Cero Flacas

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Este capítulo va dedicado especialmente a:
Angelina

Siento como mi cuerpo se comienza a tensar por la rabia, lentamente voy apuñando mi mano.

—Vete de mi casa, Brett —ordeno con firmeza.

Sus ojos examinan el interior de mi casa, asintiendo levemente con su cabeza.

—Tu casa es muy bonita —habla, ignorando por completo lo que he dicho.

La casa que actualmente habitamos jamás se compararía con la de él, cada rincón su casa es impresionante.
Arrugo mi nariz —deja de querer ser amable y sal de mi casa en este instante —mi voz va subiendo mientras hablo, subo una de mis manos para señalar la puerta por donde entro.

Cuando por fin se encuentran nuestras miradas, me lanza una sonrisa zalamera.

—Creo que no fui muy claro cuando dije…

—Escuche perfectamente lo que dijiste —lo interrumpo y por primera vez desde que lo conozco no me siento ni un poco intimidada por su mirada ni por su presencia —, pero no  quiero tu compañía, prefiero estar sola que contigo.

Sus labios se juntan, moviendo su cabeza a un lado para que no pueda mirar sus ojos.

—¡Auch! Eso dolió —sonríe de lado sin mirarme —. Sin embargo, no me iré —asegura con confianza, volviendo a impactar sus ojos verdes contra los míos.

Mis piernas caminan unos pasos más cerca de él.

—¿Por qué? —pregunto en un mascullo.

Él mantiene su mirada en la mía.

—Podrían haber millones de preguntas con ese comienzo —introduce sus manos en los bolsillos de su jeans, echando su cabeza un poco hacia atrás —. ¿Cuál es la pregunta que quieres hacerme?
Lamo mis labios y veo que sus ojos caen en ellos.

—¿Por qué eres tan agresivo? Lucca no te hizo absolutamente nada para que lo golpearas como lo hiciste —mi voz precisa, fuerte y clara.

Sus ojos se deslizan de mis labios a mis ojos —cuando visite un Psicólogo dijo que tengo problemas con la ira, fue muy claro al explicarme que mi ira puede ser producida por la falta de amor y la desatención que he tenido a lo largo de mi corta pero complicada vida —una sonrisa llena de tristeza va estirándose en sus labios —. No le creí, pensé que solo estaba más desquiciado que yo y salí de aquel consultorio teniendo la esperanza que en algún momento dejaría de sentir rabia —una risilla escapa de sus labios —. Al parecer aquel hombre de ojos negros tenía razón. He llenado mi interior de rencor y dolor.
Quiero seguir manteniendo mi mirada firme, pero poco a poco voy sintiendo un dolor en mi pecho que me hace parpadear.

—Eso no me importa —agrego perdiendo la precisión de mi voz.

Aclara su garganta  —y creme, puedo asegurarte que Lucca provoco cosas en mí que lo hicieron merecedor de cada golpe que recibió. Solo que no pude desquitarme del todo porque me lo impidieron…

—No, Brett, todo no lo puedes arreglar golpeando —vuelvo a interrumpirlo.

Él deja una de sus manos libre, subiéndola hasta su barbilla.

—Está mal y lo sé, pero es algo que no puedo controlar —baja su mano —. Sin embargo, volveré al visitar al Psicólogo, supongo que él podrá mejorar mi conducta o puede que termine peor  —se encoje de hombros —, quien sabe.

Niego con mi cabeza.

—Estas mal, de verdad que lo estás.

—¿Crees que también deba ir a un centro de rehabilitación? —cuestiona, frunciendo levemente sus entrecejo.

¿De qué habla?

Lo miro desconcertada, mis manos se van relajando al igual que mi cuerpo.

—¿De qué hablas?

Entrecierra sus ojos, pero al volver a abrirlos la nostalgia se reflejan en ellos.

—Quería hacerle esa pregunta a mi padre —lame sus labios —, pero él no tiene idea de mi adicción. Solo lo sabe Marco, Andrés y tú  —sacude su cabeza y su alborotado cabello se mueve —. Marco lo supo por accidente y Andrés por que es quien me la proporciona, así que en realidad solo lo he hablado con una persona y esa persona eres tú.

Sus palabras hacen que sienta un repentino vacío en mi estómago.

—No…yo no puedo responder a eso. Es tu decisión.

—Desde que te conozco he sentido que podrías ayudarme. Por esa razón te he contado todo lo relacionado con mi vida. Solo necesito que responda sí  o no.

No creo que pueda ayudar a nadie, actualmente siento que me estoy ayudando a mí misma y no creo que pueda hacerlo con otra persona.

—Yo…no puedo ayudarte.

—Claro que puedes, estoy seguro que eres la única que puede hacerlo.
Silencio…

Me doy la vuelta, caminado hacia la mesa de la sala para seguir con mi tarea.

—Brett, no puedo ayudarte —repito cuando tomo asiento en el mueble. —Nunca he ayudado a nadie, ni siquiera me he ayudado a mí.

No levanto mis ojos, miro a un punto fijo recordando como he dejado que la sociedad acabe poco a poco con mi autoestima y confianza.

Escucho sus pasos acercarse a mí, siento su peso al sentarse a mi par.

—Ya creo que te he contado todo lo que me atormenta, ahora es tu turno —su voz se escucha ahora más ronca y decidida.

Me muevo un poco, pero no levanto mis ojos. Sigo sumergida en mis recuerdos.

—No quiero hablar de eso —confieso en un susurro. 

—Siempre es bueno hablar. Aunque nos duela debemos hacerlo.

Siento mis ojos humedecerse e intento apretar mis parpados para que las lágrimas no escapen de mis ojos. Un dolor agudo va enterrándose en mi pecho como una filosa espada.

Jamás he hablado con nadie del abuso que he vivido a lo largo de mi vida, siempre me he guardado todo para mí y sin darme cuenta todos esos insultos, apodos, bromas e inclusos golpes se han vuelto dolor. Un dolor que he acumulado por largos años.

—Cuando era niña tenía una gran confianza en mí misma, quería que un futuro todas las personas me observaran, viéndome como un ejemplo a seguir —abro mis ojos y las lágrimas que he reprimido escapan de ellos  —. Veía el mundo como un lugar donde podría realizar cada uno de mis sueños —aprieto mis labios, tomando un poco de aire —. Luego en el jardín de niños un chico se acercó a mí y se burló por mi físico. Yo era tan niña que no entendía porque lo hacía, incluso en su momento me pareció gracioso  —echo mi cabeza hacia atrás —. Al transcurrir los años las burlas fueron cada vez más, cada vez peor —un sollozo escapa de mis labios y ya siento que mi corazón ha recibido miles de acuchilladas —, y así fue como aquella pequeña niña fue entendiendo que el mundo en el que vivía no era tan bueno como ella imaginaba —el llanto se hace presente y ya no puedo seguir aguantando los ruidosos sollozos que escapan de mi garganta. Las lágrimas ruedan por mi rostro como si de un rio se tratase —. Y ahora no quiero que nadie me vea —mi voz se escucha entrecortada por los sollozos que no terminan de desaparecer —, ya no quiero ser un ejemplo para nadie.

Con el dorso de mi mano intento apartar las lágrimas, pero Brett no lo permite ya que me toma por el antebrazo y me atrae a su cuerpo. Sus manos me van rodeando, abrazándome con fuerza, su cabeza poco a poco va descansando en mi hombro.

—Debes desahogarte. No reprimas las lágrimas porque eso solo hace que todo sea peor —murmura contra mi oído.



Monstrua Mayor

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En el texto hay: superacion, amor, adolescencia

Editado: 21.07.2019

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