Cayendo en la Locura

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Uno

Cerré mi copia de “Alicia en el País de las Maravillas” en el capítulo donde la pequeña niña rubia llega a la fiesta del Sombrerero Loco, la Liebre de Marzo y el Lirón. La gastada tapa crujió levemente y un trocito de hoja aterrizó sobre la falda de mi vestido, un molesto recordatorio de la antigüedad y el uso que poseía el libro. Prácticamente lo tenía desde que entré a aquel lúgubre orfanato antes de que llegara a este sitio.

Lo dejé sobre el velador y me recosté en la cama, mi mirada puesta en el blanquecino techo idéntico a las paredes de la habitación. El psiquiátrico, mi nuevo hogar por la eternidad, estaba pintado por dentro de blanco por alguna extraña razón. De hecho, las únicas muestras de color eran las pinturas de hermosos paisajes que supuestamente debían ayudarnos en nuestro proceso de recuperación y la madera con la que se construyó el piso.

Me giré de tal forma que podía ver mi libro en el pequeño mueble. Me sentía llamado por él, como si fuera una luz y yo una simple polilla. Cualquiera que fuera el momento siempre conseguía que mi atención cayera en él. Probablemente era porque, en lo más profundo de mi ser, creía que aquella fantástica historia era real. Aunque sin pruebas que lo demostraran no era más que una chica que desvariaba con un cuento infantil.

Al parecer a la gente no le gusta eso.

Terminé encerrada en el manicomio porque me negaba a aceptar que lo que Lewis Carroll escribió no era más que fantasía. No sabía cómo, pero una niña cayendo por un agujero de conejo y conociendo una serie de personajes alocados tenía mucho sentido para mí. Casi podía afirmar que los conocía, solo que de una forma mucho más diferente a como el autor los imaginó dentro de su cabeza.

Aunque el hecho de que cosas raras empezaran a pasar conmigo no me ayudó mucho. Primero vinieron los recuerdos, algunos tan extraños que me dejaban pensando por horas sobre cómo los obtuve. Después arribaron los dibujos, tan extravagantes que causaban risa o tan terroríficos que espantaban a cualquiera. Y lo peor vino cuando las alucinaciones y las voces sin cuerpo se hicieron presentes. Si para ese momento no era llamada loca pronto lo sería y seguramente lo estaría.

Intentar encontrar la razón detrás de mis desvaríos y creencias infantiles es lo que obsesiona al doctor Capel, el hombre que dirige el hospital y se ofreció a cuidar de mí, ayudarme a sanar y reintegrarme a una sociedad que no acepta a quienes piensan de otra forma. Sin embargo, él jamás se ha tragado una sola de mis historias. Si no hay una explicación oculta en algún sitio para él no es real o no existe.

Aunque dudo mucho que el País de las Maravillas posea una.

Tomo asiento nuevamente en el colchón y acomodo la falda de mi vestido de tal forma que no me moleste demasiado. Puedo oír a las enfermeras transitando por el pasillo del otro lado de la puerta. Todas siempre están yendo de aquí para allá con los rostros demasiados serios y actitudes que las hacen parecer autómatas. En todo mi tiempo aquí jamás he visto que una de ellas sonría o dé atisbos de cualquier emoción.

El libro captura mi atención de inmediato y lo cojo entre mis manos decidida a terminar de leerlo antes de mi cita con Capel. Lo que menos quiero es verle el rostro a un doctor que se esmera en fingir que le importo y que realmente no desea ayudarme. Probablemente él ni siquiera esté interesado en alguno de los pacientes que día a día tiene que ver. No me sorprendería enterarme que fuera así.

Abro en la página donde lo dejé hace un par de minutos y retomo mi lectura. A pesar de que casi me sé de memoria los diálogos y las escenas de la historia cada vez termino asombrándome un poco más. El País de las Maravillas y sus habitantes se sienten tan realistas, tan únicos y sorprendentes que el imaginar que son solamente fantasía me resulta imposible. Y ese es el motivo por el que superar mi llamada locura es tan difícil.

El País de las Maravillas podría ser fácilmente mi hogar.

La puerta es golpeada justo en el instante que Alicia está oyendo cantar a la Falsa Tortuga y suspiro con pesar. La enfermera que me llevará con Capel está aquí y con ella ha llegado la tortura de salir del cuarto. La perilla gira lentamente y luego ella entra, su traje pulcro y blanquecino contrastando contra el café de la madera. Arrastra una silla con ruedas, la misma en la que seré obligada a tomar asiento y amarrada para evitar problemas.

—Buenas tardes, señorita Alice —saluda en un tono perfecto, igual que su cabello—. ¿Lista para ir con el doctor Capel?

Negarme y dar batalla sería lo más estúpido que podría hacer ahora. Dócilmente asiento y camino lentamente en su dirección, su atenta mirada puesta sobre mí, aguardando a que en cualquier minuto mis impulsos o la locura que todos señalan poseo me controle y termine saliéndome de control. Una vez que se ha dado cuenta que nada malo pasará me ayuda a tomar asiento y sujeta firmemente mis muñecas y tobillos.



TheMcWonderland

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En el texto hay: reversion, paisdelasmaravillas, alice

Editado: 22.12.2018

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