Cautivos

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Capítulo III. A merced del destino.

A la hora señalada la joven Samara, luciendo lentes de sol que buscaban ocultar los efectos de la resaca y una blusa escotada que no pasaba desapercibida, sobre todo entre los deportistas que invadían el parque para correr, se hizo presente en el punto de encuentro.

―¿Qué es eso tan urgente? ―dijo mientras bebía su capuchino recién comprado―. Espero que tengas lo mío.

―Tengo tus cuatro cuadros, sí ―respondió Martin quitándole el café de las manos y bebiendo un sorbo.

―Además de desubicado creo que no sabes contar ―dijo quintándose los lentes―. Son cinco cuadros, no cuatro.

―No sé a qué estás jugando pero son cuatro ―retrucó Martin mordiéndose el labio inferior, síntoma inequívoco de incomodidad.

―Te di US$9 millones en efectivo y el Sr Sasha no acepta devoluciones ni excusas. Ya deberías saberlo.

―Había cuatro en la galería ―respondió masajeando su incipiente barba― y uno de los cuadros venía con una nota diciendo que si queríamos el quinto lo fuéramos a buscar ¿No te parece sospechoso que alguien haya sabido que iba a ir? ―preguntó susurrando muy cerca.

―A mí no me mires chiquito ―dijo Samara sin amedrentarse―. Tendrás un traidor en el equipo o te primeriaron. ¡No es mi problema! ―dijo mientras recuperaba su café―. Tienes quince días para ir a Misiones y hacer la entrega. Buena suerte ―susurró en el oído de Martin mientras se despedía con un beso provocador.

―La otra noche un asesino a sueldo vino a matarme justo después de que te fueras ―dijo Martin tomándola del brazo de modo poco amistoso―, si eres otra cosa de lo que dices ser no habrá lugar donde puedas esconderte― dijo soltándola de a poco mientras observaba incrédulo la vista de Samara enfocada en otro lugar.

―Pobre señora, mirala ―dijo obligando a Martín a voltear 180º para contemplar a la anciana deshilachada que avanzaba con un carrito de supermercado en dirección a ellos―. Qué pena llegar a viejo así―dijo mientras Martín medía los movimientos de aquella mujer― ¿Ya me podes soltar el brazo o voy a tener que gritar para que me socorran? ―preguntó chasqueando los dedos para despabilar a Martín.

―Callate y camina para aquellos árboles ―dijo sin soltarle el brazo y arrastrándola contra su voluntad.

―¿Por qué? ¿Dónde me llevas? ―Preguntaba Samara mirando hacia todos lados buscando una explicación.

―Cuando te diga que corras, empieza a correr para allá y no te detengas por nada ―le ordenó tomándola de la mano como si fueran pareja y señalándole la dirección de escape.

Todos en el parque ignoraban lo que estaba por ocurrir. Aquellos con alma de deportistas continuaban trotando al son de la cálida mañana mientras los más remolones, yacían tirados en el verde césped, disfrutando los rayos de sol. A ellos, habituales partenaires del paisaje matutino, se acoplaban decenas de turistas que no dejaban de maravillarse, obnubilados por los árboles milenarios, con la serenidad que reinaba en la plaza.

Conforme la anciana que empujaba el carrito se acercaba, Martin aceleraba el paso dirigiéndose estratégicamente hacia la Avenida del Libertador. No fue hasta ese momento que la supuesta mendiga sacó de entre los trastos un FAL, y con una sonrisa que atravesaba el parque apuntó su mira a la cabeza de su objetivo. «Dios Santo» fue lo único que atinó a decir el joven estratega antes de tirarse cuerpo a tierra con Samara.

La calma estalló en mil pedazos. Ahora hasta los más perezosos corrían por sus vidas sin tener en claro bien a dónde, y la otrora apacible plaza se había convertido en un campo de batalla coronado por un vendaval de llantos, gritos y terror.

―¿Qué deminios está pasando? ―gritaba Samara aferrándose a la espalda de Martín.

―La pobre ancianita ―respondió socarronamente quitando las uñas de la joven de su piel― es una vieja asesina ―dijo poniéndose de rodillas; al amparo un árbol gomero; única barrera entre la vida y la muerte

―¿Y por qué te quiere matar? ―preguntó Samara frunciendo el ceño y golpeando con su puño el brazo izquierdo de Martín.

―Nadie quería matarme hasta que tú apareciste en mi vida ―respondió fulminándola con la mirada.

―Ok. ¡Ahora es culpa mía que una vieja loca nos apunte con una metralleta! ―vociferó poniéndose de pie provocando una balacera descomunal.

―¡Agachate! ―la sarandeó tirándola al suelo; salvándola de una muerte segura― ¡Corre! ―dijo tomando a Samara de la mano

Cruzaron la Avenida aprovechando el poco tránsito y el andar cansino de uno de esos micros descapotables que pasean turistas por toda la ciudad. A contrarreloj y cuidándose de no ser un blanco fácil ingresaron a toda velocidad, o más bien, toda la velocidad que los tacones de Samara permitían, al museo de Bellas Artes; testigo de piedra casual de la cacería por venir.

―¿Qué es este lugar? ―preguntó Samara recorriendo el sitio con la mirada mientras Martín aceleraba el paso recordándole que no estaban turisteando

―¿En serio? ―dijo sin mirarla―. Es el Museo de Bellas Artes.



Sebastian L

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En el texto hay: accion, romance, misterio

Editado: 28.07.2018

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