Cerca De Un Faro

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En la Playa

En la Playa

 

 

Eran las cinco de la mañana cuando Aileen ya se encontraba atacando las escaleras del faro. La noche anterior se había ido a la cama relativamente tarde y le había costado un poco levantarse a cumplir con su deber. Pero había valido la pena, empezaba a hacer parte de una de las noches más especiales de los últimos tiempos, o probablemente la más especial. No había pasado mayor cosa, simplemente la charla había sido bastante agradable al igual que la preparación de la cena. Hubo un momento, estando en el estudio, en el que pensó que la iba a besar; sintió una fuerte energía que llegaba del cuerpo de su nuevo amigo, y lo mejor es que se trataba de una energía positiva, similar a la que ahora sentía mientras cumplía su acostumbrado ritual de empinarse mientras se recostaba contra la baranda del balcón y estiraba los brazos hacia arriba. Pero no había sucedido, y pensó que seguramente era lo mejor. Cuando las cosas se aceleraban solían dar resultados negativos, además que no hubiese querido dejar la impresión de ser una mujer fácil. Los tiempos avanzaban: ya no estaba en la Grecia de su infancia y adolescencia, pero mucho de lo que había aprendido en esas épocas todavía marcaba su comportamiento y su forma de ser. Sabía que había logrado captar su interés, y que muy seguramente, al igual que ella, no quería acelerar las cosas. Le había llamado la atención el encontrarse frente a una persona que parecía ser algo más culta y educada que la mayoría de habitantes del pueblo y sus alrededores. No solamente porque se tratara de un escritor, pues se suponía que los escritores eran cultos y educados, sino también por su forma de hablar, de comportarse, de pensar. Y estaba algo sorprendida por su prudencia; no la había forzado a entrar en temas que ella no hubiese querido abordar. La conversación había estado bastante fluida y se había mantenido lejos de los temas más personales. Si hacía un resumen, podría llegar a la conclusión de que era muy poco lo que él había aprendido sobre su vida personal, pero no porque no hubiese mostrado interés, todo lo contrario, se había mostrado bastante interesado durante toda la velada, sino porque había dejado que ella hablara y le contara únicamente lo que había deseado. Y era consciente de que tampoco había aprendido mucho acerca de la vida de él. Solo que venía de Colombia, había trabajado en diseño gráfico y después había logrado un buen contrato con una editorial, lo que lo había llevado a tener ese cambio de vida. Tendría que esperar hasta su próximo encuentro para averiguar un poco más sobre su pasado y que él pudiese también llegar a conocer un poco más acerca de la vida de ella. Pero mientras eso ocurría, sería una buena idea sentarse a leer lo que él había escrito; por lo poco que había alcanzado a leer la noche anterior, estando aún en su casa, la historia de las mochileras parecía bastante interesante y divertida. Recorrer las páginas de su obra sería una buena forma de empezar a aprender un poco más sobre él, pues como siempre habían dicho: lo que la gente escribe, así sea a través de personajes ficticios, termina siendo un reflejo de su forma de pensar, de su forma de ser.

 

Se sentó sobre una multicolor manta mexicana que le habían regalado algunos años atrás. Aunque el sol empezaba a levantarse a su espalda, todavía se sentía el fresco del amanecer. Las olas eran bastante pequeñas, como solían ser a las siete de la mañana. Se concentró en el libro de su vecino y lo único que llamó su atención, después de haber leído algo más de quince páginas, fue el fugaz paso del dueño del pequeño mercado, quien generalmente solía salir a trotar a esa hora. Levantó su mano para saludarlo, y la respuesta no se hizo esperar. Se trataba de un buen hombre, oriundo del lugar, trabajador y honrado como solía decir su mamá cuando se refería a las personas que valían la pena, y con un hijo bastante atractivo que si hubiese sido unos pocos años mayor, habría podido ser alguien a tener en cuenta. Se quedó mirándolo por unos minutos hasta que desapareció por detrás de las rocas que separaban su playa de la siguiente. Sabía que el sitio escogido para su lectura estaba casi que estratégicamente ubicado con el propósito de evitar ser observada desde la casa de su vecino. Pensó que más adelante no le molestaría compartir con él muchísimas cosas, pero mientras ese momento llegaba, lo mejor era tratar de mantener cierta discreción.

