Cien días nos separan

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Estrella 24: ¿Qué novia?

Kamille no pudo dormir en toda la noche, pensando en el encuentro del día siguiente. No entendía cómo podía querer y odiar a Lucas al mismo tiempo. Tenía muchas expectativas con respecto a él y lo que ocurriría entre ellos durante los siguientes días. Y es que exactamente en cuarenta y cuatro días, se cumplirían cien.

La mañana del martes, ambos chicos se encontraron sonrientes.

―Hola―Kami fue la primera en hablar. Estaba ansiosa y nerviosa. Había pasado horas decidiendo qué ropa ponerse. El nombre ya no lo podría borrar, pero al menos no quería volver a ser vista como una chica espantapájaros.

―Buenos días―Lucas se decantó por un saludo más formal. Tenía miedo de volver a estropearlo todo.

― ¿Dormiste bien?―preguntó ella, sin saber qué más decir.

 

 

Kamille

Estaba empezando a creer que esas novelas románticas que leía de vez en cuando tenían razón. Tan solo caminar junto al chico que me gustaba me hacía sentir como si estuviera flotando, como si el escenario a mi alrededor resplandeciera. Y mi corazón parecía un caballo desbocado sin intenciones de aminorar el paso. Lucas Vayne era probablemente el chico menos indicado para mí, pero al fin había entendido que en los sentimientos, el corazón es el único que manda.

No sé si era él o era yo, pero sus ojos... ¡Por Dios! Me miraban con una ternura indescriptible; una atracción tan fuerte que sentía que podría desmayarme o incluso derretirme en ese preciso instante, justo en medio de la carretera.

―No hagas eso―le dije con una sonrisa tímida.

― ¿Hacer qué?

Una sonrisa más amplia se dibujó en su rostro, y supe que él no tenía idea de lo encantador que lucía. Sentí cómo mi sangre se impulsaba hasta cubrir cada parte de mi rostro.

―Mirarme así...como...

― ¿Como el hombre más enamorado del universo?―inquirió acercando su cara a la mía. De acuerdo, ahora sí que se me iba a salir el corazón.

―No es amor―descarté, perdiéndome en un instante filosófico.

―De acuerdo, tienes razón, quizás no sea amor pero estoy seguro de que es algo―afirmó recortando un centímetro más entre nosotros―. Quiero estar contigo hasta que la luna sea cuadrada, mirarte hasta que las estrellas se caigan del cielo, besarte hasta que las hormigas alcancen mi estatura y amarte cada minuto que pueda marcar un reloj.

―Vaya pero qué romántico―la voz de Shay. Entonces caí en cuenta de que nos habíamos detenido y también se había detenido un coche rojo descapotable junto a nosotros―. ¿Te gusta?―la bruja se dirigió a Lucas acariciando el timón de su auto nuevo. Típica niña de papi y mami.

―Qué bajo has caído―esta vez fue Ginny la que habló con su voz chillona desde el asiento del copiloto―. No sabía que te gustaban los espantapájaros.

Me adelanté con grandes intenciones de decir algo, pero mi compañero me devolvió a mi sitio y se interpuso entre las engreídas y yo.

―Si tanto te hago falta puedes enmarcar una foto mía y llevarla en tu bolso―dijo con suma tranquilidad. ¿Cómo podía estar tan tranquilo con esas tontas provocándolo? Debía estar conteniéndose.

―Ni crean que van a ser felices, par de ratas―escupió la rubia, poniendo su coche de vuelta en marcha.

―Uy qué miedo―ironicé para mí misma.

― ¿Ves? Te dije que no tienes de qué preocuparte―presumió el chico.

―No dijiste nada de eso―repliqué con un repentino mal humor.

― ¿Acaso eres líder de alguna banda de gángsters? ¿Cómo es que tienes tantos enemigos?―se burló apretando mis mejillas entre sus dedos como si fuera una niña pequeña.

―No tengo tantos enemigos―me quejé soltándole un manotazo en el brazo, mientras enumeraba en mi mente a Shay, Ginny, Spencer, Kane, Dustin, Lasey, Clara, Todd. Bueno, quizás sí tenía un buen par. Pero no era mi culpa. El mundo en sí me odiaba.

Pero lo más importante era que Lucas había dado la cara por mí y se había enfrentado a esas chicas sin temer por su reputación. Me había puesto por encima de su propia reputación y eso decía mucho de él.

Volvimos a andar y sin pensarlo recorté la distancia que nos separaba y me atreví a enlazar mi mano con la suya. Él me miró sorprendido y sonrió, pero no se deshizo de mi agarre.

 

 

Lucas

En el momento que sus dedos envolvieron los míos, sentí que algo hizo clic. Como si nuestras manos hubieran sido hechas como piezas de rompecabezas para estar juntas. De hecho, en ese instante, sentí la necesidad de aferrarme a esa mano y no soltarla nunca. El problema era que aún faltaban cuarenta y cuatro días para que eso fuera posible y aparte, estaba ocultándole a Kamille un secreto muy peligroso.



Yocy Hon

Editado: 21.06.2019

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