Cello Suite

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¿PARA TODA LA VIDA? — Meno forte

Me hubiera gustado volver a hablarle a Chiara en la noche, pero mi madre la acaparó hablándole, contándole cosas de mí y haciéndole preguntas de la escuela y su familia, la entretuvo tanto tiempo que no tuve que preocuparme de su insomnio por dormir toda la tarde.

Me sentía de cierta forma arrepentido por mi forma de actuar en el mirador, me había dejado llevar por los prejuicios en lugar de hacer lo que de verdad quería, lo que me moría por hacer. Quería hablar con ella para aclarar mis pensamientos, saber sus intenciones, aunque yo la quería conmigo, la quería de verdad para mí; lo de Paolo había sido reciente, no podía creer que ya lo hubiera olvidado o que en poco tiempo había comenzado a sentir cosas por mí. Aun pensando en todo esto, me propuse que no iba a desaprovechar cada oportunidad que tuviera de besarla o tenerla en mis brazos; ni siquiera sabía si ella lo volvería a intentar.

Una de las ventajas de que mi madre hubiera hablado tanto con Chiara fue que me dio ideas de lugares a los que la podía llevar, ella había dicho que se sentía contenta de alejarse de la ciudad y que le gustaría apreciar la naturaleza. Así que pensando en eso, me levanté a las ocho, ya decidido del lugar al que la llevaría.

Me sorprendió verla ya levantada y desayunando con mi madre, me daban la espalda, por lo que no me vieron llegar.

—Buenos días, mujeres —saludé.

—¡Leo! Pensé que no ibas a levantarte. Ya iba a ir yo por ti —. Se levantó, casi corrió hacia mí y se lanzó a mi cuello, obligándome a agacharme y quedando ella casi colgando aún.

Mi madre que no dejaba de reír, intervino.

—Aunque no lo creas, Chiarita, Leonel no acostumbra levantarse tarde aquí.

Era cierto, siempre que estaba en casa, con mi madre, me levantaba rápido, me gustaba pasar el tiempo con ella y ayudarle en la casa.

Mi madre ya me estaba preparando un sándwich para desayunar. Chiara me soltó para que pudiera sentarme y pude ver el pijama que llevaba puesto: era una blusa de tiras y un pantaloncito corto de tela. En los dos pasos que tuvo que dar para llegar a su asiento el pulso se me aceleró sin remedio. ¡Es que le quedaba tan bien! Pude ver ese cuerpecito tan perfecto que tenía, la vi todo lo que quise y pude, aprovechando que ni ella ni mi madre me podían ver.

—¿A dónde vamos a ir hoy? — preguntó curiosa.

—No voy a decirte aún, necesito que estés un poco más a la expectativa.

—Leonel, ¿a dónde piensas llevarla? —preguntó también mi madre, me acerqué a ella y le susurré el lugar en el oído. No me lo esperaba, pero me dio un poco leve manotazo en el hombro—. Tienes que darle una pista al menos, tiene que ir preparada.

—Bueno, sí. Tienes razón, madre.

—Hija, ¿traes traje de baño?

Chiara se sonrojó un poco y asintió. En ese momento caí en la realidad, sin ninguna malicia había planeado un paseo en el que iba a poder verla muy bien. Me sentí un poco culpable por su reacción.

—Bueno, allí está tu pista, vas a tener que llevarlo—. Mi madre, en medio de ambos sujetó su mano—. Ahora, será mejor que vayan a alistarse ya, así llegan a buena hora y pueden disfrutar—. Nos apresuró.

Yo ya había terminado de comer, mientras que a la pequeña aún le faltaba un poco, pensé en esperarla, pero mi madre me volvió a apresurar con una seña.

El estudio era la última habitación de la casa, era dónde mi madre trabajaba, estaban sus cosas en un escritorio y un piano vertical, que a ella le encantaba tocar, tenía una gran puerta corrediza de vidrio que daba a una terraza pequeña y por ella entraba toda la luz del día. Junto al estudio estaba mi habitación, dónde ahora dormía Chiara. Recordé que tendría que sacar ropa de mi habitación y aproveché a entrar mientras ella seguía comiendo, me asombré el sentir su aroma en la habitación y deseé que lo conservara siempre. Me apresuré a buscar en el clóset lo que necesitaba.

—Es muy cómoda tu cama, Leo—. Chiara entró como si nada, lanzándose a la cama y sobresaltándome—. ¿Qué buscas? ¿No vas a decirme a dónde vamos? ¿Queda cerca?

Solo negué con la cabeza, dándole a entender que no se lo diría aún y seguí buscando en mis cosas.

—Tu madre me dijo que habías escogido bien el lugar y se escuchaba muy ansiosa de que fuéramos, dijo que seguramente me encantaría. Aunque estoy algo inquieta, no sé nadar tanto; me apuntaron a clases cuando era pequeña y aunque aprendí, nunca pude cruzar esa pequeña piscina sin sentirme mareada al final—. Esbozó una triste sonrisa.



Beina_

Editado: 08.10.2019

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