 

<<La rubia de ojos azules apartó los cabellos que le cubrían la mejilla, y al incorporarse en el incómodo asiento del tren de alta velocidad que le había servido de cama durante las últimas siete horas, se quedó observando al apuesto joven, que sentado al frente suyo, no supo cómo reaccionar ante el bello y angelical rostro de su compañera de compartimento. Pero no parecía ser únicamente ese incomparable rostro lo que lo cautivaba, era todo el conjunto que se estaba formando ante sus ojos a medida que la joven turista se deshacía de la manta que la había resguardado del frio y trataba de organizar sus ropas y su peinado. Su camiseta blanca tipo esqueleto y sus shorts de jean resaltaban aún más lo que de por sí ya era un elogio a la figura femenina. Sabía que nunca antes había visto a una mujer tan hermosa como esta, pero también sabía que nunca jamás volvería a ver a alguna que la pudiera superar. Con el mayor disimulo, desvió su mirada hacia la mochila roja que descansaba debajo de su butaca, teniendo la suerte de alcanzar a leer en la etiqueta que colgaba hacia un lado, el nombre de esta cuasi que diosa; en letras escritas en tinta negra se podía leer la palabra Marize.>> Aileen dejó de leer por un momento, levantó la mirada, y mientras fijaba su mirada en las gaviotas que sobrevolaban las olas, lo único que se le ocurrió pensar fue en la descripción que Pablo hacía de la protagonista de su novela. Sin tener en cuenta el dibujo de la portada, no quedaba duda de que se había inspirado en la que muchos consideraban la joven más linda de la región, Marize Poitras, novia del hijo del hombre que algunos minutos antes había pasado trotando por esa playa. Todo cuadraba a la perfección, el color de pelo, de los ojos, el rostro angelical, la ropa preferida de ella durante los veranos, incluso el color de su mochila, el viaje por Europa, y por encima de todo, el nombre, exactamente el mismo nombre. Pero no tenía sentido lo que estaba pensando, a menos que su nuevo vecino le hubiese mentido. Según lo que había dicho la noche anterior mientras cocinaban, no llevaba más de unos pocos días en el pueblo, nunca antes había visitado la región, y absolutamente todo en sus alrededores, incluyendo la gente, era totalmente nuevo para él. Ella solo llevaba un año en el lugar, pero estaba tan segura como de que se llamaba Aileen, de que jamás lo había visto en su vida. Todo llevaba a pensar que era imposible que él hubiese conocido a Marize, por lo menos en ese pueblo, aunque existía la remota posibilidad de que lo hubiese hecho en algún otro lugar, teniendo en cuenta que ella había regresado de Europa a finales del verano anterior. Más sin embargo Pablo le había comentado que la única vez que había estado en Europa había sido siete años atrás, lo que descartaba la idea de que se hubiesen conocido en algún lugar del antiguo continente. Pero quedaba la opción de un aeropuerto, cualquier aeropuerto en el que se hubiesen cruzado, o hasta de pronto hablado o relacionado de alguna manera. Pero también estaba la opción del dibujante. Cabía la posibilidad de que al escuchar la descripción que de Marize hacía el autor, se hubiese basado en un supuesto previo conocimiento de la joven rubia para plasmarla en la portada… Entonces se sintió mal de pensar en lo que estaba sucediendo. Independientemente de que todo fuera una extraña coincidencia, o de que en realidad la hubiese conocido en algún lugar del planeta, lo único claro de todo era el hecho de que a Pablo le fascinaban las rubias de ojos claros con caras angelicales y cuerpos de diosa. Si la protagonista de su novela era la perfecta descripción de Marize, novia de Tomás, no tardaría mucho en conocerla, si es que hasta ahora no lo había hecho, y estaba segura de que tarde o temprano haría los movimientos necesarios para conquistarla, sin importar que existiese entre los dos una diferencia de edad de alrededor de trece años según sus cálculos. Con algo de tristeza, puesto que acababa de descubrir que los celos la empezaban a visitar, decidió que lo mejor era seguir leyendo, esperar a volver a hablar con él y tratar de descubrir, a través del libro, cualquier detalle que la pudiera ayudar a acercarse a la verdad.



carlosdiazdc

Editado: 13.07.2018

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