Cautivos

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Capítulo I. Parte I. El compromiso.

Actualidad. Noviembre 2017

Martín disfrutaba del 50º aniversario de sus comediantes favoritos, en su habitual palco del bellísimo teatro Colón y aunque la ocasión y el lugar invitaban, por no decir obligaban, a los asistentes a vestir de gala; era claro, por su insistencia en observar el reloj y sus piernas moviéndose al compás de la ansiedad, que esperaba a otra persona.

Él siempre aludía el vaivén de sus pantorrillas y su imposibilidad de mantenerlas quietas a un acto caprichoso de su cuerpo orientado a distraer y malhumorar a los demás.

Mentía.

Los infaltables caramelos masticables ocultos bajo el delicado pañuelo rojo que asomaba del bolsillo de su saco, o el golpeteo constante de sus rodillas con sus dedos cual batería, denotaban que su mente expresaba sus emociones mucho más de lo que deseaba aceptar.

El tiempo corría. Ella no llegaba. Para colmo podía sentir, como a menudo lo hacía, el cotilleo de los palcos aledaños refiriéndose a él, intentando adivinar su nombre; su empleo; su estado civil; su vida. Era una suerte de timba desenfrenada donde mujeres de todas las edades se divertían apostando a desentrañar, la verdad oculta detrás de aquel joven tan misterioso como elegante y seductor.

Martín lo tomaba en broma. Sabía lo que su presencia irradiaba semana tras semana pero nadie era capaz de imaginar, ni siquiera él, lo que su cita, por venir, había provocado en el hombre más sombrío de la ciudad.

Antes de ella su vida era tranquila, si puede considerarse tranquila la rutina del ladrón preferido de los más importantes criminales del país. Precedido por su reputación y una intachable conducta como socio del delito; nadie podía comprender las razones que lo llevaron a traicionar a sus antiguos aliados, poniendo en jaque al imperio más antiguo, invisible y protegido de toda la nación.

Estaba intranquilo; cualidad que no poseía antes de que todo sucediera. Era más bien relajado, frío, calculador; de sensibilidad discreta y carente de remordimientos. Meticuloso, obsesivo, amigo de lo ajeno y decidido a terminar lo que había prometido. Un artesano del delito sin miramientos ni clemencia. Ese era Martín Robledo ayer nomás.

Hoy, solo pensaba en qué iba a decirle a ella cuando llegara. Si bien había armado en su mente un discurso; sabía que su cerebro carburaba más despacio y sus ideas se bloqueaban ante su presencia. No era para menos; la huella profunda que aquella mujer dejó en su vida lo había hecho salir del anonimato; lo puso entre la espada y la pared obligándolo a rebelarse como la cara visible de la rebelión interna. No fue su decisión. No fue su deseo. Las acciones de aquella joven, que Martin no supo ver ni leer hasta que fue demasiado tarde; lo arrinconaron de tal modo que no seguir adelante no era una opción pero, al mismo tiempo, continuar era extremadamente peligroso para quien conocía las consecuencias de la ingratitud y el alcance de la ira de los damnificados.

La pregunta que debía contestar no era ¿ella o él? Ambos habían cruzado el umbral sin retorno de la traición y solo restaba saber si Martín, el antiguo confidente de los criminales, aceptaba resignado su castigo o se uniría con la mujer de sus pesadillas para terminar lo que sin querer había iniciado. Por eso estaba en ese teatro, en su palco habitual, esperaba comunicarle a esa mujer su decisión indeclinable.

Entretanto, los espectadores reían sin parar. En el escenario continuaba la función más esperada del año y el público retribuía con manos enrojecidas de tanto aplaudir, la infinidad de carcajadas que aquellos viejos sinvergüenzas les arrancaban sin permiso ni compasión.

Eran las 22.30 cuando oyó la puerta de su palco abrirse y no atinó, siquiera por curiosidad, a mirar hacia atrás para ver quién había ingresado. No hacía falta. Aquel aroma a flores orientales y ese toque inconfundible de vainilla que perforaba los sentidos, irrumpió justo a la hora señalada. Ella permaneció de pie, como esperando que Martín la invitara a sentarse a su lado. Jamás ocurriría. Ni bien entró, la tensión se volvió palpable y dejaba entrever que había muchas cosas pendientes entre ambos, pese a los miles de sentimientos encontrados que fluían por toda la habitación sin tener por donde escapar.

―¿Sabes de qué se trata? ―dijo Martín con la vista puesta en el escenario mientras los actores representaban por enésima vez en sus vidas Las bodas del rey Pólipo.

―No ―respondió la mujer con la voz apagada sujetando fuerte su cartera de diseñador.

―Es la historia de dos músicos cortesanos que tienen la tarea de componer una canción para la futura esposa de su rey en el medioevo. En esa época la inspiración estaba atada a los deseos del soberano ―decía mientras ella lo miraba sin desprenderse de su timidez, todavía de pie, con los ojos llorosos

«Cualquier error, cualquier desliz o atribución indebida se pagaba con la vida ―dijo sin dejar de divisar el escenario con los codos sobre los límites del palco y los dedos entrecruzados como quien eleva una plegaria.

―No sigas –intentó decir la mujer con la voz atrapada en angustia, y mientras dejaba caer una lágrima sobre su mejilla izquierda dijo con más tristeza que fuerza ―. No sigas.



Sebastian L

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En el texto hay: accion, romance, misterio

Editado: 28.07.2018

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