Che Ardhait: El Equilibrio de las Almas

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Capítulo VIII

Los días fueron pasando a un ritmo vertiginoso. En silencio, en frías despedidas con su madre, alejada en el fondo del salón tanto de Leonaurus -al no hablarle en toda la semana, no se actualizó- como de la bastante rencorosa Erika, así como de casi cualquier contacto que pudiese evitar. Solo uno se percataría de ella si al llamar la lista responde con un tono, también de ausencia, "presente". Leonardo entendía quizá que aquel proceso de asimilación de su nueva realidad le tomaría tiempo, acostumbrarse a saberse uno mismo con poderes taumatúrgicos puede resultar bastante complicado, por esa razón, respetó su autoaislamiento y las miradas de desoladora confusión que tenía en varias de las veces que la vio de reojo, caminando sin rumbo por el inmenso patio del colegio o en la clase, mirando la pizarra pero sin siquiera comprender de qué iba la clase o qué pasaba alrededor. Simplemente se tragó su agudo sentimiento de protección hacia ella con un tremendo dolor, y lo aceptó, mientras él comprendía con el correr de los días que esa sensación de apego y de resguardar era imprescindible en su día a día.

 

Fue finalmente el séptimo de estos días monocromáticos donde ella rompió su soledad. Se acercó como si nunca se hubiese ido del lado de Leonardo, que se sentaba sin mucha alegría en una banca del patio, y le empezó a hablar tranquilamente.

 

-Muy bien, Lionard... Necesito hacer una pequeña bromilla contigo...

 

-¿Qué? -respondió casi de susto, como si encontrase a su lado un fantasma- Esperá... No, así no hago nada...

 

-Eyy -reclamó ella- ¿Qué pasa?

 

-No podés venir, así como si nada... y ponerme un nombre tan horrible como "Lionard"

 

-¡Ey! No es feo... solo que su belleza es, controvertida

 

-Bueno, yo quiero entrar en la polémica también. Horrible es... ¿Lionard? Es como Lion de León y... ¿nard? ¿De?

 

-Admití que hubo peores.

 

-Eso sí... recuerdo un...Odranoel, cuando tenía como siete.

 

Amelia no pudo contener la risa.

 

-¡Te tomó como dos semanas entender! Hasta ahora me sorprende

 

-A mí hasta ahora me sorprende de dónde sacaste ese Odranoel... Otro peor -prosiguió- Leõnar. ¿Mba’éicha piko en guaraní?

 

-E'a, tenés que estar orgulloso sique. Sos paraguayo, el guaraní también es tu idioma y debés estar orgulloso, muy orgulloso.

 

-Sí, pero... ¿Leõ? Poneme nombre de indígena guaraní, Pero ¿Leõ? Así se le dice al purete de los borrachos.

 

-Pero, ¿no te gusta Lionard? ¿Por qué?

 

-Porque no... Sé que no te va a gustar mi idea, pero... Qué te parece si lo dejamos en Leonaurus, hasta que se te ocurra algo mejor, ¿sí?

 

-Solo si me ayudás...

 

-Claro.

 

Se estrecharon la mano en señal de pacto de la forma particular que ellos sellaban su juramento: Se daban una lamida total a la palma, que luego la estrellaban en el rostro del otro. Aquel asqueroso cachetazo era el recordatorio perfecto de su promesa.

 

-Bueno -prosiguió Leonardo-, ¿qué necesitas?

 

-Necesito que encuentres un caracol.

 

-¿Caracol? ¿Para qué gua'u necesitás? ¿Querés de adorno?

 

-No, nde bobazo. Un caracol vivo, con la baba, así verde, ere erea... Bien caracol.

 

-¿Para qué?

 

-Vas a ver...

 

En un patio tan extenso y abarrotado de verde, no le fue difícil encontrar al molusco solicitado. El despacioso invertebrado iba sin rumbo aparente en el pequeño pinar detrás de la cantina, donde solo se podrían encontrar unos cuantos pupitres herrumbrados y una sombra irrechazable con pinos desparramados en los recreos más calurosos. Consiguió un hule para guardar hamburguesas, que anecdóticamente le dieron al comprar una empanada, y con el plástico se animó a tomar al viscoso animalito. No tenía ni idea para qué lo necesitaba.



Victor M. Duarte

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Editado: 24.03.2018

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