Cello Suite

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NUESTRA SINFONÍA — Piano subito

 

 

Chiara estuvo nerviosa toda la semana, pero al mismo tiempo emocionada; ese fin de semana era su concierto. Recordé que nunca había escuchado su composición y me daba mucha curiosidad, en especial al recordar lo que había dicho ‘Leo, le falta amor’; mi anhelo más grande era ser eso que le faltaba. Esa semana Chiara tenía programados los últimos dos ensayos, afortunadamente el último no coincidía con el horario en el que yo tenía mis ensayos u otras cosas que hacer.

—¿Te acompaño a los ensayos, guapa? —le pregunté el miércoles, mientras la llevaba a casa, saliendo de la Escuela.

Era común que estuviéramos con Chiara esos días, por lo que a ninguno le parecía extraño que la llevara a casa, además de que eran pocas las personas que lo notaban. Incluso mientras yo tenía ensayo, Alejandro la había llevado a casa.

—Carlo me pidió que lo llevara a alguno y el único día que tiene libre es el viernes, amor —dijo con un tono que me sonó a excusa divertida.

No le creí y la vi con los ojos entrecerrados para presionarla a decirme la verdad. Ella sonrió y me respondió con un abrazo que me dificultaba el conducir.

—¿Por lo menos me vas a dejar escuchar tu composición?

—Claro, todos van a escucharla el sábado —rio sin soltarme.

—¿No tengo preferencia sobre los demás? —Hice un puchero.

—Si, Guapo. Tienes el espacio más grande en mi corazón —me besó en los labios, rápidamente, haciendo que por un momento no pudiera ver el camino.

—¡Chiara! No hagas eso, vamos a chocar —la regañé.

Se separó de mí y volvió a su lugar. Esperé a que el camino fuera una línea recta para volver a atraerla hacia mí y darle el beso que se merecían esos labios tan bellos.

—Ahora puedes volver a abrazarme, chiquita.

No esperaba mi reacción por lo que se sonrojó y ocultó su rostro entre mi pecho.

—No quiero ir a mi casa, Leo.

—¿A dónde, entonces? —pregunté, dispuesto a llevarla donde quisiera.

—Vamos a la tuya —dijo en voz baja, haciéndola sonar apenada.

No esperaba que me pidiera eso, por lo que no supe que responder. No se lo iba a negar, pero ya imaginaba en qué terminaría todo. No sé qué clase de cara puse, quizá de incredulidad o de sorpresa. Se volvió a sonrojar, pero esta vez sin esconderse. Levantó su rostro hasta mi cuello y subiendo hasta mi oreja, la mordió. ¡Adiós dudas! También la necesitaba. La tomé de la cintura, como forma de asegurarle que quería lo mismo que ella y fuimos hasta mi casa.

 

 

La semana había sido más relajada para todos, incluso para Chiara. Se veía más emocionada que nerviosa, era sonrisas con todos y nadie lo pasaba desapercibido, hablaba con todos mucho más de lo que hacía siempre. Elena decía que era porque ya se había acostumbrado, que al principio del año a penas nos conocía de vista, pero ahora era diferente. Ella y Chiara habían estado platicando más durante las clases.

Conmigo estaba siempre cariñosa, claro, cuando estábamos solos. Desde nuestra escapada en la madrugada al parqueo vacío de la escuela, nos volvimos más apegados, el haber compartido juntos de esa forma tan perfecta nos ayudó a no temerle a mostrar nuestras personalidades como eran.

Por otro lado, me daba cuenta que me estaba ocultando algo relacionado a su pieza para el concierto, por lo que no quería que fuera a sus ensayos; si bien me intrigaba, me traía sin cuidado, lo había dicho ella ya me enteraría el sábado.

Quien volvía a preocuparme era Paolo, estoy seguro de que se daba cuenta del tiempo que pasaba con Chiara. Nos veía juntos en la Escuela, yo por no incomodarla a ella, no me acercaba a él; notaba que se entristecía. También un par de veces cancelé ir con él para poder estar con mi pequeña, no sabía si estaba haciendo bien, pero me encantaba estar con ella. Además tenía a Ale, ya se lo compensaría.

El sábado por la mañana, antes de hacer cualquier cosa para el concierto de la noche, vestidos con ropa vieja y más temprano de lo que me gustaría estar despierto un fin de semana, estábamos Ale y yo en un banco del jardín del Hospital Infantil esperando a que Paolo llegara. No sabíamos en qué pared pintaría su mural, pero las paredes que veía me parecían enormes, ojalá no tuviera pensado que pintáramos a más de tres metros de altura, o me moriría, sin duda. Como para inquietarme más, llegó en ese momento un camión con un andamio.



Beina_

Editado: 15.10.2019

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