Ciao Amor

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DOS

Me lo estoy pasando de maravilla en casa de Giana, pero el cansancio puede conmigo. 

─Los ojos me pesan, creo que no aguantaré mucho más. 

─¿Duermes conmigo en la cama, o prefieres el sofá cama? 

─Si no te molesto, necesito una cama. 

─No me molesta para nada. Mañana tengo el día libre, podemos ir a Camden Market a pasar la mañana. 

─Me parece bien. Muchas gracias por todo, eres un encanto. Tras cambiarme rápidamente de ropa, me recuesto en uno de los lados de la cama, le doy las buenas noches a Gi, que también se ha acostado a mi lado y, como si me hubiese tomado un somnífero extra fuerte, me quedo grogui en un santiamén… 

Por la mañana, la casa de Giana huele a café moca y a tostadas. 

─¡Buenos días! ¿Un café? 

─Sí, por favor y... ¿Una tostada? 

─Claro que sí, marchando. 

Mientras charlamos un rato y nos reímos de mis inexpertas ocurrencias de limpiezas, vamos finiquitando el desayuno, que me ha sentado de maravilla, sobre todo el café, que me ha energizado por completo. Aprovechando que Giana se está duchando, hago la cama y recojo los cacharros. Cuando termina de vestirse, ya está todo en su sitio y yo, dispuesta para salir. 

─No hacía falta, Nela. 

─Es lo menos que podía hacer. Oye, ¿pasamos por mi casa a ver cómo va el suelo? 

─¡Venga, vamos! ─dice con su habitual alegría. Cuando llegamos, abro la puerta, y comprobamos, con 
alivio, que el tema está casi resuelto. 

─Menos mal, me veía comprando unas botas de agua. 

Cojo unas libras y nos vamos. 

─Entonces, ¿Camden Market? 

 ─Por mí perfecto ─le digo a mi nueva amiga. 
En menos de quince minutos el metro nos deja en Camden Town y cuando salimos a la calle, me fascina lo que veo. Hay gente de todas las tribus urbanas: punkis, góticos, hippies, modernos y medio extraterrestres. 

─Mi vestimenta no encaja demasiado. 

─Nosotras vamos divinas, aquí cada cual tiene su estilo. 
Giana tiene razón pero igual me pillo algo más moderno o casual. Hay puestos de todo tipo, con toda clase de ropa, pero lo que más me llama la atención, es la cantidad de prendas de segunda mano que hay. En una de las perchas diviso una chaqueta de pana color negro muy vintage y con aire bohemio. Creo que me acabo de enamorar de ella. Compruebo la talla y es la mía. 

─¿Te gusta, Giana? 

─Sí, pruébatela. 
Cuando la pongo sobre mi cuerpo aún me gusta más. Es tipo sastre pero un poco más larga, las solapas son grandes y la manga es un poco abullonada en los hombros. Huele un poco a tiempo vivido, pero creo que puede ser una chaqueta de la suerte, es como si alguna escritora de 1962 la hubiera vestido en su momento. 

─Te queda como un guante, Nela. Me encanta. 

─¿De verdad? 

─Yo no miento. Ni te lo pienses, llévatela. A no ser… que quieras que me la lleve yo. 

─Ni hablar, me has convencido ─le digo guiñándole un ojo mientras me la quito. Me giro hacia la dependienta y cuando termina de atender a una pareja, le paso la chaqueta─. ¿Qué precio tiene? 

─Veinte libras. ¿Se la lleva? 

─Sí. 
La mujer del puesto la mete en una bolsa y me la entrega tras pagar mi fortuita adquisición. Estoy muy contenta por mi compra y, para celebrarlo, invito a Giana a comer por haberse portado tan bien conmigo. 

─¿Y qué vas a hacer ahora, hasta que encuentres una     oportunidad de lo tuyo? ─me pregunta justo antes de   llevarse a la boca un buen bocado de tallarines.  

─Pues, lo ideal sería encontrar un trabajo. 

─En Londres es fácil encontrar curro, puedo preguntar a algún amigo por si sabe de algo. 

─Gracias, sería fantástico. 

Cuando terminamos de comer, damos por concluida la visita a Camden Market. Aún tengo que organizar bien el apartamento y desinfectar las sábanas, ya que esta noche será la primera que duerma en ese colchón. ¡No quiero ni pensar quién habrá podido dormir, o follar, o cometer un asesinato antes ahí! Mejor no pienso nada. Me doy bastante aire, y por suerte hay una secadora en el apartamento, así que me sobra tiempo. ¿Qué hago ahora?, me digo, casi hipnotizada, mirando concentrada el tambor dando vueltas y más vueltas. Decido volver a la calle a seguir inspeccionando el barrio. En tres minutos estoy frente a la misma parada de metro por la que salí ayer por la mañana y giro para bajar una calle cuesta abajo. Al poco me topo con un teatro donde se representa el musical de El rey león y entiendo el porqué de los anuncios en el metro. Un poco más adelante vuelvo a girar y me encuentro con una gran avenida. Hay muchas tiendas y restaurantes. A estas horas, algunos establecimientos están cerrando, pero hay bastante gente entrando en las tiendas de comida que todavía permanecen abiertas. Mi mirada no tarda en recaer en un cartel donde pone que buscan personal. Es un local pequeño y estrecho, apenas tres mesas en línea, enfrentadas a varias vitrinas llenas de comida preparada, sobre todo, rollos de pan de pita rellenos de pollo, ternera, verduras, salsas de curry, picante... No me lo pienso ni dos veces. 
Un chico alto con gafas y vestido de semichef me habla. 



Emilie Norton

Editado: 15.02.2019

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