Cello Suite

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LA DESEABA… — Forte

No pude estar de nuevo a solas con Chiara durante el resto de la semana, además de los ensayos, nos dejaron nuevas piezas para adaptar en Instrumentación y aburridos ensayos en Difusión Artística. Parecía que todos los maestros nos querían presionar y quién más se sentía así era Alejandro. Su presentación era ese fin de semana precisamente y tuvo que pedir que le dieran una hora más de ensayo con la Orquesta Militar. Estaba bastante nervioso, por lo que me pidió ayuda, para hacer las tareas de la Escuela y para ayudarle con los ensayos, así como Chiara me había estado apoyando.

El comienzo atonal estaba siendo difícil de aprender para los militares, que no estaban acostumbrados a ese tipo de música, a algunos no les gustaba, pero los más optimistas lo veían como un reto; además ese comienzo era lo que le daba personalidad a la obra de Alejandro. Por otro lado, solo había una guitarra en esa orquesta, bastante capaz definitivamente, pero su pieza requería dos, por lo que Alejandro debía hacer una parte del diálogo de las guitarras y luego volver a dirigir.

—¡Dios mío! ¡No me gusta esta presión! —se quejaba mi amigo mientras iba a dejarlo a su casa después del segundo día de ensayos con él.

—Tranquilo, todo va a salir bien. Ya casi lo tienen, todo junto va a sonar muy bien.

—Si, confío en que así sea. Pero no evita que me sienta presionado.

La forma de ser de Alejandro no convivía con la presión, era cierto. De hecho, a escondidas de su madre, seguía fumando hierba; nosotros no se lo impedíamos, no era que le hiciera mucho daño.

—Al menos, después de esta semana vas a estar más relajado —dije para animarlo; al parecer funcionó porque esbozo una sonrisa satisfecha y comenzó a cantar la canción que sonaba en la radio.

—¿Sabes? —dijo un tiempo después. —Paolo te vio salir con Chiara el martes.

—¿Cómo lo sabes?

—Él me lo dijo. No dejó de hablarte, ¿verdad? —preguntó, nervioso.

—No lo he visto, pero me escribe seguido. Hoy en la mañana me llamó para contarme que iban a comenzar a pintar sus murales y que quería que lo ayudáramos.

—Supongo que va a dejarlo pasar, pobre Paolo. Pero, por otro lado… —se detuvo a reflexionar— ¿cómo quiere que lo ayudemos a pintar? ¿Si sabe que yo todavía dibujo a la gente con palitos?

—¿Quién sabe? Tal vez solo quiere apoyo moral —. Comenzamos a reír.

Dejé a Alejandro en su casa, y llegué a la mía extrañado por la actitud de Paolo, le agradecía mucho que no se hubiera molestado o si lo hizo, que lo dejara pasar. Esperaba que no se pusiera celoso por Chiara, me había dicho que la extrañaba y que le hacía falta, no quería perder el afecto de ninguno.

Mi tiempo el resto de la semana se repartió entre los ensayos de Alejandro, las tareas y mi segundo ensayo; al ser los últimos en pasar, teníamos ensayos más relajados. Por las noches hablaba un poco con mi pequeña, un poco o casi tres horas; no sentía el tiempo correr cuando hablaba con ella. La extrañaba mucho, aunque la viera todos los días no era como estar a solas con ella, sentir sus labios y su calidez. También ella me decía que me extrañaba, mucho más directa, me decía que moría por besarme; si ella lo decía así solo quería tenerla cerca concediendo su deseo.

El sábado llegó y con él, el día de la presentación de Ale, ese día se presentaban también Carla, Juan Francisco y una chica que tocaba el oboe, de quien no recuerdo su nombre . Toda la clase debíamos ir al concierto obligatoriamente, la mayoría del resto de estudiantes de la carrera irían y además, el concierto estaba abierto para todo público. El concierto era a las siete de la noche en el Teatro del Ministerio de Cultura, era un teatro grandísimo, no sabía si se llenaría con los estudiantes y demás personas. Los tres conciertos se habían anunciado por todos los medios, lo que me ponía nervioso y muchísimo más a Alejandro. 

—¡Tranquilízate! Hiciste un buen trabajo. —Intenté calmarlo, mientras nos preparábamos para irnos; Paolo, él y su madre habían ido a mi casa para poder ir juntos al teatro.

—¡Deja que te arregle el cabello, hijo! —le decía su madre.

Alejandro había dejado que su cabello creciera casi hasta sus hombros, pero no sabía cómo arreglarlo.

—Debería hacerle un par de coletitas, Margarita —se burló Paolo.

Ella rio de su ocurrencia mientras sentaba a Alejandro en una silla para desenredarle el cabello. Ale ya tenía puesto su traje formal. Para los demás no era obligatorio ir de gala, aunque tampoco íbamos a desentonar. Paolo hizo que ambos vistiéramos camisas del color azul marino, color del corbatín que usaba Alejandro, según él para que luego nos tomáramos buenas fotos. Al final, Margarita, la madre de Ale, le hizo trencitas de raíz tiradas hacia atrás. Debo admitir que se veía diferente peinado de esa forma, pero lucía con él.



Beina_

Editado: 15.10.2019

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