Cerca De Un Faro

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El Encuentro

El Encuentro

 

 

Eran cerca de las cinco de la tarde cuando Aileen despertó. La mayor parte de la tarde había servido para reponer el sueño extraviado durante la noche anterior, en la que había pasado horas dando vueltas sobre su cama. Siempre le ocurría cuando algo extraordinario estaba sucediendo. Su mente no había podido apartarse de la imagen de Pablo. Su vecino era muy especial; su forma de comportarse lo hacía diferente a la mayoría de hombres que había conocido, tanto en Grecia como en Canadá. Durante el poco tiempo en que había tratado con él, a través de sus conversaciones, y teniendo en cuenta lo que había visto a través de su libro, lo percibía como un hombre tierno, cariñoso, e inclusive lo suficientemente caballeroso, sin caer en las exageraciones de los galanes de antaño. Aparte de todo, parecía tener un pensamiento diferente con respecto a las mujeres; no era la mentalidad característica de muchos hombres que a su edad solo pensaban en la diversión y se apartaban del compromiso. Y a ella le gustaba el compromiso, siendo consciente de que al igual que él, ella también era diferente a la mayoría de mujeres de su edad. Por eso valoraba más el estar tratando con alguien que, en lugar de vivir en un mundo de apariencias y materialismo como muchos lo hacían, estuviera dedicado a la escritura, a la descripción a través de las letras de los sucesos que le ocurrían a la gente, de sus dichas, sus desgracias, sus anhelos y sus esperanzas. Le gustaba el tiempo que dedicaba a gozar de la naturaleza y de los paisajes que esta ofrecía, tal y como ella lo disfrutaba, alejados los dos de ese mundo con demasiadas reglas impuestas por la sociedad. Se sentía emocionada, con la ilusión de haber encontrado a la persona que llegaba a complementar lo que para ella se había convertido durante el último año en una existencia ideal. Era el estado al que muy pocos llegaban, y ahora todo parecía indicar que estaba bastante cerca de lograrlo.

 

  1. levantó de su cama, y después de haber pasado por la cocina en busca de un par de vasos de agua que le calmaran la sed, se sentó en la silla de su estudio con la mirada concentrada en el mar que brillaba a través de la ventana. Imaginó que a esa hora las holas ya estarían golpeando contra el acantilado. Le gustaba observar como lo hacían, especialmente cuando el buen clima lo permitía. No sería una mala idea acercarse al borde y refrescarse un poco con la brisa marina mientras observaba el comportamiento de las aguas. Antes de salir se aplicó un poco de crema humectante en los pies, algo que hacía por lo menos dos veces al día a sabiendas de que su permanente descalces los podía exponer a más resequedad de la que hubiesen podido aceptar. Dejó el frasco de crema en la repisa del baño y mientras salía de su casa, sus pensamientos regresaron a Pablo: Si había pasado la noche entera pensando en él, lo mejor sería pasar el final del día a su lado. Observar el paisaje desde el borde del acantilado por unos minutos para luego acercarse a su casa sonaba como una buena idea. Le hubiese gustado invitarlo a cenar; cocinar para él, de pronto un plato típico de Grecia, pero sabía que no era el mejor momento. Si los acontecimientos de los días anteriores a la llegada de Pablo hubiesen sido diferentes, no tendría problema en acogerlo en su hogar, más sin embargo sabía que era el peor momento para hacerlo y no quería que las cosas llegasen a empeorar. Tal vez era mejor invitarlo a cenar a algún lugar del pueblo, probablemente en el restaurante de Jake podrían comerse un buen pescado, era lo mejor que había en los alrededores.

 

La brisa era refrescante, especialmente estando al borde del acantilado. Al igual que en los últimos días, el paisaje se adornaba con decenas de pequeños veleros y algunos pocos yates. Aileen se quedó observando la fuerza de las olas al golpear contra las rocas. Se le ocurrió que nunca se cansaría de admirar aquel espectáculo; el agua golpeaba con mayor fuerza durante los meses de invierno, lo que representaba un cambio que evitaba caer en la rutina. Más sin embargo había días en los que las bajas temperaturas no permitían que el acercarse a aquel lugar fuese una experiencia agradable. Afortunadamente todavía faltaban días para la llegada oficial del verano, y de ahí para adelante tendría casi tres meses antes de que el hemisferio se empezara a enfriar, tiempo más que suficiente para disfrutarlo al lado de su nuevo amor.

 

Cinco minutos después se encontró caminado por el borde del acantilado rumbo a la casa de su vecino. Iría hasta el punto donde se encontraba la escalera que baja a la playa, para después desviar a la izquierda y caminar una veintena de metros hasta su casa. Lo invitaría a cenar, y muy seguramente usarían su pequeño vehículo color naranja para llegar hasta el pueblo. Estacionarían cerca de la marina y caminarían por el muelle hasta llegar al restaurante de Jake. Ordenarían lo mejor del menú, tomarían un par de cervezas y luego le confesaría todo lo que estaba sintiendo; le hablaría de lo mucho que lo admiraba, de lo mucho que la atraía, de cómo lo empezaba a ver como a alguien muy especial, alguien con quien le gustaría compartir durante muchos años o porque no por el resto de su vida; que definitivamente significaba mucho más que un simple hombre atractivo con el que se había besado la noche anterior.



carlosdiazdc

Editado: 13.07.2018

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