Che Ardhait: El Equilibrio de las Almas

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Capítulo IV

Se retiró de Leonaurus lo más rápido que podía, considerando su terrible jaqueca. Aquella remembranza residual ponía patas arriba todos los procesos neuronales que llevaba a cabo el cerebro suyo ¿Qué significaban todas las imágenes oscuras, opacas, llenas de gritos que colmataban su pensamiento? Ella no estaba de ánimos para averiguarlo, queriendo o no, casi lastima seriamente a una chica que por más odiosa que sea, podría arruinarle la vida un poco más -Amelia lo veía así- con los problemas que traería a su madre, siempre ocupada, intentando sostener su pequeña familia, que pese a la unidad en su constante adversidad, probablemente discutirían airadamente por lo desabrido que le parecía la comida a su progenitora.

Pensar en todo ello solo empeoraba la jaqueca. Pensó que no podía quedarse más tiempo en el colegio, la cabeza le estaba por explotar como si de forma pausada y siniestra la estuviesen inflando y se encontrase en su límite. Le importaba un reverendo pepino ahora el tema de la asistencia. Solo deseaba llegar a su casa, acostarse y quizá, si estaba de buen humor, explicarle a Diana todo lo sucedido.

Hubo de pasar unos minutos para que pudiese clarear sus pensamientos. Se había alejado bastante de su amigo, que la miraba preocupado mientras ella había cruzado de largo el sendero y se hallaba más cerca del portón de salida que de su preocupado compañero. Antes de pensar en huir, debía sacar su mochila o, cuando menos, pedirle a alguien que se la cuide. Generalmente, esta misión recaía siempre en su inseparable amigo, aunque ahora lo había gritado injustificadamente. Decidió perder la vergüenza, tragarse el orgullo que generalmente la llevaba a situaciones absurdas -como la ocurrida recientemente- y fue junto a él nuevamente.

 

-Leonaurus -pese al dolor aún existente, no deseaba a renunciar a los pequeños chistes internos con él-, ¿Será que me podés pasar mi mochila? Me voy ya.

 

-¿Te vas ya? O sea, Mejor va a ser que le avises a la profe o qué que no te sentís bien.

 

-¿Le voy a avisar gua'u? ¿Y que Erika diga que le hice volar? ¿Vos pio estás mal? No tengo idea de cómo pasó, me duele la cabeza y, legalmente, estoy asustada Leo. No sé qué fue eso...

 

-Calma, calma... Lo mejor va a ser que yo te cuide tu mochila. Al pedo te vas a cargar. Yo te llevo después a tu casa.

 

-¿Vos decís? -contestó, sintiendo una leve punzada otra vez- No te quiero cargar otra vez.

 

-Vos lo que tenés que correr con akãrasy (dolor de cabeza), no yo. Anda sique, yo te cubro. Voy a decir nomas que andas por ahí y ya.

 

-¡Ay! -exclamó con toda la alegría que se podía notar pese a su dolor- Gracias Sir Leonaurus -repitiendo el ridículo acento británico.

 

-No puedo negarme a la más mínima oportunidad de ayudar a su Majestad -hizo no solo el tono, sino una reverencia igual de parodiada-. Bueno, pero ¡andate ya! Enseguida te van a buscar.

 

Como los hechos escandalosamente coincidentes siguen sucediendo, apenas concluyó dicha frase, apreció a Erika venir con la jefa del Equipo Técnico del bachiller, la "profe" Silvana Gómez, que se había detenido justo al borde de la salida a platicar con otro profesor, el de Historia, Juan Palacios, calvo y alto, en esas conversaciones raras que tienen los profesores y que parecen no llevar nunca a ningún lado. Erika, al pararse junto a la pedagoga hacia el interior del pasillo y al ser más baja que ella, no podía visualizar directamente al extenso patio del colegio. Ella parecía suplicarle a la profe por medio de su inquieta pose que deseaba encontrar a la muchacha.

Leo, dándole unos nerviosos empujones en la espalda, la despidió con premura y Amelia empezó a correr sobre el pasto verde y lleno de pequeños insectos que fastidian a uno al transitar con pequeñas picazones. Esto nada le importó y huía con un ojo en la espalda, físicamente representado por Leonardo –notable es como ejercía de vigía mientras le dedicaba una conmovedora mirada- y corrió esperando rodear todo el bloque compuesto por la cantina, la biblioteca y demás aulas, que dejaban un leve pasadizo por donde era posible circunvalarlo y tomar un camino -aunque más largo- hacia su anhelada salida.

Cuando la charla efectivamente no llevó a ningún lado, tal vez por la estridencia que existía en el ambiente, Erika, casi estironeando a la profesora, la llevaba hacia el gomero y hacia el césped para hablar con los acusados. Incluso Leo tuvo oportunidad de meterse en la cantina a ocultarse mientras la charla bizantina tenía lugar. Erika no le perdió la vista, aunque sí iba a tomar tiempo que oficialmente se entere Leonardo que su amiga estaba en "problemas".

Amelia, por su parte, tal vez por el miedo, mucho mayor por supuesto por lo sobrenatural antes que el llamado de atención -agravado seguramente debido a su escape-, ya no acusaba tan notoriamente el dolor de cabeza. Pensaba más claramente. No era la primera vez que se escapaba, sabía dónde estaba el punto débil: A varios metros del enorme portón principal, pasando el bloque de cantina y aulas de otros bachilleres se hallaba el algo abandonado tinglado del colegio. Lo que debía hacer era sencillo. Llegar a la parte trasera del tinglado, justo detrás de una suerte de escenario que está montado dentro del predio hueco y techo de chapas de cinc, buscar algún soporte por donde impulsarse y cruzar el muro que lo lleve a la calle, todo sin ser vista, claro.



Victor M. Duarte

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Editado: 24.03.2018

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