrenaturales
#8120 en Otros
#1220 en Aventura

En el texto hay: naturaleza, amor y amistad, cientificos

Editado: 03.05.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar