Che Ardhait: El Equilibrio de las Almas

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Capítulo VI

Tuvo que pedir permiso y dar una muy larga explicación a su directora para poder retirarse y asistir a la reunión "urgente" a la que la habían citado. Un "pequeño incidente" como señaló la psicóloga no requería una llamada urgente de la persona, con que al día siguiente se reúnan sería suficiente ¿qué pasó, entonces? Eso era lo que le preocupaba. Ni siquiera el escaparse ameritaba un llamado así de presuroso.

Llegó casi media hora después al colegio, ya que del suyo -llamado "Sagrada Esperanza", un colegio al que ni loca entraría Amelia- al Teniente Fariña no hay bus que acerque o auto del que disponga para hacer el trayecto. Transpirada y preocupada, así cruzó el portón y se dirigió por medio del caminero de piedra rodeado de un pastizal que tendía a la tierra y su propio carril para los autos.

La misma Pedagoga la recibía en la entrada al pabellón.

 

-Profe Silvana, ¿Cómo está? -saludó afable con dos cálidos besos en las mejillas a la profesora.

 

-Sinceramente, mi estimada profe -sin perder el respeto que le merecía Diana, que sencillamente por trabajar en la biblioteca, recibía el mote de "profe"-, no tan bien. Vení, te explico...

 

Aquella respuesta dejó bastante confundida a Diana, que hasta notó en la expresión de la profesora una apatía muy bien disimulada gracias -o debido- a su rol empatico en el sector.

 

Aún quedaban resabios del festejo. Papeles cortados, vasos, servilletas lanzadas al suelo, cientos de bolsas de gaseosa vacías y un enjambre de sillas que quedaron en el patio, cubierto de piso de piedra, pese al pedido de guardarlas nuevamente. Era claro que hace un buen rato, la fiesta había terminado; ahora, debían solucionar los incidentes de la misma.

La llevó al área de Equipo Técnico, la última sala del pabellón en "U", la más lejana a la entrada. Allí adentro de la larga habitación estaba la "profe" Mirtha, también psicóloga, sentada a un escritorio al costado mismo de la entrada y Erika, con rostro de tortura, en una de las sillas bordó de cuerina que estaban junto al escritorio de Silvana, casi en el medio de la habitación, dejando espacio para unas gavetas y otras cajas amontonadas.

 

-¿Y se puede saber por qué no trajo a su hija, señora Maldonado?

 

La alteró como si fuese una verdadera desgraciada de novela. Había usado el apellido de Amelia, es decir, el que tenía de casada. Diana luchó por no desbocarse -y poner en su lugar- a una muchacha maleducada de quince años.

 

-Y ¿se puede saber, profesora, por qué yo debo estar acá y sus padres no?

 

-Eso es lo que quería comentarle, profe -tomando asiento Silvana e invitando a ella a hacer lo mismo, para su desgracia, al lado de Erika.

 

-La compañera de Amelia, Erika Martínez, estaba contándome el incidente que tuvo con su hija.

 

-Yo no veo que haya entrado en un incidente -interrumpió Diana, mientras le daba una reverenda cachetada con la mirada al observarla.

 

-Bueno, es que el incidente que cuenta ella es bastante... abstracto.

 

-¿Abstracto? -Erika casi expulsa los ojos de sus órbitas- Escúcheme profesora Silvana, no voy a permitir que usted me tache de una chiquilla chiflada que no sabe lo que dice, que exagera, ere erea... Yo sé lo que pasó! Nada de abstracto, Amelia, haciendo no se qué mierda, me levantó del piso y me tiró!

 

-¿¿Hizo qué?? -Su mamá era ahora la que casi saca sus ojos de su rostro-.

 

-¡¡Me levantó y me tiró!! ¡Así, con mala fe! No sé qué puta hizo, pero alguna brujería tiene que ser.

 

-No puede ser -volvió a decir Diana, casi sin aliento del susto.

 

-Eso es lo que venía hablando a Erika mientras venía -respondió con tono amable la jefa del Equipo Técnico-. Es algo que no pudo haber pasado así como decís.

 

-¿¿Cree, en serio que estoy inventando todo??

 

-Bueno, tal vez no pasó exactamente cómo decís y por un shock que te pudo generar el susto, estás como "retorciendo" el hecho en sí, lo que yo creo profe -refiriéndose ya a Diana- es que su hija le tomó por el cuello a Erika y que la sostuvo un momento, hasta que llegaron sus amigas y el amigo de su hija, Leonardo.

 

-¡Pero que boludez más grande! -se pasó la palma derecha por todo el rostro de la frustración-. Ya le dije, ¡NO-PUEDE-SER! Amelia es más chica que yo (Erika, gracias a su buena condición física debido al Handball, medía casi 1,75 contra el menos de 1,70 sedentario de Amelia), ella tiene menos fuerza que yo y TO-DOS estaban mirando. Su amigo raro, Francisca y Solange. ¡No diga más ridiculeces profe!

 

-Cierto profe, hágale caso a la chica que se pasó en el aire toda la mañana... Creo que no se debió a magia, si me entiende, profe...



Victor M. Duarte

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Editado: 24.03.2018

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