Che Ardhait: El Equilibrio de las Almas

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Capítulo VII

"Leonaurus. El Refugio. Ahora". Fue todo lo que llegó al teléfono de Leonardo, que al salir del colegio estaba francamente preocupado por su amiga.

 

Emprendió el mismo camino que Amelia hasta bajarse del bus, hasta llegar al camino en "C", donde en vez de seguir la peculiar trayectoria del sendero rojo, se inclinó a medio andar en una ramificación solo un poco más desprolija y andando hasta llegar a un abandonado baldío que, en el profundo interior de las ondas verdes verticales que sobresalen puede encontrar un camino escabroso lleno de piedras o pequeños fragmentos de vidrios. Casi sin oposición, como una atalaya, se hallaba un árbol de níspero en el centro mismo del terreno totalmente abierto y abandonado. Su robusto verdor, con notorias flores de diminutos pétalos le daba la típica vivacidad de la naturaleza en primavera. El níspero, de varios años, era "El refugio". Empezó a buscar entre los resquicios que dejaban el follaje para ver si encontraba a Amelia, que sacó la cabeza entre la fortaleza verdosa y gritó

 

-¡Acá estoy! Vení pues.

 

Aquel llamado no sonaba alentador. Amelia entró rápidamente en la oscuridad del árbol casi sin mover hojas, casi en sigilo. Leonardo se acercaba con una rara sensación, sentía que algo estaba terrible con ella. Y cuando se trata de su amiga, lo sabe todo y en muy extrañas ocasiones se equivocaba.

 

El níspero, con su copa baja, no era un desafío subirse a él; el verdadero problema fue que Amelia, tragada hace instantes por la planta arbórea, se hallaba en la parte más alta, hasta donde las ramas eran fornidas y la pudiesen sostener. Leonardo tenía una interesante teoría: Mientras más subía, más necesitaba desaparecer. Sentir que aquel frondoso y olvidado árbol, en un lugar también espeso y dejado, fuese El Refugio en el sentido más metafórico. Que sea donde en su fragilidad, sea ese anonimato natural donde pueda guarecerse de sus tormentos, de sus desquicios, sus crisis. Aunque solía estar con ella, le resultaba difícil creer que nunca haya venido a este lugar en soledad, sola con su huida. Segura y solitaria, era la principal atracción que Amelia adoraba del lugar. Hoy, aquella atracción quería que fuese su solución.

 

-Bueno Amelia -dijo Leonardo, que con un par de saltos e impulsos llegó a la zona alta del níspero-, te voy a preguntar algo que nunca me vas a responder directamente acá, pero es necesario... ¿Qué tal?

 

Amelia, con una mirada profundamente perdida, le dirige una fugaz observación.

 

-¿Qué pasa? -volvió a preguntar.

 

-¿Sabés qué pasó con el tema de Erika? –lucía bastante distraída del

 

-Y la verdad que no sé... Yo salí nomás apenas pude del colegio. Pero parece que le iban a llamar a tu mamá...

 

-Le llamaron luego. Me avisó.

 

-¿En serio? ¿Y qué pasó?

 

-¿Y que va a pasar, Leonaurus? -no perdía la exageración en la pronunciación de su nombre- Obvio que me mandó a la mierda, pero esta vez me defendí. No puede ser que me rete por todo sin saber... ¡AHH! -Exclamó fuertemente, arrancando una flor del indefenso árbol-. ¡Nada luego me puede salir bien!

 

-Ey, tranquilo -repuso- ¿por qué decís eso?

 

-Porque mamá me va a matar. Nunca sale a mi favor ¿Qué le digo? ¿Qué le hice volar a una chica un fla y después le solté? No me va a creer en la perra vida...

 

-Pero...

 

-Pero Nada Leonaurus, estoy condenada a que todo me salga mal. Incluso cuando parece que tengo un don, me va a castigar, me va a retar. Todo me sale mal...

 

-Háihue drama... Tranquilizate nomás, por favor. No te puede salir todo mal tampoco.

 

-¿No? ¿Querés apostar? Bueno, si nunca me salió nada mal ¿Qué hice bien? ¿Qué es algo perfecto que tengo o haya hecho? ¿Gané algo? Leo, nunca gané nada, es más, nunca supe qué quiero, qué aspiro... a veces no sé quién soy. Me miro al espejo y algo anda mal ahí...



Victor M. Duarte

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Editado: 24.03.2018

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