Che Ardhait: El Equilibrio de las Almas

Tamaño de fuente: - +

Capítulo III

Despertar, ir al colegio, cocinar para ella y su mamá, matar de alguna forma la tarde y dormir. La rutina interminable de sus días ocurría una y otra vez sin que ninguno de sus sucesos la saque de su trance. Todo parecía aburrido, apático, insulso. Nada le tenía sentido. A medida que pasaba el tiempo, sentía que algo andaba mal; algo que tenía que ocurrir, no estaba ocurriendo. Como si un factor que cambiaría su vida para siempre, esperado tal vez por el desesperante devenir de sus días, estaba siendo forzado a no ocurrir.

Lo que más variaba en sus monótonos días, eran sus tardes. A veces salía con Leonardo, a veces iba a educación física que tenía en turno opuesto -y como para todo aquello que no fuese crear, era pésima- o se la pasaba discutiendo con su madre o pasándola bien, acorde al contexto. Cuando se peleaban, iba a su cuarto y se quedaba allí hasta dormirse. Aquel lugar era el más seguro que tenía, en su pieza se sentía en el edificio más seguro del mundo. Pese a no recordar casi nada de sus habilidades extraordinarias, su habitación era para ella lo más mágico que existía. Una pequeña reminiscencia se apoderaba de ella cada vez que se encerraba y apagaba las luces. Podía sentir un aire distinto, uno que no encontraría en el resto de la casa, en el resto del mundo. Estando en su pequeño mundo olvidado, las heridas de afuera cerraban lentamente hasta recobrarle algo de aquella inocencia perdida. Adoraba su habitación, no por lo que tenía, sino por lo que le hacía sentir: segura.

Últimamente, en vez de salir como cualquier chica de su edad, se había dedicado a pintar, pero como se le había acabado el papel y el impulso creativo era breve e incontrolable, empezó a hacerlo en sus paredes. Los enormes lienzos blancos empezaron a recordar viejos tiempos, y de paso ella también. La sensación de Deja vu la extrañaba, sin embargo, su creatividad la llevaba a seguir dibujando sin pensar en pequeñas anécdotas.

Recién llegada la primavera, con el aumento de las temperaturas y el esplendor de las aún varias partes verdes de la ciudad empiezan a notarse otra vez, es notorio el aire nuevo que se respira, se palpa el ambiente más jovial, más alegre, más lleno de vida. Parecería que cualquier cosa puede triunfar, reflorecer, volverse todo lo que alguna vez deseó.

La primavera llegó oficialmente el 23 de septiembre al colegio Teniente Fariña de San Lorenzo. Aunque el equinoccio primaveral ya ocurrió, dicho colegio celebró su llegada esa fecha, un viernes, para que al terminar los jóvenes puedan ir -en teoría- a sus casas una vez terminado un acto bastante ridículo como entretenido: Los profesores, en un día único en cuanto a actividades, eran los bufones de los estudiantes. Usaban pelucas ridículas en sketchs solo un poco más tontos para generar las risas fáciles de los jóvenes, despreocupados de cualquier cosa todo el tiempo, mientras comían panchos y gaseosas que -anecdóticamente- se les regalaba, pero que ellos habían pagado.

Tanto Amelia como Leonaurus -como le estaba llamando por hoy- se encontraban lejos de la parafernalia del día de la juventud. No compartían en nada lo que sucedía en todo el pabellón en aquel momento. Les parecía de un estilo muy "leve" que los profesores se rebajen -o en algunos casos, hagan esto mejor que su labor docente- a buscar las risas de jóvenes como si de bufones se tratasen. Pero la crítica más fuerte iba a los mismos deleitados, que les importaba más bien poco todo aquello y solo esperan ansiosos a que terminen las payasadas del acto conmemorativo y empiecen con el reggaeton y empiece un descontrol frente a los mismos educadores, que fomentan la joda en ellos y no el estudio.

Nunca habían estado en una discoteca (a causa del desinterés y la falta de permiso), pero se podían imaginar lo que pasaba en el acto como la punta del iceberg: No pueden presumir qué canción es la que "sacude" a todos hoy porque nunca se actualizan en esas cuestiones, sino se enteran solamente un par de meses después, como si la canción estuviese en cines y solo la conociesen cuando se ponía a la venta en DVD. Imaginaban a todos con las rodillas semiflexionadas, sacando el coxis hacia atrás de una forma exagerada y sacudiéndolo como si no hubiese mañana al compás de una música rítmicamente fácil con una letra carente de sentido. Solo no imaginaban el alcohol por estar prohibido en el colegio. El peor de los infiernos lo suponían en el pabellón.

Por ello, habían salido apenas comenzó el acto. Deberán volver para la hora de salida, cuando llamen nuevamente la lista para retirarse, pero nada más. Se saltaron todo el orbe reggaetonero y juvenil por ir a un lugar tranquilo, a su lugar. Saliendo del pabellón de los chicos de 1,2 y 3 año, que se cerraba en un casi perfecto cuadrado, uno debía salir por la vía única, un portón de metal verde con las dimensiones de una puerta ligeramente ancha, y caminar hacia la zona más elevada del predio con sentido de pendiente, doblar a la derecha del camino y dejarse llevar por el verde pasto para hallar un enorme árbol de gomero donde bajo su sombra, siempre Amelia y Leonarus seguían creando su mundo.



Victor M. Duarte

#6543 en Fantasía
#1429 en Magia
#13403 en Novela romántica

En el texto hay: fantasia, romance fantasia magia, adolescentes

Editado: 24.03.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar